(131) Generación1. Entonces le crecen <al bebé> las flemas y los humores, según fuera la naturaleza del semen con que fue concebido; pues según se siembre trigo, trigo candeal o cebada, así germinan los granos de manera natural. Y de la misma manera que los humores superfluos en el hombre se convierten en enfermedad, y hay muchos peligros hasta que cesan, se  apaciguan y vuelven a su mesura, así también el niño pasa muchas vicisitudes desde el principio de su concepción antes que el espíritu se introduzca en él y comience a obrar en él correctamente.

(1) El título de este epígrafe es claramente erróneo.

(132) Placenta. Después que el semen del hombre ha caído en su lugar correcto, de modo que también se establece una figura humana, entonces del menstruo de la mujer crece alrededor como un pequeño recipiente en forma de membrana que lo rodea y envuelve para que no se mueva ni caiga, ya que la sangre coagulada se congrega ahí y la forma queda en medio como quien está en la habitación de su casa y hasta que nace tiene calor y protección, y se nutre de la sangre negra del hígado de la madre.

(133) Raciocinio. Y el niño permanece en este recipiente hasta que el raciocinio alcanza plenitud en él y quiere salir. No puede, ni debe, estar más tiempo encerrado y no puede ni debe seguir callado, porque en el vientre de la madre el niño no puede gritar.

(134) Parto. Cuando ya se acerca el parto, el recipiente donde está encerrado el niño se raja y la fuerza de eternidad que sacó a Eva del costado de Adán viene rápidamente y desencaja todos los rincones del receptáculo del cuerpo de la mujer. Y todas las estructuras del cuerpo femenino corren al encuentro de esta fuerza, la reciben y se abren. Y se contraen hasta que sale el niño y después vuelven a relajarse como estaban antes. Pero mientras sale, el alma del niño siente la fuerza de la eternidad que lo saca y está contenta.

(135) Sentido. Después que el niño ha salido, deja escapar una voz de queja ya que percibe las tinieblas del mundo. Pues cuando Dios envió el alma al cuerpo humano, en ella había ciencia pero casi dormida. Pero después que ha entrado en el cuerpo, su propia ciencia se excita y entonces se reparte por la carne y las venas.

(136) Conocimiento. Cuando se presenta el parto del ser humano, y la fuerza divina abre las oscuridades del útero materno, entonces el bebé percibe el poder de Dios, y la ciencia de su alma se despierta por completo para aprender y entender cualquier cosa cuando la excitan el deseo o la necesidad.
Cuando un hombre quiere conocer algún asunto o aprender algún arte, por elección o por deseo, el Espíritu Santo riega con su rocío el verdor de su entendimiento con lo cual aprende y entiende lo que quiere aprender. Y así como el padre y la madre responden a su niño cuando les pide algo, así el Espíritu Santo ayuda al conocimiento humano en cualquier arte, cuando el hombre pretende aprenderla por deseo, elección o trabajo. Pero cuando el hombre se ha pasado a algo malo o a alguna mala arte y es eso lo que quiere aprender, entonces el diablo al verlo llena su conocimiento de perversidad y malicia para que este mal que quiere aprender lo aprenda con rapidez, ya que el hombre tiene conocimiento del bien y del mal.
Después que el niño ha salido del vientre materno, comienza a moverse, a tener agilidad, a estar activo. Suda y tiene diversas flemas y humores, según la naturaleza de su complexión, de su nacimiento, y según lo que ha crecido, o disminuído con las comidas y las bebidas.

(137) Leche. Cuando la mujer concibe del semen del hombre y el semen empieza a crecer en ella, la sangre de la mujer sube atraída al pecho por la misma fuerza natural. Lo que debía ser sangre a partir de la comida y de la bebida se convierte en leche, de modo que el bebé que crece en su vientre pueda alimentarse con ella. El bebé crece en el útero de su madre y la leche aumenta en sus pechos para que el niño se nutra con ella.

(138) Sumisión de la mujer. La mujer está al servicio del hombre hasta formar un todo con él, así es también la cópula de la sangre de la mujer con la semilla del hombre para que hagan una sola carne.

(139) De nuevo la concepción. Cuando el semen cae en su lugar, entonces la sangre de la mujer lo recibe con voluntad de amor y lo atrae a su interior como una aspiración que recoge algo. Y así la sangre de la mujer se mezcla con el semen del hombre y se hace una sola sangre. A partir de esta sangre mezclada, la carne de esta mujer se ve favorecida crece y aumenta. Así la mujer es una carne con él y de él.
Pero la carne del varón se cuece por fuera y por dentro a causa del calor y del sudor de la mujer y así la mujer atrae adentro la espuma y sudor de éste. Pues a consecuencia de la grandísima fuerza de la voluntad del varón, su sangre líquida fluye y da vueltas como un molino y recibe en sí algo de la espuma y del sudor de la mujer, y así su carne se hace una con ella y de ella.
Y como el hombre y la mujer son una sola carne, la mujer concibe fácilmente de ese hombre con tal que sea fecunda para concebir. Pues también la mujer y el hombre así se hicieron así y son de la misma carne, ella estaba latente en el costado del varón de donde fue sacada y hecha carne y por eso el hombre y la mujer confluyen en uno con su sangre y su sudor para concebir con más facilidad. Pues la fuerza de eternidad, que hace salir al niño del vientre de la madre, hace una sola carne al varón y a la hembra.

