Leer a Santa Hildegarda

Junio 2012

No sabemos como oía Hildegarda en su interior las explicaciones de la Luz Viva, pero parece probable que fuera en latín, lengua que ella poseía precariamente. Sabemos que Hildegarda a su vez las dictaba en un latín de oídas, rústico, sin desinencias o con desinencias aproximadas, que el bendito monje Fólmar completaba para dejarlo gramaticalmente decente.  En alguna de sus obras es patente que en ocasiones no sabía como decir y repetía la frase mal entendida o mal expresada, y el fiel secretario ha copiado las dos versiones consecutivas de la misma idea, prácticamente idénticas.

La verdad es que el latín de Hildegarda es cristalino; es el que hubieran debido enseñarnos en la juventud para que no lo aborreciéramos; el latín que saben en las universidades de Europa Occidental que no son de lengua romance: Franceses, italianos y españoles fueron quienes se opusieron a que el latín fuera la lengua de la Unión Europea.

Pero por transparente que sea el latín de Santa Hildegarda, no deja de ser latín, una lengua muerta que se escribía en folios carísimos, en letra comprimida, con palabras llenas de abreviaturas para ocupar menos, una lengua telegráfica que solo entendían los ilustrados, mientras que la gente común hablaba el sermo vulgaris o las viejas lenguas nacionales. El latín ya no lo emplean ni siquiera sus fieles alemanes, polacos y húngaros, para quienes hablarlo era el marchamo de la gente con estudios: he estado en una mesa con doctores alemanes que embromaban al ingeniero porque no sabía hablar latín; la invitación de boda de un amigo húngaro estaba en latín porque no se fiaba que su español fuera correcto; un médico polaco que trató a un amigo mío durante un viaje de turismo por Polonia le dió su informe clínico en latín, porque suponía que el colega español no lo entendería si lo ponía en polaco.

Y no es que el latín esté trufado de falsos amigos, pero siempre hay alguno: nimis no es "nimio", sino "mucho", y donde menos se espera salta la liebre, o mejor la trampa.

Pero el principal problema no está en las palabras latinas que ya se han olvidado y no están en los diccionarios, como sobriuncula o calimina, que son apenas media docena entre los centenares de miles de palabras que usó Hildegarda. El problema está, al revés, en las palabras que le faltaban para expresar realidades que los modernos apenas han empezado a intuir en el siglo XIX, seiscientos años largos después: En latín no había palabras para microrganismo, virus o microbio, para los que Santa Hildegarda utiliza una escala decreciente a base de acumular diminutivos: gusano> verme, gusanitos > vermiculi, gusanitos chiquitísimos > minutissimi vermiculi.

Pero ¿cómo iba a expresar ella el ciclo de Bethe del sol, la excitación de un material fotovoltaico -o de la clorofila- por la radiación solar, o que la capa superior de las nubes es la primera afectada por las llamaradas solares? ¿Cómo iba a hablar de magma, o de glándulas suprarrenales, si faltaban siete siglos para acuñar el concepto?

Y sin embargo, Hildegarda acierta a hablar de todo esto, aunque naturalmente con un léxico muy distinto al que estamos habituados.

El grado de dificultad de la lectura de Hildegarda no es uniforme: Hay cosas que coinciden totalmente con lo que sabemos (la Tierra es redonda, la Tierra es pequeña), otras que parecen salidas directamente de la Antigüedad remota, como cuando explica los movimientos planetarios en el Zodíaco,  y otras que no coinciden con lo que creemos saber, pero que despiertan y espolean el espíritu investigador, siempre latente, que olfatea que por ahí puede haber una verdad aun no conocida. Por ejemplo, cuando habla de los vientos da la impresión de que está hablando de vectores, tensores o cuerdas de dimensiones cósmicas; o cuando dice que el universo gira pero no se expande, y que está envuelto por un fuego negro, lleva a pensar que puede haber otra explicación para el corrimiento al infrarrojo.

Otras veces, las afirmaciones de Hildegarda suponen un brutal giro copernicano, como cuando deja caer que los gigantes monstruosos que poblaban la Tierra antes del Diluvio no eran antecesores del homo sapiens, como postula la modernidad, sino deformados y degenerados descendientes de las coyundas ilícitas, pero fecundas, entre humanos y animales.

Tampoco presentan la misma dificultad los distintos temas; en teología no hay problemas, ni en botánica, pero sí en cosmología. La doctrina católica no ha variado en absoluto estos siglos y la santa no afirma nada sorprendente, salvo, por ejemplo, el deseo de que se comulgue bajo las dos especies, o la distinción entre Lucifer, el diablo, los demonios y los espíritus del aire. Tampoco es chocante en general la descripción de las criaturas vivas más comunes, de las que solo algunas son llamativas, como el basilisco o el grifo, y otras dan que pensar que pudieran tratarse de animales que existieron en otro tiempo, como el dragón o el unicornio. En fisiología, en cambio, aparte el desarrollo de su endocrinología, está claro que la faltan palabras, y que será necesaria toda una labor investigadora para asignar palabras modernas a los términos que emplea en Causae et Curae. Por ejemplo, habla de los lomos (lumbis) de un modo que no puede ser un eufemismo para los genitales masculinos, pero que sugiere las funciones de las glándulas suprarrenales.

Pero la dificultad principal de las obras de Santa Hildegarda para el lector de hoy estriba en su descripción del Universo, que es dura de aceptar para quienes hemos aprendido de pequeños y por vía de fe la descripción de la majestuosa órbita de la Tierra en torno al Sol (descripción que, por lo demás contradice a la evidencia diaria de que el sol sale por Oriente y se pone por Occidente). Y es que en este punto, la cultura contemporánea sigue impávidamente fiel a la memoria de Galileo y Copérnico, como si Einstein no hubiera existido nunca y nunca se hubiera dicho que por experiencias ópticas realizadas en el interior de un sistema no puede deducirse su estado de reposo o movimiento.

El choque entre nuestros prejuicios contemporáneos y los textos hildegardianos es a veces frontal, pero hay mucha materia de reflexión en la descripción que la Luz Viva le da a Hildegarda; y es que hay que caer en la cuenta que se la está dando a seres humanos terrícolas que nunca iban a ser astronautas ni proyectistas de satélites; y por tanto no es extraño que no nos caliente la cabeza con una descripción más complicada, sino que presenta una descripción geocéntrica tan original como todo lo suyo.

Por eso al leer a Hildegarda no hay que dejarse atrapar en los ganchos de las dificultades, sino alegrarse de las coincidencias, sorprenderse de los puntos de vista originales, y en los puntos difíciles masticarlos despacio a ver qué pudo querer decir en aquella lengua muerta que ya solo usan -cada vez menos, me temo- los universitarios húngaros y polacos.



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