(219) Por qué del menstruo. Cuando el flujo del deseo penetró en Eva, todas sus venas se abrieron en un torrente de sangre. Por eso toda mujer tiene tempestades de sangre dentro y a semejanza de la luna que crece o decrece, retiene gotas de sangre o las expele, y se abren todos sus miembros, que están trenzados con venas. Y así <como> la luna crece y decrece, la sangre y los humores se limpian en la mujer en el tiempo de la menstruación, pues de otro modo no podría durar ya que tiene más humores que el hombre y caería en una grave enfermedad.
En la virgen, el pudor es la barrera de su integridad, porque no conoce la actividad del varón, y por eso la sangre de la menstruación de la virgen es más sanguínea que en la mujer, porque todavía está cerrada, pero después que la virgen se corrompe, tiene más livor en la sangre de la menstruación que antes cuando era virgen, porque ahora está corrupta. Y cuando la niña es íntegra y todavía es virgen, la menstruación es como gotas de sus venas, pero después que se corrompe, las gotas fluyen como un arroyuelo1, porque se sueltan por obra del varón, y por eso son como un río pequeño, porque las venas se han abierto por esa acción.
Cuando en la virgen se rompe la barrera de la castidad la ruptura produce sangre. La mujer ha sido diseñada así para que su sangre reciba el semen del hombre y lo retenga, y por eso también es débil, fría, y sus humores débiles. Por ello enfermaría siempre si su sangre no se limpiara cada mes en la menstruación, como se limpia el alimento en la olla cuando hace espuma.

(1) En el original: rivulus, que en lo sucesivo traducimos por "flujo".

(220) Corrupción de Eva. Si Eva hubiera permanecido todo el tiempo en el Paraíso, todas las venas de la mujer habrían permanecido íntegras y sanas, pero cuando consintió con la serpiente y le dirigió su mirada, se extinguió la vista con que veía lo celeste; y cuando oyó a la serpiente, se cerró su oído con que oía los cielos; y al probar la manzana se oscureció el esplendor que lucía dentro de ella.
La menstruación de la mujer es como la savia que sube de la raíz del árbol y se extiende hacia arriba a todas las ramas. Pues en el momento del flujo de sangre, las venas que contienen el cerebro, la visión y la audición se ven agitadas hasta la efusión de sangre, y las venas que tienen el cuello, la espalda y los riñones atraen a sí las venas del hígado, las vísceras y el ombligo, y cada vena se derrama en otra como la savia del árbol hace reverdecer las ramas, y las venas que sujetan los riñones disuelven la rueda que envuelve los riñones, y la contraen y retraen como se arrancan las uñas a una avecilla.

(221) Por qué del menstruo. De la misma manera que un viento fuerte genera una tempestad en el río1, así también una tempestad agita todos los humores de la mujer de suerte que todos los humores de la sangre se mezclan y a veces se hacen sanguíneos, y de esta manera se purgan con la sangre y así se produce el flujo de sangre en la mujer. Por eso en ese momento enferma la cabeza de la mujer, sus ojos languidecen y su cuerpo se debilita. No obstante, si los ríos de sangre salen en el momento oportuno y con  moderación justa, los ojos no se la nublan.
Antes de iniciarse la efusión, los miembros que deben recibir el semen se abren para que la concepción se realice con mayor facilidad que en otro momento. Del mismo modo, como las mujeres empiezan a estar débiles cuando está acabando la menstruación, fácilmente se quedan encintas porque sus miembros aún están abiertos. En otro momento no conciben con tanta facilidad, puesto que sus miembros están algo contraídos, como el árbol que tiene su verdor en primavera para producir flores y en la época invernal lo devuelve a su interior.

(1) Nótese que  Santa Hildegarda no conocía el mar, sino los grandes ríos Rin, Mosela, Nahe, Meno y tal vez, el Sena y el Mosa.

(222) Concepción. Cuando la mujer está en coyunda con el varón, entonces el calor de su cerebro, que tiene el placer dentro de sí, prefigura el gusto de ese placer de la coyunda, así como la efusión de semen del varón. Después que el semen cae en su lugar, el fortísimo calor del cerebro del que hablábamos lo atrae hacia sí y lo retiene, y después los riñones de la mujer se contraen y todos los miembros, que en el tiempo de la menstruación estaban preparados para abrirse se cierran enseguida, como un hombre fuerte que encierra alguna cosa en su mano. Después la sangre de la menstruación se mezcla con el semen, lo hace sanguíneo y lo hace carne. Y después que es carne, la misma sangre lo rodea en un recipiente, como un gusano que se hace su propia envoltura. Y así forma ese recipiente día tras día, hasta que el ser humano se forme y reciba el aliento de la vida, y después crece y se estabiliza, de suerte que el feto no puede moverse de ese sitio hasta que salga del vientre.

(223) Eva. Pues la primera madre del género humano había sido creada a semejanza del éter, porque lo mismo que el éter contiene en sí todas las estrellas, así también cuando a Eva se le dijo: "Creced y multiplicaos" albergaba en sí, íntegro, sin corrupción y sin dolor, todo el género humano. Y esto ahora se hace con un dolor total.

(224) Concepción. Ahora la hembra es como la tierra cultivada por el arado; recibe la semilla del hombre, la envuelve con su sangre y la calienta de modo que crezca hasta que se le infunde aliento vital y llega el tiempo adecuado para que salga.

