(128) Plasmación de Adán. Dios hizo al hombre de limo y el hombre se transformó de limo en carne, y por esto es causa propia y dueño de los animales. Trabaja la tierra para que dé frutos y hay fuerza en sus huesos, en sus venas y en su carne. Tiene íntegra la cabeza, la piel gruesa y fuerte y en su fuerza produce semen como el sol produce luz.
La mujer, empero, no ha cambiado ya que, tomada de la carne, permaneció siendo carne y por eso se concedió a sus manos el trabajo artesanal. La mujer es casi de bronce1 ya que lleva al niño en su vientre y lo da a luz. Tiene la cabeza dividida, y la piel delgada para que el niño que porta en su útero pueda tener aire.

(1) aerea.

(129) Concepción. El inicio de cualquier nacimiento y coagulación de un ser humano es así: En el hombre existe la voluntad, la meditación, la potencia y el refrendo. La voluntad va por delante ya que toda persona tiene deseo de hacer esto o lo otro. Sigue la meditación que mira si lo que va a hacer es conveniente o no, si es cosa casta o impúdica. A continuación sigue la potencia para dar conclusión a lo comenzado y terminarlo, y después sigue el refrendo, ya que un acto no puede terminarse sin que el refrendo lo consienta y apruebe. Estas cuatro fuerzas están presentes en el nacimiento del hombre.
Entonces los cuatro elementos que excitan los cuatro humores en el hombre llegan en abundancia y con violencia, de modo que el fuego, es decir, el humor seco, enciende desmesuradamente la voluntad. El aire, es decir, el humor húmedo, mueve la meditación más de lo normal. El agua, que es el humor espumoso, hace fluctuar sobremanera la potencia. Y también la tierra, humor templado, hace bullir el refrendo por demás. En su abundancia excesiva, todo esto casi forma una tempestad y llevan la espuma venenosa de la sangre que es el semen, que cuando cae en su lugar se le une la sangre de la mujer y por eso será sanguíneo.
Pues la concepción del ser humano tuvo su origen en el placer que la serpiente insufló al primer hombre con la manzana para que  la sangre del hombre se vea golpeada por el placer. Y esta misma sangre introduce en la mujer una espuma fría que se coagula con el calor de la carne materna y extiende una forma sanguínea. Y esta misma espuma con este mismo calor, permaneciendo así a través del sudor seco de los alimentos de la madre, crece y espesa una criatura humana de pequeña estatura, hasta que el plan del Creador que dio forma al ser humano, empape todo este espesor de estatura humana, como el artesano da forma a la vasija que va erigiendo.
En el pecado de Adán, la fuerza del varón en el miembro genital se convirtió en espuma venenosa y la sangre de la mujer se convirtió en una efusión contraria. La sangre del hombre de naturaleza fuerte y correcta alberga el semen porque la carne está hecha de tierra. Aunque tenga naturaleza correcta, la sangre de la mujer, que es débil y tenue no tiene semen, y sólo desprende una poca espuma ya que no consta de dos cosas, tierra y carne, sino que sólo fue tomada de la carne del varón y por eso es débil, frágil y recipiente del varón. Y la sangre de la mujer se agita por amor al varón y produce una espuma más sanguínea que blanquecina en comparación con el semen del varón. Y esta espuma se une a la del hombre y hace de su semen algo cálido y sanguíneo, confortándolo.
Una vez que ha caído en su lugar y se asienta, la espuma se enfría y es casi venenosa hasta que lo calienta el fuego, es decir, el calor. El aire, es decir, la respiración, lo seca. El agua, líquida, le aporta humedad pura. La tierra, que es una membrana, lo rodea. Y entonces será sanguíneo, es decir, no sólo de sangre, sino de algo más mezclado con sangre. Los cuatro humores que el hombre atrae de los cuatro elementos permanecen con moderación alrededor del semen hasta que se cuaja en forma de sangre y toma fuerzas, de suerte que pueda apreciarse en él la forma humana.
Entonces se configura una forma humana  como en pintura, en la que la médula y las venas se insertan y se reparten como hilos y crean como una retícula. Una especie de membrana como de huevo rodea la médula que después se convertirá en huesos. Y entonces se configura clara y abiertamente la imagen como dibujada con detalle por un pintor en su obra. Y allí donde estarán los futuros miembros se abren divisiones en la piel que hasta ahora la retiene, como barro que se resquebraja por el calor del sol, y entonces una carne se seca por el veneno y otra carne sana se empapa de sangre sana.
