(339) Cálculos. Una persona ya adulta cuyo cuerpo tenga carnes tiernas y húmedas, si además siempre echa mano de alimentos variados y delicados y vino fuerte y bueno, se provoca fácilmente cálculos. Pues los mencionados alimentos y bebidas, unidos a que su carne es blanda y húmeda, se cuajan y endurecen como heces allí por donde debe salir la orina hasta formar un cálculo; sin embargo, mientras esté todavía en la zona baja del hombre el cálculo está aún un poco tierno por el calor y la fuerza de la orina, por eso el cálculo aún permite salir un hilo fino de orina aunque con dificultad. Pero si el cálculo ya fuera duro en la parte inferior, el hombre perecería enseguida.
En la mujer pasa lo mismo que en el hombre, aunque el hombre sufre más dolor que el la mujer pues la orina del varón es más fuerte que la suya.
Si hay niños y bebés afectados por cálculos, se debe a leche de mala calidad o al mal estado de las nodrizas que los han alimentado o alimentan. En efecto cuando una nodriza está enferma o toma diversidad de alimentos y bebidas y vino fuerte con frecuencia, después la leche pierde su sabor apropiado, que casi se vuelve fétido. En esos casos esta leche fétida provoca en el bebé o en el niño una coagulación fétida donde fluye la orina, y así el cálculo se endurece.

(340) Gula. Quienes están sanos y robustos, y sus nervios están fuertes y son comilones y bebedores, aficionados a carnes y otros delicados alimentos y bebidas, su sangre se vuelve de color de cera y adquiere a continuación gran espesor, por lo que no puede tener un modo de fluir correcto. Y como no se aligera ni con fiebres ni con debilidad alguna, pues están sanos, un humor nocivo los ataca, atraviesa su carne y llena su piel de llagas y casi la hace parecer sucia.

(341) Úlceras de lepra. Pero también los pobres cuyo cuerpo está sano y tienen también esa misma propensión natural a la gula, aunque no pueden tomar con asiduidad alimentos y bebidas delicados, pueden acarrearse la citada enfermedad en tres semanas, o en dos o incluso en una sola semana, pues la gula les lleva a consumir sin medida estos mismos alimentos y bebidas cuando los tienen. Lo mismo puede aplicarse a jóvenes y niños. Esta enfermedad crece a menudo por las carnes y leche de diversa procedencia y por el vino fuerte, pero no la causan el pan, las verduras ni la cerveza.

(342) Lepra. Hay también otros hombres que tienen una espesa capa de carne, que son iracundos y su ira sacude la sangre que hay en ellos de tal modo que va a parar en torno a su hígado y la dureza y la sangre de este hígado se entremezcla con la sangre y así se extiende por todo el cuerpo y llega a confundir su carne con su piel. A continuación su piel se cuartea y su nariz se agranda y cuarteándose se hincha.
Hay también otros que no tienen ni quieren tener continencia de la libido por lo que su sangre a menudo bulle sin orden ni concierto como una olla puesta al fuego que ni hierve del todo ni del todo está fría. De este modo retienen basuras en su interior, pues no reúnen suficientes fuerzas para echarlas. Y como estos hombres arden tanto en lujuria que su sangre frecuentemente bulle sin orden ni concierto, aquello no es sangre normal, ni agua, ni espuma y se convierte en livor maligno y podre, y así se corrompe la carne y la piel y desemboca en úlceras.

(343) Signos de lepra. Estas enfermedades se detectan como sigue: la lepra que surge de la gula y la embriaguez hace que salgan inflamaciones y secreciones rojizas parecidas a los <bultos llamados> dragoncillos. La lepra que procede del hígado produce cortes y negrura en la piel y en la carne y pasa hasta los huesos. La causada por la libido provoca anchas zonas de heridas como cortezas de árbol bajo las cuales hay carne rojiza. Mientras que las dos primeras son difíciles de sanar, la tercera en cambio tiene fácil remedio.

