(94) Nacimiento de las piedras. Las piedras no crecieron ni antes ni después del Diluvio, excepto las que aparecen limpias y redondeadas en los ríos, sino que, creadas con la tierra, sólo las reveló el Diluvio.

(95) Arco iris. Entonces Dios puso su arco en el firmamento del cielo para fortalecerlo y resistir a las aguas. Este arco es de fuego y tiene los colores del agua, que son tan fuertes contra las aguas como las nubes, así que retiene las aguas con el fuego y sus colores, lo mismo que la red sujeta los peces para que no se escapen.
Después del Diluvio, en los seres humanos las virtudes y la sabiduría se hicieron y se mostraron más grandes que antes. Antes del Diluvio toda la Tierra estaba llena de hombres y animales; las aguas no estaban separadas de los bosques, porque todavía no existían grandes bosques ni grandes ríos, sino sólo fuentes y ríos pequeños que podían vadearse con facilidad, y pocos bosquecillos que los hombres atravesaban fácilmente.
Pero después del Diluvio algunas fuentes y riachuelos se derramaron en corrientes grandes y peligrosas y crecieron grandes bosques que también separaron los hombres de las bestias. Además, antes del Diluvio no llovía, sólo caía mucho rocío sobre la tierra, pero después que se quedó empapada y afirmada con las aguas del Diluvio, la Tierra pide por naturaleza el agua de las lluvias.

(96) Sitio de la tierra. La tierra es pequeña y está cerca del fondo del firmamento, pues si estuviese en el medio, tendría que ser mayor y entonces fácilmente se caería y se rompería, si tuviera tanta amplitud de aire debajo de sí como la que tiene encima. Al Sur la tierra es como el descenso de un monte; entonces hace más calor porque el sol y el firmamento están más cerca. Hacia el Norte la tierra es alta, opuesta a las inclemencias y también es más fría, porque allí ni el firmamento ni el sol están cerca de la tierra, sino que el firmamento tiene aquí mayor profundidad.

(97) El ser humano consta de elementos. Ahora bien, como se ha dicho antes, lo mismo que los elementos contienen simultáneamente el mundo, así también los elementos son el armazón del cuerpo humano; y su flujo y sus funciones se dividen por el hombre para contenerlo simultáneamente, de la misma manera que están esparcidos y actúan por el mundo. El fuego, el aire, la tierra y el agua están en el hombre, y el hombre se compone de ellos. Pues el ser humano tiene del fuego, el calor; del agua, la sangre; del aire, el aliento; de la tierra, la carne. También tiene del fuego la visión, del aire el oído, del agua el movimiento, y de la tierra la capacidad de andar.
El mundo es próspero cuando los elementos cumplen su función bien y con orden; el calor, el rocío y la lluvia se reparten poco a poco, con moderación y a su tiempo, y descienden a templar la tierra y sus frutos y traen salud y muchos frutos porque si cayeran de repente y a destiempo, a la vez y sin orden, la tierra se resquebrajaría y perecería su fruto y su bienestar.
Así también, cuando los elementos actúan ordenadamente en el hombre, lo conservan y mantienen sano. Pero cuando hay discordancia entre ellos lo enferman y lo matan. Pues las coagulaciones de los humores que descienden por el hombre y que existen en él por el calor, la humedad, la sangre y la carne, si se desarrollan con tranquilidad y en su justa temperatura, traen salud pero si por el contrario llegan simultáneamente sin orden y caen sobre él de manera excesiva, lo debilitan y lo matan. El calor, la humedad, <y>  la sangre y la carne se han convertido en flemas adversas por el pecado de Adán.

(98) Variedad de las flemas. Pues se atrae y se excita flema, seca del calor del fuego, húmeda de la humedad del aire, espumosa de la sangre acuosa  y tibia de la carne terrenal. Y si alguno de estos elementos crece desmedidamente en el ser humano, sin que esté templado o refrenado por otro, el ser humano se debilita y pierde. Pero si cada uno conserva correctamente su medida y está mitigado por otro elemento que le obliga a mantener su correcta proporción, devuelve la salud al hombre y lo mantiene sano. Así pues, cuando una flema sobrepasa su dominio, tiene otra que subyace a su servicio, y las otras dos las siguen con moderado livor, y así el hombre tiene su cuerpo tranquilo.

(99) Humores. Pues los humores son cuatro: dos que sobresalen, que llaman flemas, y dos subsiguientes que llaman livores. Todo humor predominante supera al que le sigue casi en una cuarta parte y la mitad de un tercio1; y el que le está subordinado, para no perder sus propiedades, templa o atempera dos partes y el resto de la tercera parte2. El primer humor supera de esta manera al segundo, y éstos son los llamados flemas. Y el segundo supera al tercero, y el tercero al cuarto, los cuales, tercero y cuarto, son los llamados livores. Los superiores, al ser más abundantes, sobrepasan a los menores y los menores templan en su vacuidad la abundancia de los superiores, y cuando ocurre así, el hombre esta tranquilo.
Pero por el contrario, cuando algún humor excede sus límites, el hombre aquel está en peligro. Cuando algún livor de los mencionados sobrepasa su medida injustamente, no tiene fuerzas suficientes para vencer por sí los humores sobreeminentes, si no es que lo instiga el livor que lo sigue, si va delante, o lo ayuda el precedente, si va detrás.
Si en cualquier hombre se extendiera de este modo un livor excesivo más allá de su medida, los demás humores no podrían estar en paz, salvo que ocurra en hombres a los que Dios infunde su gracia, como a Sansón en la fuerza, a Salomón en la sabiduría, a Jeremías en el don profético, o a ciertos paganos como Platón y sus semejantes. Y como se ha dicho, allí donde otros enferman, estas personas estarán siempre fortísimas por la gracia de Dios, que permite que los hombres estén a veces en vicisitudes. Y de este modo, a veces están enfermos y a veces sanos, a veces con temor y a veces fuertes, otras en trabajos, otras tristes y otras alegres. Y Dios los reestablece en su condición, de modo que cuando están enfermos los cura, cuando tienen miedo los robustece, y cuando están tristes, los alegra.
Si en un hombre la flema seca sobrepasa a la húmeda, y la húmeda a la tibia y a espumosa, allí la seca es como señora y la húmeda casi esclava, y la espumosa y la tibia son como servidoras menores, ocultas y maliciosas. Entonces estas dos últimas son livores de las superiores en la medida de sus fuerzas. Y este hombre es prudente por naturaleza, e iracundo y vehemente en sus obras. No es estable porque la sequedad las consume y fácilmente vuelve a resurgir en él lo mismo que la llama que rápidamente decae y rápidamente rebrota. Es un hombre sano y vive mucho tiempo, pero no llega a la vejez completa porque después que su carne se ha secado con el fuego, no tiene toda la ayuda de la húmeda.