(140) Adulterio. Si el hombre y la mujer se olvidan de su correcta cópula y se vuelven con libido ardiente a una cópula ajena y comunican con otro en cópula injusta, el varón entonces  une a otra mujer su sangre que es justo la sangre de su esposa; y de la misma manera la mujer une a otro hombre su sangre, que es justo sangre de su marido. Y por ello los hijos justos e injustos que nacen de estos maridos y mujeres, muchas veces son infelices después de nacer porque en el origen de su concepción contrajeron caracteres diversos y diversas sangres, tanto de hombres como de mujeres.
Por eso este tipo de padres se dice que son prevaricadores de la recta institución que Dios constituyó en Adán y Eva. Y así como Adán y Eva, traicionando la orden de Dios, se entregaron a la muerte ellos mismos y a sus hijos, así también los que contaminan esta divina institución se mancillan a sí mismos y a quienes de ellos nacen, los manchan y los llevan <a> la infelicidad, ya que en ellos está contaminada la razón y por su comportamiento se hicieron iguales a las bestias.

(141) Semilla débil. Si una mujer se queda encinta y poco después permite que otro hombre se acerque a ella, mientras el semen que recibió es aún débil, muchas veces entonces el sudor y el calor del primer hombre se unen algo al semen del segundo, de modo que se mancilla casi como con un viento fétido, como se contaminaría la leche si alguien le añadiera otro líquido para cuajarla.

(142) Diversidad de la semilla. El hombre en quien es excesivo lo seco, es decir el fuego, tiene el ingenio duro para aprender artes, pero después que las aprende las retiene con firmeza y estabilidad. En el que sobreabunda lo húmedo, esto es, el aire, tiene inteligencia para aprender artes pero es inestable en su conocimiento ya que al aprender algo nuevo olvida con facilidad lo anterior. El hombre que tiene exceso de espuma, es decir, de agua, tiene una inteligencia veloz para aprender artes pero antes de aprenderlas a la perfección piensa que ya las conoce cuando aún no las sabe, de modo que cuando las abandona le fallan porque no las entendió perfectamente. El hombre que tiene demasiada abundancia de lo tibio, es decir, de tierra, tiene un natural tosco y difícil para aprender artes, y aunque haya aprendido con dificultad algo de alguna, no es capaz de conservarlo por la dureza de su inteligencia. Por lo cual, vencido por el cansancio, al no poder conservar las artes, muchas veces deja de aprender y abandona lo que había aprendido. Pero también en algunos de estos que se ocupan de la tierra y de los negocios mundanos, hay algo de prudencia.

(143) Placer de la carne. Las venas que hay en el hígado y el vientre del varón llegan a sus genitales. Y cuando el viento del placer sale de la médula del varón, cae en sus lomos y mueve una sensación de gusto en la sangre. Y como el espacio de los lomos es algo compacto, estrecho y está cerrado, allí ese viento no puede difundirse mucho y arde tan fuertemente de placer que se olvida de sí mismo en su ardor y es incapaz de contenerse y sale la espuma del semen porque al estar cerrados sus lomos, el fuego de su placer arde con más intensidad que en la mujer, aunque es más infrecuente,.
Pues, de la misma manera que en los grandes oleajes que surgen en los ríos a causa de fuertes vientos y tempestades, la nave zozobra y apenas puede sostenerse y mantenerse firme, así también la naturaleza del varón difícilmente llega a refrenarse y contenerse en la tempestad del placer.
Pero en las olas que se levantan por un viento suave y en las tempestades que se levantan de leves torbellinos, una pequeña nave, podrá sostenerse aunque con gran esfuerzo. Y así es en el placer la naturaleza de la mujer, que tiene más facilidad para refrenarse que el hombre. La pasión en el varón se asemeja al fuego, que a veces se apaga, a veces se enciende, porque si ardiera continuamente consumiría muchas cosas. Así en el varón el placer a veces surge y otras desaparece, ya que si siempre hirviese en él, el varón no podría soportarlo.

(144) Viriles y coléricos. Hay algunos varones que son viriles y tienen un cerebro fuerte y denso. Las venitas exteriores que contiene su piel son algo rojizas. Y el color de su rostro es algo rubicundo como aparece en algunas imágenes que se colorean de rojo; tienen venas espesas y fuertes que portan sangre ardiente del color de la cera; y son fuertes de pecho y tienen fuertes brazos. Pero no son muy grasos porque sus fuertes venas, fuerte sangre y fuertes miembros no permiten que su carne engorde con mucha grasa.

(145) Riñones. También el viento que está en sus riñones es más ígneo que ventoso y tiene de súbditos dos sagrarios en los que sopla como en el follaje. Y estos espacios rodean y ayudan al vástago de todas las fuerzas del varón1, como edificios pequeños puestos junto a la torre a la que defienden. Y estos dos están para rodear, consolidar y sostener fuertemente al mencionado vástago, de modo que reciban el mencionado viento con más fuerza y aptitud y lo atraigan a sí y para que lo emiten equilibradamente, como dos fuelles que soplan igualmente en el fuego. Por lo cual cuando con la fuerza de este viento levantan vigorosamente este vástago, lo sostienen fuertemente, y así este vástago florece en la prole.

(1) En latín stirps. Se refiere al aparato genital masculino.

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