Pues esta forma que aún no tiene vida completa, no aprovecha el calor de la madre en pingüe coagulación, sino que persiste en el citado calor, y esto se hace en un mes, es decir, el tiempo en que la luna crece y mengua, y así también crece y engorda la mencionada coagulación, pues si no la vivificara, esta grasa se secaría toda, y la madre quedaría entorpecida y doliente por esta sequedad.

(130) Infusión del alma. Después viene el soplo de vida como Dios quiso y en la forma que dispuso que sucediera, y sin que la madre lo sepa, toca a esta forma como un viento cálido y fuerte, como un viento que sopla ruidoso contra la pared, que se infunde y difunde por todas las articulaciones de los miembros. Y así todas las divisiones de los miembros de esta forma se van separando lentamente como flores que se abren al calor del sol. Pero todavía hay tanta debilidad en ella que no puede moverse, sino que yace como si durmiese, y respira poco.
El espíritu traspasa entonces toda aquella forma empapándola y fortaleciendo su médula y sus venas, y entonces así crece más rápido de lo que había crecido antes hasta que los huesos se extienden sobre su médula y las venas cobran tanta fuerza que pueden contener sangre. Y entonces el niño se mueve y la madre lo siente. Lo hace casi como si se despertara de repente y después siempre está moviéndose. Pues por voluntad de Dios todopoderoso como se ha dicho, el viento vivo que es el alma penetra esta figura y la fortalece, le da la vida y circula por toda ella como el gusano que hace la seda con la que se protege y envuelve como en su casa. Y así el alma siente en esta figura dónde puede dividirse, curvarse o inclinarse y también contempla los lugares para las venas a modo de caña hueca y los seca en primer lugar y los fija a la carne que se pone roja con la sangre y el calor de su fuego.
Porque el alma es fuego y su soplo recorre toda la figura lo mismo que una casa se ilumina con el fuego que se hace en ella. Y todas las venas conservan sus lugares, de los cuales no se mueven como también las aguas contienen la tierra. Así pues, el alma, con todas estas disposiciones, hace fluir la sangre como un viento vivo y contrae la carne con livor sanguíneo en humedad inocua, lo mismo que un alimento se cuece en la olla por la acción del fuego. Robustece los huesos y los fija a la carne hasta que las carnes se sostienen por sí mismas para no caer, como un hombre que construye su casa con maderas para que no caiga y se destruya.
Y esto es el segundo mes, en el que la figura mencionada se fortalece con el alma según el creciente y menguante de la luna. El alma que está en las venas [y] completa las carnes con sangre y huesos, como da a entender la luna creciente. La luna menguante señala que aún no es capaz de moverse; el alma reside en todos los lugares de esta figura en los que actúa  y los inspecciona, ya que siente que será ella la que moverá toda la figura al igual que la rueda hace que gire el molino. Y esto lo comienza a hacer según el círculo del sol, pues así como el sol nace al amanecer y extiende su recorrido desde el amanecer a la hora tercera, de la tercera a la sexta, de la sexta a la novena, de la novena hasta el anochecer, así el alma se aposenta en los ojos preparándolos para ver la luz por esas ventanas y también en el pecho para hacer que sus pensamientos circulen, y en el corazón, para demostrar que vuela con conocimiento; y también en su vientre, como uniendo todos sus órganos con una red, reforzando las cavidades huecas donde se guardan los alimentos con los que la figura señalada se alimenta.
Los dientes muelen estos alimentos; han sido colocados como una raíz sin médula  por el fuego húmedo del alma sin necesidad de agua, así que los alimentos van al estómago donde permanecen hasta el momento adecuado. El alma también distribuye el jugo del alimento entre el cerebro, el corazón, los pulmones, el hígado y todas las venas, y con la fuerza del calor, el alma da fuerza al estómago y a los intestinos que llevan el alimento, para que el alimento no se pierda sino que quede en su lugar correspondiente.
Y luego baja a las piernas, fortaleciéndolas con su calor ígneo y sustentando todo el armazón que se asienta encima de las piernas; lo mismo que una casa se fortalece y se sustenta con columna. Y después también penetra los pies y las partes en que se dividen, como si los dibujara Dios; así como las bases sostienen las columnas, de la misma manera los pies sostienen las piernas del hombre.