(1) 1/4+1/2*1/3 = 10/24, algo más del 40%.
(2) 2/3+1/2*1/3= 5/6, en torno al 84%

(100) Frenesí. Si por casualidad las flemas espumosa y tibia que normalmente deberían estar tranquilas y que han sido arrastradas a livor de las flemas anteriores, es decir, de la seca y la húmeda, exceden sus límites como una ola que se mueve por encima del agua, se convierten en veneno y originan tal tempestad que ningún humor concuerda con otro ni cumplen correctamente sus funciones. Y estas dos flemas se oponen a las anteriores de tal modo que todas luchan entre sí.
El hombre que soporta esta divergencia y contrariedad en su cuerpo estará frenético1 porque, como los humores internos pugnan entre sí, está enfurecido y se consume si no se le ata con cuerdas. Y así estará hasta que las flemas espumosa y tibia se atenúen y vuelvan a su orden natural. No será longevo. En cambio, si la flema húmeda sobrepasa la seca, y la seca a la espumosa y tibia (que entonces serán livores) esta persona será por naturaleza estable, perseverante, sana de cuerpo y longeva.

(1) Freneticus no tenía entonces la acepción actual, y aquí equivale a loco furioso.

(101) Contrahechos. Pero si las flemas espumosa y tibia, que entonces son livores de la seca y de la húmeda, sobrepasan lo suyo, de modo que la espumosa asciende, hace como un hirviente vapor acuoso que destila flema tibia y en tal discordia tuercen el cuello del hombre y le curvan su espalda con gran tormento, y le hacen contrahecho hasta que cese este mal, pero no obstante puede vivir así mucho tiempo.

(102) Tontos. Aquel en quien la flema seca sobrepasa la espumosa, y la espumosa sobrepasa a la húmeda y la tibia, a veces es un tonto iracundo y a veces un tonto feliz. No es débil, es bastante robusto y puede vivir mucho tiempo si es voluntad de Dios.
(103) Parálisis. Si las flemas húmeda y tibia, que son entonces livor de la seca y la espumosa, soplan sobre lo suyo como un viento peligroso, se convierten casi en vendaval y hacen un ruido peligroso como el sonido del trueno. Y este ruido resuena por las venas, en la médula y en las sienes de aquel hombre, por lo cual, quien esto padece se queda paralítico e impedido en todo el cuerpo hasta que los mencionados livores cesen y vuelvan a su cauce. Podrá vivir largo tiempo si Dios se lo permite.

(104) Buen carácter. Si la espumosa sobrepasa la seca, y ésta sobrepasa la húmeda y la tibia, entonces el hombre tiene buen carácter, es benévolo y delicado en su cuerpo, pero no vivirá mucho.

(105) Amencia. Si la húmeda y la tibia, que entonces son también livores de la espumosa y la seca, sobrepasan lo suyo, pronto la húmeda comienza a circular como una rueda y precipita a la persona a veces al agua y otras veces al fuego; y la tibia lo lleva a la locura. Y este hombre está que se le va el raciocinio, por lo que se queda amente. Y no está ni totalmente sano ni completamente enfermo.

(106) Insania. Cuando la seca sobrepasa un poco a la tibia, y la tibia sobrepasa a la húmeda y la espumosa que las siguen; este hombre está enfermo de mente y de cuerpo. Su carácter es horrible para sí mismo y para otros hombres y pone un ímpetu inútil en todas sus causas y es bastante sano y puede vivir mucho tiempo.

(107) Desesperación. Si la húmeda o la espumosa, que entonces son livores de la seca y la tibia, soplan lo suyo de modo que la húmeda emite un humo amargo, y la espumosa lo vuelve lívido y resbaladizo como una tortuga, entonces hacen en él un sonido como el soplo del viento del Norte, que cae sobre su corazón y sus sentidos de modo que pierde la confianza o la esperanza que pueda tener en Dios, en los hombres o en cualquier criatura. Y estos efectos duran hasta que los livores mencionados cesan en su horror.

(108) Temerosos. Por lo cual mejor le sería morir que vivir. Pero también puede vivir mucho. Si la tibia sobrepasa la seca, la seca sobrepasa a húmeda y la espumosa, esta persona tiene muchas aflicciones en su carácter. A veces está iracundo, otras triste, otras alegre, aunque nunca del todo porque es timorato en todo, como una ola en el agua, puesto que en todas ellas teme. Algunos de estos viven mucho pero la mayor parte muere pronto.

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