Santa Hildegarda y la caída del cabello

Actualizado 19 septiembre 2012

La preocupación por conservar el cabello es antigua y universal, y quizá ahora más universal que antes porque ahora afecta también a la otra mitad del género humano que antes parecía que tenía garantizada su conservación.

Y es que para muchas personas, perder el cabello puede llegar a afectar a la personalidad: Conozco un converso, por lo demás no demasiado agraciado, que el día que recibió la gracia tumbativa que le volvió al redil se ofreció por entero al Señor: “Dios mío, lo que tu quieras”, pero al cabo de un instante añadió: “Pero no me dejes calvo”.

Y es que no en vano la Beata Ana Catalina Emmerich dice que nuestros cabellos son los restos degenerados y mustios de la espléndida gloria que rodeaba las cabezas de Adán y Eva en el Paraíso.

En nuestros días, los tratamientos de quimioterapia, y otras causas menos conocidas han multiplicado los casos de caída del cabello y alopecia, que pueden llegar a convertirse en silenciosas tragedias personales. El otro día, una encantadora señora me preguntaba si la Santa habría dicho algo sobre alopecia. Para ella, y para tantos como ella, hemos buscado en los textos y esto es lo que hay: en líneas generales, Santa Hildegarda dice que “el cerebro es húmedo y de aquella humedad crece pelo en la cabeza” (Causae, 77), en lo que hay que entender que la cabeza recibe mucho riego sanguíneo, que también alimenta la cabellera.

Más adelante señala la relación que existe entre calvicie y barba:
“Muchísimas veces ocurre que quienes tienen la calva grande y amplia, tienen también la barba grande y amplia, y quienes tienen la barba débil y escasa, tanto más cabello tienen en la cabeza”(Causae, 176).

Como remedio para la caída incipiente del cabello de los adolescentes, dice:
“Cuando al hombre se le empiezan a caer los primeros cabellos ya de adolescente, tome grasa de oso así como un poco de cenizas de un haz de paja de trigo y candeal, y mézclelo todo y a continuación úntese la cabeza con ello, en concreto donde los cabellos han empezado a volar de su cabeza. Después, deje de hacerlo, pero no lave este ungüento de la cabeza; de este modo, los cabellos que aun no se hayan caido quedarán impregnados y fortalecidos por esta mezcla, de tal forma que en mucho tiempo no se caerán. Se ha de hacer así con frecuencia y se ha de estar sin lavar la cabeza. Pues el calor de la grasa de oso es de tal naturaleza que suele hacer crecer numerosos cabellos, y las cenizas de paja de trigo y candeal lo fortalecen para que no caiga pronto. Cuando todo ello se mezcla convenientemente, como queda dicho, detiene la caída del cabello del hombre”. (Causae, 352).

En el siglo XII, cuando Santa Hildegarda dictó este texto, seguro que no era problema conseguir grasa de los muchos osos que pululaban por toda Europa, entre otros sitios por El Pardo; muchos años después de la muerte de Santa Hildegarda un oso mató un infante de Castilla en Cañamero, cerca de Guadalupe. No hace tanto, a principios del siglo XX Juan Muñoz mataba osos en Asturias dejándose abrazar con un cuchillo en la mano.

Pero conseguir grasa de oso en estos tiempos debe ser muy dificil, asi que tendremos que esperar a que la industria farmacéutica se fije en este párrafo hildegardiano y averigüe los principios activos que sin duda están escondidos en la grasa de oso y las cenizas de paja de candeal.

Pero no hay que desanimarse, porque Santa Hildegarda nos ofrece otro remedio por medio de una utilidad insospechada del ciruelo, cuya fruta por otra parte la Santa denuncia como dañina y peligrosa para sanos y enfermos, porque “aviva la melancolía, aumenta los humores amargos y hace burbujear las enfermedades”. (Physica, 3,7). Santa Hildegarda dice que:
“A quien se le esté ajando [el pelo de] la cabeza o le salga caspa, que reduzca a cenizas cortezas y hojas de ciruelo, y con las cenizas haga lejía, y lávese la cabeza a menudo con esta lejía, y [la cabellera] se le pondrá clara y bonita y le crecerán muchos preciosos cabellos” (íbidem)

Santa Hildegarda precisa que cualquier variedad de ciruelo sirve, ya sea cultivada, silvestre o de adorno, mirolabanos o prunos. Helmut Posch, fundador de la Liga de Amigos de Hildegarda (Bund der Freunde Hildegards) comenta en su libro Was ist Hildegard-Medizin? (“¿Qué es la medicina hildegradiana?”): “¡Lo que darían los fabricantes de champú por encontrar un crecepelo que funcionara! Yo solo puedo asegurarles que algunos amigos de Santa Hildegarda han experimentado ya resultados sorprendentes con esta lejía: a uno le han crecido los pelitos para asombro de su peluquero, y a otro por fin se le quitó la caspa. Lo trabajoso es preparar esta lejía: Hay que descortezar ramas, recoger hojas, y quemarlo todo cuando esté seco. Entonces se meten las cenizas en agua caliente y se lava uno la cabeza frecuentemente con ella. Un señor de Niederdorf me escribe: “Puedo informarle acerca de la ceniza de corteza y hojas de ciruelo. Tenía mucha caspa con muchos picores. Con esta lejía conseguí un éxito aplastante para escarnio de tantos champús. Además, mi hermana me dice: Esta lejía sustituye también al robustecedor del cabello. No se me cae el pelo al lavarme la cabeza ni aparecen pelos en la almohada”. (Posch: Was ist Hildegard-Medizin?, pp.16-17)

Pues que haya suerte. No lo hemos probado y no sabemos cómo será de eficaz este crecepelo (o más bien robustecedor de pelo), pero en todo caso no cuesta un euro y nos fiamos de Santa Hildegarda. Ya nos contarán ustedes.


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