(109) Mudos. Si la húmeda o la espumosa, que entonces  son también livores atraídos por las flemas antes dichas, es decir, la tibia y la seca, y que normalmente deberían estar tranquilas, sobrepasan su cometido, la húmeda crea un vapor hirviente y acuoso, y la flema espumosa oprime y estrangula la razón del hombre de modo que no puede hablar y enmudece. Pero al no poder hablar al exterior, es mucho más sabio en su alma; como su razón no puede exteriorizarse, la ciencia se aclara en sí y la siente. Este hombre no está malo; al contrario, tiene el cuerpo sano y vive mucho tiempo.

(110) Bondad. Pero cuando en algún hombre la flema húmeda sobreexcede a la espumosa, y la espumosa a su vez sobrepasa la seca y la tibia que la siguen, entonces en la medida de sus fuerzas estas dos subsiguientes son livores de las dos precedentes, (es decir, de la húmeda y la espumosa). Esta persona tiene por naturaleza muy buenas costumbres y es feliz y le crece  su carne, no puede enfadarse con facilidad y no es amargo. Pero está enfermo y no será longevo, ya que tiene poca sequedad.

(111) Cancerosos. Si la seca o la tibia, que entonces son livores de la espumosa y de la húmeda, rebasan lo suyo, producen en el hombre un eructo sonoro e hipo, le provocan cáncer, y hacen que se lo coman los gusanos y que la carne de su cuerpo se inflame en úlceras deformes, de suerte que también de esta manera, a causa de un tumor hinchado, su brazo o su pie será más largo que el otro. Y esto ocurre hasta que desaparece esta enfermedad. De ahí que no pueda vivir mucho tiempo.

(112) Podagra. Si la espumosa sobrepasa la húmeda, y la húmeda a la seca y la tibia, el hombre tiene buena ciencia pero es demasiado vehemente y precipitado en ella,  de modo que esparce su sabiduría por muchos sitios como paja que esparce el viento. También desea dominar a los demás. Tiene el cuerpo sano, excepto que fácilmente enferma de las piernas y contrae podagra con facilidad, pero así puede vivir mucho si pluguiere a Dios.

(113) Suicidas. Si la seca o la tibia, que entonces son livores de la espumosa y de la húmeda, exceden su curso y entonces la seca sobrepasa a la espumosa y la húmeda y las mezcla, la tibia crea un vapor hirviente y acuoso en el hombre, de tal modo que el hombre se  precipita a sí mismo a la muerte a menos que Dios u otro hombre se lo impidan. Y éste no está del todo sano ni enfermo del todo sino entre lo uno y lo otro, y puede vivir mucho si se le protege.

(114) Gota. Por el contrario, aquel en que la húmeda excede la seca, y la tibia excede a la seca y la espumosa, que quedan ahí, puede sufrir penalidades consigo mismo y con otros hombres. Su mente es triste y no tiene mucha ira sino que es hombre útil y de provecho en sus costumbres. Tampoco está muy enfermo, salvo que a veces está afectado de la enfermedad llamada gota, y será longevo.

(115) Inestabilidad. Si la seca o la espumosa, que entonces son livor de la húmeda y la tibia, sobrepasan su límite, la seca se propaga por la persona como la planta llamada correhuela1, y la espumosa le provoca regüeldos amargos. Al propio tiempo le hacen que no ande correctamente, de suerte que tropezaría siempre y acabaría hecho añicos si se le dejara. Y esto dura hasta que desaparecen estos livores. Pero puede vivir mucho tiempo si Dios y los hombres cuidan de él.

(1) En el original winda: Campanilla o correhuela (Convolvulus arvensis et sepium).

(116) Iracundos. Si la tibia sobrepasa la húmeda, y la húmeda a la seca y la espumosa, este hombre es astuto, huye de la paz y gusta de discordias y enfrentamientos. Es seco de cuerpo pero en la comida glotón. No tiene salud y por eso no se acuesta en la cama, sino que pasea. Puede vivir mucho tiempo pero no llega a la vejez perfecta ya que <muere> antes de llegar a ella.

(117) Síncope. Si la seca o la espumosa, que son livores de la tibia y de la húmeda, exceden lo suyo, la seca exalta su llama de modo que será glotón de comidas en exceso. La flema espumosa le hace codicioso de alimentos, por lo que a veces da vueltas como una rueda y cae al suelo como muerto. Pero esta enfermedad retiene su espíritu dentro para que no muera hasta que remita. Esta persona es débil y no llega a una vejez completa.
(118) Inestabilidad. Cuando en alguien la flema espumosa sobrepasa a la tibia, y la flema tibia sobrepasa la seca y la húmeda, que entonces la siguen a modo de livores como se ha descrito antes, este hombre siente alegría y tristeza inadecuadas y a veces también ira inconveniente pero es benévolo. Padece en su interior una flema fétida y sucia de olor y gusto desagradables. No es sabio y rara vez llega a viejo.

(119) Obsesos. Si la seca o la húmeda, que normalmente deberían estar tranquilas y que entonces son livores atraídos por dichas flemas espumosa y tibia, se exceden de lo suyo, este hombre se desvanece y le fallan la ciencia del alma, el gusto y los sentidos, y entonces vienen los espíritus aéreos y le impiden, le procuran herejías y lo circundan aprovechando que la ciencia de su alma permanece dormida. Y así corre peligro si Dios no expulsa estos espíritus.

(120) Severidad. Por lo cual arde por dentro y no puede vivir mucho tiempo. Si la flema tibia sobreexcede a la espumosa y la espumosa excede a las otras dos restantes, es decir, la seca y la húmeda que entonces se han trasformado en livor en la medida de sus fuerzas, este hombre es cruel, no tiene compasión de nadie, busca el mal, está amargado en su carácter y nunca está satisfecho, pero es gordo y está sano, aunque no puede vivir mucho tiempo.