(225) Parto. Cuando el hijo debe salir de la hembra la causa un miedo y temblor tan grandes que toda hembra teme y tiembla y sus venas derraman sangre sobremanera y todo el armazón de sus miembros se ve dañado y se relaja con lágrimas y chillidos, tal como se le había dicho: "Parirás con dolor", lo mismo que al final de los tiempos cambiará la tierra con ese mismo dolor. Todas las hembras tienen en la sangre más livor que los hombres, porque están abiertas, como el traste donde se colocan las cuerdas para tocar la cítara, y también tienen ventanas y <son> de naturaleza ventosa, de modo que los elementos también son más fuertes en ellas que en los varones y los humores abundan más en ellas que en el varón.

(226) Fecundidad. El flujo del menstruo de la mujer es verdor y floración para procrear, para que tenga fronda en su prole, porque como el árbol florece por su verdor y tiene fronda y da frutos, así también la mujer, con el verdor de los flujos de la menstruación saca las flores y frondas del fruto de su vientre. Y como el árbol que carece de verdor produce leña inútil, así se llama estéril a la mujer que en su edad madura1 no tiene el vigor natural de la floración. Es lo mismo que un árbol joven que tiene verdor pero no da frutos de sus flores y sólo produce flores y frutos gracias al verdor cuando alcanza vigor en sus ramas. En su momento de plenitud comienza a menguar el verdor que tuvo al arraigar, y unos se convierten en madera dura y otros en madera frágil y roída; lo mismo sucederá con la mujer.
La niña tiene verdor mientras crece hasta alcanzar la madurez, pero le falta la sangre de su floración. En la edad madura, cuando sus miembros están robustos, el verdor de su sangre saca fuerzas para tener descendencia. Pero en su edad plena y madura su sangre disminuye y el vigor de la floración de su sangre se desvanece, su carne se contrae y se hace más dura y resistente, aunque más débil de lo que había sido antes.
Las niñas más pequeñas no tienen flujos de menstruación y por eso no conciben niños, porque sus miembros no están maduros, lo mismo que no hay perfección donde sólo se han colocado los cimientos de una casa y aún no se han levantado los muros. Pero cuando llega a los doce años sus miembros se fortalecen hasta los quince, lo mismo que se termina el muro que se eleva sobre los cimiento hasta que está del todo concluido.
Desde los quince años hasta los veinte sus articulaciones se completan, de modo parecido a como se termina la casa con las vigas y el techo, y se ponen los muebles en ella. Y así, la mujer está madura en sus venas y en el armazón de sus miembros y puede recibir la semilla del varón, retenerla y calentarla. Y si una mujer antes de los veinte años concibe un feto, nacerá por el excesivo calor de su naturaleza, o de su marido o del anhelo de ambos, pero produce un feto enfermo y algo débil.

(1) En este párrafo y los sucesivos, el calificativo "matura" (madura) significa unas veces edad núbil, y otras climaterio.

(227) Falta de menstruación. Desde los cincuenta años, o a veces desde los sesenta, la mujer se complica y crece en sus aberturas, de suerte que el flujo de sangre vuelve a su casa, es decir a sus miembros, como el campo que, trabajado con gran labor, ya no puede recibir más semillas de frutos o grano, ni engendrar <para dar> algo completo salvo flores o algunas buenas hierbas. Y esto pasará con la mujer hasta los ochenta años, a partir de los cuales sus fuerzas comienzan a declinar completamente.
Desde los cincuenta años, y en algunas mujeres desde los sesenta, la menstruación cesa y la matriz empieza a encogerse y retraerse, y ya no pueden concebir más prole salvo que alguna vez ocurra que, por alguna situación extraordinaria, entre los cincuenta y los ochenta pueda concebir descendencia, con dificultad y una sola vez. En esa mujer habrá algún defecto como ocurre muchas veces en aquellas que conciben y paren antes de los veinte años, tan prematuramente como terneras de pocos años. No obstante desde los ochenta años comienzan a declinar sus fuerzas hasta desaparecer, como el día que tiende al ocaso.

(228) Retención del menstruo. En ciertas mujeres jóvenes, muchas veces las gotas de su flujo de sangre, reducen mucho la efusión de la sangre a causa de la tristeza, porque las venas que portan esta sangre hasta la efusión del flujo se contraen con los suspiros y comienzan a secarse. Por otra parte, también la menstruación se abre muchas veces por la alegría, lo mismo que en verano un árbol florece con el sol y da fronda. Y así como el viento frío, el hielo y el invierno congelan las hojas y las ramas de los árboles, también muchas veces la tristeza seca los flujos de sangre que debían manar de la mujer.
Y también  por el exceso de sus enfermedades, los humores de ciertas mujeres se exceden y fluyen de manera contraria y maligna, se constriñen las venas que portan los flujos de sangre y les falla la menstruación, porque estas tempestades de humores provocan frío desmedido y calor desigual, de modo que su sangre a veces es fría y a veces hierve, y también discurre aquí y allá de forma desigual. Entonces las venas que tenían que derramarse en su momento justo se cierran por la aridez que tienen y no se derraman.
Pero hay otras mujeres que tienen carnes enfermas y grasas que crecen más por debilidad y hedor que por recta lozanía. Estas carnes hacen crecer tanto las venas, y las oprimen y constriñen tan fuertemente que los flujos de sangre se cierran y no pueden fluir en su momento porque las salidas de estas venas están tan cargadas y cerradas que no pueden derramar sus flujos de sangre. Por ello la matriz de estas mujeres engorda tan excesivamente que constriñe su camino, como un recipiente que se tapa, para que no se vierta lo que contiene. Así la sangre retenida no puede fluir cuando corresponde.

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