La propia alma confirma la figura del cuerpo, le da vida y la ilumina, ya que también en el cuerpo hay llamas de fuego; lo mismo que en una casa el fuego alumbra todos los rincones y la ilumina por entero. Por eso el hombre es como el sol y la luna, porque así como el día se muestra a primera hora, así también el alma contempla la luz por las ventanas que son los ojos, y a la tercera hora del día se dilata el alma y multiplica los pensamientos en el pecho. Y como también el sol arde con fuerza en la hora sexta y tiene todo en su poder, así el alma en el corazón, sabedora de muchas cosas, las manifiesta con sus obras. Y así como en la hora novena el sol se inclina a cierta frialdad, pues ya acaba su trabajo del día, así sucede en el alma cuando actúa en el vientre con los alimentos que por acción del sol han echado raíces, crecido y se han perfeccionado y de ellos se nutre el hombre. Al anochecer el sol se esconde bajo la tierra y aparece la noche. El alma permanece en las piernas que aguantan todo el hombre, y por esa hora, agotado por el trabajo, y evacuado el alimento, el hombre duerme hasta que vuelva a salir el sol. El alma, pues, reparte el jugo de los alimentos correctamente por todo el cuerpo y expulsa lo que sobra como el vino se limpia de las heces. El cuerpo no está falto de alma en ninguna parte ya que ella recorre todo el cuerpo con su propio calor.
El hombre fue creado a partir de cuatro elementos, de los cuales dos son espirituales: el fuego y el aire; y los otros dos carnales: el agua y la tierra, y estos cuatro elementos están unidos en el ser humano y lo preparan, y de este modo es sanguíneo y carnal con todos sus apéndices. Pero el fuego y el agua son contrarios entre sí y no pueden habitar en el mismo sitio, por lo que es necesario que ambos estén controlados por un maestro. El agua se opone al fuego para que no arda más de lo permitido, y el fuego constriñe el agua para que el calor de su aridez no se expanda más de lo necesario. Y estas dos fuerzas, el fuego y el agua, templan toda la tierra con el aire de las nubes para que todo permanezca estable y no falle.
Así ocurre también con la sangre del hombre, que es roja por el calor del fuego y líquida por el agua, porque si la sangre no fuera líquida por su calor, no fluiría en modo alguno sino que se secaría y caería como una escama. Si la tierra no fuese acuosa se esparciría como la paja y ningún animal podría  estar completo. Por lo cual toda criatura depende de estas dos fuerzas, y sin ellas no existiría ninguna forma. Si estas dos fuerzas no estuvieran unidas, el resto de formas no subsistirían.
Dios creó al hombre de limo de la tierra, que con el soplo del alma consiste de tierra húmeda, ígnea y aérea, y tiene consistencia. Y así también el alma mueve al hombre con los cuatro elementos ya que la figura formada por el dedo de Dios cobra consistencia con tierra y se mezcla con el agua, se mueve por el aire y con el fuego se calienta. El cuerpo tiene sentido del gusto, el gusto tiene placer, el alma deseo, y el deseo voluntad. El alma es como el fuego, el cuerpo como el agua, y ambos existen a la vez. Así el hombre es obra de Dios.
Cualquier obra que necesite el cuerpo se la proporciona el alma que obra en él. Por eso el alma opera en él y el cuerpo la necesita. El alma es más poderosa que el cuerpo ya que completa el deseo que éste tiene de ella. Tampoco el alma tendría posibilidades si no existiera el cuerpo porque ella penetra y mueve al hombre, que es obra de Dios, y sin cuerpo no existiría. Tampoco el cuerpo se movería con su carne y con su sangre si no lo moviera el alma.
El alma puede vivir sin el cuerpo, pero el cuerpo en modo alguno sin el alma. Tras el último día, el alma exige su ropaje y lo utiliza según su necesidad y deseo. Así el ser humano existe en dos naturalezas, a saber, cuerpo y alma, del mismo modo que la carne no existe sin sangre y la sangre sin carne y son cosas muy dispares en su naturaleza. El alma sin cuerpo no tendría razón de ser, y de igual modo que no se da alma sin cuerpo, así también Dios no existe sin su obrar. Esta obra estuvo en su interior eternamente, antes del tiempo y en el tiempo, lo mismo que el alma se oculta invisible en el cuerpo del hombre. El alma vive sin el cuerpo y tras el último día ansía recibir de Dios su atavío.
Y también Dios la atrae a sí, que fue vida sin principio antes del tiempo y en él, y al constituir el tiempo se proporcionó un atavío, que permaneció oculto en él para siempre. Y de esta manera Dios y el hombre son uno, como el alma y el cuerpo, porque Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. Como todo tiene sombra, el hombre es la sombra de Dios. La sombra es muestra de la hechura, y el hombre es muestra de Dios todopoderoso en todas sus maravillas. El ser humano es sombra porque tiene principio. Dios, por el contrario, no tiene principio ni fin. Por eso toda la armonía celeste refleja su divinidad, y el hombre es reflejo de todas las maravillas de Dios.

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