(344) Gota. Los hombres que tienen carnes blandas y muy porosas, si sudan por beber demasiado vino fuerte, a menudo se ven golpeados por la enfermedad que llaman gota. Con el exceso de bebida, los humores nocivos de quienes tienen las carnes blandas van a parar de repente a alguno de sus miembros y lo echan a perder, cual venablo ardiente o como las grandes y repentinas inundaciones derrumban a veces molinos o cualquier edificio que haya cerca. Estos humores destruirían aquellos miembros sobre los que caen, a menos que la gracia de Dios y el espíritu vital del hombre los contenga. Aún así, a unos miembros los destruyen y a otros los dejan inútiles y como muertos.

(345) Contracción de los tendones. Muchas veces pasa que tempestades y trombas de humores nocivos van a parar a algún miembro del hombre y con su desequilibrio obstruyen la entrada y salida de sangre de sus venas, de modo que en las venas no puede haber riego, por lo que esas venas se secan al faltarles flujo de sangre y comienza a cojear.
Como el hombre está hecho de elementos, se sostiene por los elementos y convive entre ellos y con ellos.

(346) Fiebres. Por ello tiene distintas fiebres según los diferentes tipos de aire y demás elementos, o sea por el calor, el frío y la humedad, que no le hacen decaer ni le suponen detrimento, es más, le aportan salud al purgar el pecho y el estómago y todas sus vísceras interiores mediante el sudor y la orina, siempre que no excedan su medida y la calidad del aire conserve su correcta y moderada temperatura. Pero si surgiera del aire un calor excesivo y fuera de lo común, entonces estas fiebres, al calentarse por encima de lo normal, se tornan fiebre aguda para algunos hombres, o bien con el frío excesivo del aire se constriñen provocando la fiebre terciana.1 Mientras que el tipo de aire húmedo, que es de naturaleza acuosa y maloliente, muchas veces provoca una coagulación llena de livor que hace aparecer en algunos hombres la fiebre cuartana2.
Por su parte, los hombres que son de cuerpo sano, que no tienen humores inestables (o sea, de los que andan moviéndose de aquí para allá), los enferma la calidad irregular del aire; pero están sanos con una calidad del aire estable y correcta proporción. Y si éstos tuvieran en alguna ocasión fiebre aguda, entonces, si la gracia de Dios quisiera que recobraran las fuerzas, al quinto o séptimo día expulsan con dolor el sudor y en seguida sanan, ya que anteriormente también estaban corporalmente sanos.

(1) Fiebres tercianas: Fiebre intermitente cuyos accesos aparecen dos días seguidos, cesan el tercero y se reanudan al siguiente.
(2) Fiebre cuartana: Fiebre recurrente que tiene el ciclo un día más largo que la terciana.

(347) Parálisis. Hay quienes tienen dentro de sí humores inestables (o sea que ni con el calor, ni con el frío ni con la humedad mantienen regularidad alguna, sino que van impulsados de aquí para allá según la voluble propiedad del aire en los cuerpos de los hombres) y lo mismo que ciertos ríos devastan muchos lugares con la agitación de sus aguas, éstos padecen de parálisis, o sea gota, por estos humores, como hielo que no está congelado del todo sino que aún es quebradizo. Y si también en algún caso llegaran a tener fiebre aguda, aunque sus vidas salgan adelante con la gracia de Dios, antes que puedan expulsar el sudor con dolor, permanecerán en cama durante mucho tiempo, veinte, treinta o tal vez más días, padeciendo mucho ya que también antes eran débiles y enfermizos. Así pues cuando alguien enferma por los trabajos, las angustias o los distintos tipos de alimentos y bebidas de modo que en él se reúnen diversos humores y livores, su alma zarandeada y exhausta por tal diversidad sucumbe y retira sus funciones vitales.