(121) Más sobre el frenesí. Pero si ocurre que la seca o la húmeda, que entonces son livores resultantes de las anteriores flemas, la tibia y la espumosa, y que normalmente deberían estar tranquilas, sobrepasaran lo suyo, el livor seco sube demasiado, se retuerce en el hombre y hace huir su espíritu casi al momento y el livor húmedo le causa errores, de suerte que se confunde y lanza palabras malas e irracionales. Es iracundo, malvado y frenético en su cerebro, está inquieto y rara vez llega a viejo.

(122) Salud. Si los humores mencionados conservan en el hombre su adecuado orden y mesura, como se ha dicho antes, ese hombre estará tranquilo y con salud corporal, pero si por el contrario se enfrentan entre sí hacen de él un hombre débil y enfermo como ya se ha escrito antes.

(123) Sólo hay cuatro humores. El hombre no puede constar de un solo humor, o de dos, o de tres, sino de cuatro para que se regulen mutuamente, de la misma manera que el mundo consta de cuatro elementos que concuerdan entre sí.

(124) Venganza de Dios. Si en algún momento por juicio de Dios, los elementos proyectan sus terrores de manera caótica, infieren muchos peligros al mundo y a los hombres. Y es que el fuego es como una lanza, el viento como una espada, el agua como un escudo y la tierra como una jabalina llamados a castigar a los hombres. Pues los elementos están subordinados al hombre y según les atañan las acciones de los hombres, así cumplen su propio deber. En efecto, cuando los hombres se enzarzan entre sí en batallas, catástrofes, odio, envidia y pecados impropios, entonces los elementos se comportan de modo diferente y adverso en lo concerniente a calor, frío, grandes lluvias o inundaciones.
Y esto es así según la primera disposición de Dios, que estableció que los elementos se comporten según las obras de los hombres, que les afecten las acciones de los hombres y que el hombre actúe en ellos y con ellos. Cuando los hombres están en el buen camino y obran lo bueno y lo malo con moderación, entonces los elementos cumplen con su deber por la gracia de Dios  según las necesidades de los hombres.

(125) Penitencia. Pero cuando estos mismos elementos lanzan sus terrores a los hombres, como se ha dicho, los hombres han de llorar y gritar con suspiros y lágrimas para recogerlos y llevarlos ante la sangre del cordero inmaculado, para que así los socorra la gracia de Dios.

(126) Caída de Lucifer. Lucifer fue arrojado del cielo con tanta fuerza que no se le permite moverse del Tártaro <su sede infernal>. Pues si pudiera hacerlo, confundiría con su fortaleza todos los elementos, de modo que haría retroceder el firmamento y ofuscaría al sol, la luna y las estrellas; retendría el curso de las aguas y haría muchas cosas contrarias a las criaturas. A él se le adhiere una caterva de demonios, unos con más fuerzas y otros con menos. Pero hay también algunos que hablan a menudo con los hombres y aborrecen menos los lugares sagrados, la cruz del Señor y los divinos oficios. Y todos éstos maquinan con Lucifer contra el mundo. Comparado con la magnitud de Lucifer, el diablo tiene casi tanta fuerza, poder y malicia, y es casi como la ambición y la voluntad de Lucifer.
Como Lucifer no puede moverse envía al demonio al mundo casi como Pitón. Pues tiene la habilidad de engañar con disimulo y muchos otros vicios; sedujo a Adán en el paraíso y lo llamó señor de la tierra. Él llevará con su fuerza el soplo de Lucifer para concebir al Anticristo, cuyo poder ascenderá hasta el lugar del que el diablo fue arrojado, donde el celo del Señor, hecho fuego en la materia negra de las tempestades, es de tanta fuerza y poder que a menudo aparece ardiendo en los elementos o haciendo destrozos, y produciendo espantos con su voz, así que el diablo, ante tal terror, no se atreve a usar sus fuerzas abiertamente; sino como ladrón; por eso es mentiroso.
Este celo, que es el castigo de Dios, quemará y separará los elementos el Último Día. <Dios> prohibió a San Juan Evangelista1 que describiera lo que hablaban los truenos porque mostraban todos los terrores y sufrimientos que los hombres han sufrido y sufrirán antes y después. Porque si el hombre los conociera de antemano no podría soportarlos, por la debilidad de su carne y el horror excesivo.
Porque el hombre soporta con más facilidad las cosas que suceden en el momento, aunque duren mucho tiempo, que si supiera de antemano las que van a ocurrir una hora después. El trueno es tan terrible, tan fuerte y tan terrible que si el hombre supiera lo qué es el trueno lo temería, y al escucharlo, por miedo a él pospondría al Dios verdadero.
[Los vientos están encima del sol, por debajo y alrededor, y con su fuerza disipan y esparcen su fuego, porque si no hicieran así, el sol emitiría tanto ardor con su fuego que ni la tierra ni los demás elementos o las otras criaturas podrían soportarlo.]

(1) Ap.10:4

(127) Furor. Si un solo humor sobrepasa a los demás y no mantiene su recto orden y mesura, el hombre estará enfermizo y débil, y si dos humores se sobrepasan sin medida, esta persona no puede durar mucho ya que se vuelve loca furiosa o todo perece en su cuerpo porque los humores no están bien mezclados. O si tres humores sobrepasan su medida al mismo tiempo, el hombre se debilita y muere rápidamente. Si estallan sin medida los cuatro humores, el hombre muere de repente de un ictus en los ojos, porque no puede aguantar nada de tiempo; es más, se desintegra por completo, como será todo desintegrado el último día, cuando choquen entre sí los cuatro elementos.

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