(348) Fiebres y días críticos. Los humores nocivos que hay en el hombre se agitan y hacen subir la fiebre cuando el alma ha retirado sus funciones vitales. Entonces también decrece la sangre y se secan las vísceras y demás partes internas. Y el calor que en el hígado y demás partes internas debía estar al servicio de la vida, sube hasta el exterior de la piel, mientras el interior se queda frío. Y así el alma yace oprimida en el cuerpo, expectante ante la duda de si debe salir del cuerpo o permanecer en él, lo que se repetirá muy a menudo hasta por espacio de siete días, ya que mientras tanto no puede quitarse de encima los humores y los livores. Cuando el alma empieza a percibir que por la gracia de Dios el vendaval de aquellos humores comienza a remitir un poco, entonces se da cuenta de que se puede zafar de ellos, reúne sus fuerzas y los expulsa de su propio cuerpo por el sudor. Y el hombre recobra la salud así.
Pues sucede muchas veces que ante un exceso de ardor y de frío de tales humores, el alma no puede expulsarlos totalmente con el sudor. Perturbada entonces por un gran temor, alegría o tristeza, por ira o angustias, se mantiene aparte y de nuevo permanece en silencio, a veces, hasta el tercer, quinto, séptimo, o treceno día, puede incluso que más o tal vez menos o, como antes quedó dicho, hasta que sienta que por la gracia de Dios puede recobrar las fuerzas para reconfortar el cuerpo. Si ese hombre va a recobrar la salud física, a continuación tendrá un dolor más leve del anterior, ya que con el sudor previo menguan bastante los humores que tenía con anterioridad. Pero si el alma se ve envuelta por muchos humores y livores porque no es capaz de expulsarlos del cuerpo (sin poder darse cuenta de que la gracia de Dios puede asistirle a tal efecto), sucumbe vencida y abandona el cuerpo por decisión de Dios.

(349) Fiebre aguda. Así pues, cuando el hombre tiene fiebre aguda, los humores que hay en él se transforman en un gran hervidero ardiente, y el hervor de tales humores no le permite comer sino que le invade una sed excesiva que le obliga a beber, y bebe agua para aliviar el dolor. Después que la fiebre aguda ataca al hombre, no es recomendable para su salud que tome medicina para librarse de ella porque ni siquiera la disipa el propio sudor. Antes bien, al tomar la medicina, queda latente en él y le hace estar enfermo durante mucho más tiempo, ya que no ha expulsado del todo los humores nocivos como debería ser.
Así pues las fiebres a veces nacen: o de un exceso de alimentos y bebidas, o de dormir demasiado o por el aburrimiento y la ociosidad cuando el hombre no está activo.

(350) Fiebres intermitentes. Las fiebres diarias procede del exceso de agua, o sea, flema (la cual es espuma) y también de alimentos inconsistentes y de beber demasiado vino. La fiebre que hostiga al hombre al segundo día, nace de la desmesura y de la mala calidad del aire húmedo. La terciana en cambio crece del exceso de sequedad, que es fuego; y la cuartana surge de la excesiva bilis negra. Pero el hombre que por constitución es de carne blanda, y que igualmente sobreabunda en espuma (la cual es tenaz, tibia y endeble), con facilidad contrae gusanos en su carne. Como su carne es blanda y su espuma tenue y tenaz, hará brotar con facilidad pústulas en las que probablemente nazca el gusano y dañe al hombre.

(351) Dieta. Ahora bien, lo mismo que siempre se añade cuajo de la leche al queso apretado en su recipiente hasta que se hace, así también al niño y al bebé se les suministra comida y bebida con asiduidad hasta que alcancen la edad en la que están del todo formados. De otro modo, el niño y el bebé no podrían crecer sino que morirían. También al anciano y decrépito se les ha de proporcionar comida y bebida para que, aunque mengüen de sangre y carne, se refuercen con los alimentos. Pues el hombre es como la tierra: Si la tierra tuviera excesiva humedad, le sobrevendría algún deterioro, pero si no le llegara más que un poquito o nada de humedad, no sería capaz de prosperar. Mientras que si tiene la humedad adecuada es bueno para ella. Así pasa en el hombre; si el hombre padece mucha o excesiva humedad recorriéndole en su interior (por ejemplo en ojos, oídos, nariz y boca) le perjudica más que le favorece. Pero si tuviera poca o ninguna humedad fluyéndole en estos miembros, le resulta peligroso. Lo saludable para él es tener la humedad correcta.

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