(67) Flemáticos. Pero cuando en éstos se excitan varios humores de flemas a causa de la excesiva comida y bebida o de una alegría injustificada, les golpea la tristeza, la ira o la líbido descontrolada y entonces comienzan a bullir, por así decir, como el agua en un caldero puesto al fuego, y desprenden algo así como gotas de fuego que lanzan como flechas a la carne, la sangre y las venas y castigan a los hombres con gran acritud, como humo amargo que aturde los ojos. Y quienes son de esta complexión suelen encenderse de ira, pero con rapidez se olvidan de ella, puesto que son amantes de la bondad, como cuando surge una tempestad y luego el sol aparece. Así la fuerza de esta complexión es tal que fácilmente se ven llevados a la ira y a la felicidad, pero no suelen llegar a la senectud total.

(68) Melancólicos. Hay otros hombres cuya mente es triste, apocada y dispersa, de suerte que en su estado y constitución no hay nada que sea correcto. Son como un viento fuerte inútil para las plantas y los frutos, y por eso les crece la flema que no es ni húmeda ni espesa, sino tibia. Es una especie de livor resistente que se estira como la resina y que depara bilis negra, que surgió por vez primera en la semilla de Adán del hálito de la serpiente, cuando Adán siguió su consejo sobre los alimentos.

(69) Enfermedad de bilis negra. Y esta bilis negra es negra y amarga, exhala todo mal y a veces hace que la enfermedad hierva por las venas del cerebro y el corazón y produce tristeza y duda ante cualquier consolación, de modo que el hombre no puede tener ninguna alegría que ataña a la vida celestial o al consuelo de la vida presente. Esta bilis negra es connatural a los hombres a causa de las sugestiones del diablo, porque el hombre transgredió el mandato de Dios al comer la manzana. A causa de este alimento creció esta bilis negra en Adán y en toda su descendencia, y excita toda clase de enfermedades en los hombres.
Como la flema mencionada más arriba es tibia, no reprime la fuerza de la bilis negra como lo hacen las otras dos flemas mencionadas antes, de las cuales, una en su humedad y la otra en su densidad y amargura tienen tanta fuerza que hacen frente a la bilis negra, como el caldero colgado encima del fuego que impide a éste que se  alce más arriba. Las personas de esta complexión con frecuencia están airadas o tienen miedo y son muy útiles para Dios y los hombres. Algunos de ellos viven bastante porque la fuerza de esta flema es tal que no los llega a matar ni les da fuerzas por completo; lo mismo que le pasa a una persona encarcelada a la que no dan la muerte ni le permiten escapar.
Así que, como se ha dicho antes, el hombre consta de cuatro humores, lo mismo que el mundo consta de cuatro elementos.

(70) Mezcla de elementos. Dios juntó en el mundo los cuatro elementos de modo que ninguno pueda separarse del otro, porque el mundo no podría subsistir si pudieran separarse uno del otro. Están indisolublemente encadenados entre sí. El fuego es superior, domeña y enciende el aire y es más fuerte que él. El aire cercano al fuego lo hace arder y lo templa como un fuelle, porque el fuego es casi el cuerpo del aire, y el aire es como las vísceras, las alas y las plumas del fuego. Y como el cuerpo no existe sin sus órganos, tampoco existe fuego sin aire, ya que el aire es el movimiento del fuego, porque el fuego no ardería ni se inflamaría si no tuviera aire. El fuego es también ardor y calor del agua y la hace fluir.
El agua no sería líquida ni fluiría, sino que sería más fuerte y resistente que el hierro y el acero, si no tuviera el calor del fuego latente en su interior, como puede apreciarse en el hielo. El agua es un fuego frío, y es más fuerte que el fuego porque puede extinguirlo. Al principio de la Creación el agua era fría y no fluía, cuando la tierra estaba vacía e inútil, pero el Espíritu del Señor se trasladó sobre las aguas calentándolas para que tuvieran fuego en sí y fueran líquidas.
El mismo frío del agua produce fuego por naturaleza y por eso hierve. Pues el agua tiene fuego en sí y el fuego, por naturaleza, tiene en sí el frío del agua, ya que el agua no fluiría si no tuviese fuego y el fuego nunca se extinguiría sino que siempre ardería si no tuviera el frío del agua dentro de él.
El fuego también templa la temperatura de la tierra, fortalece sus frutos, los seca y hace que maduren. La tierra es un obstáculo para el fuego, para que no sobrepase su medida y moderación.
El aire es también viento y una ayuda para el agua, como es también una ayuda para el fuego, así que retiene la fluctuación del agua en su justa medida. Pero si no la retuviera en su cauce y su recta medida, el agua fluiría sin medida y sumergiría todo lo que tocara.
El agua hace que el aire sea ágil y veloz en su vuelo, y fértil al destilar, de modo que da a la tierra fecundidad cuando derrama sobre ella su rocío. El aire es como un palio para la tierra porque aparta de ella el calor y el frío, cuando la templa y emite la efusión de su rocío. La tierra es como una esponja y materia que atrae y recibe la fecundidad del aire, ya que si no hubiera tierra, el aire no tendría su función, que es fecundar la tierra. El agua es coagulación de la tierra y la ciñe y somete para que no se desparrame. La tierra sustenta y contiene al agua y le proporciona cauces adecuados; la sostiene sobre sí para que tenga un cauce correcto y <la sujeta> debajo para que no ascienda sin control; por debajo la cubre y sobre sí la contiene. El rocío que fecunda la tierra, como se dijo antes, viene de la templanza del fuego y el aire.

(71) Rocío. Cuando el fuego y el aire cumplen su cometido en el buen tiempo de la estación veraniega, destilan rocío en una brisa plácida y luminosa, sin movimiento de las tempestades producidas por el calor que entonces tienen entre sí. Derraman saludablemente fecundidad y fertilidad para el provecho de los frutos de la tierra, como si derramaran el equivalente de su semen.

(72) Escarcha. Cuando en invierno el aire se inclina al frío de la tierra, de su mezcla y choque se le produce escarcha, que perjudica a las plantas y a las flores que nacen, y vuelve árida la tierra congelándola. Como se dijo anteriormente, los elementos de los que consta el mundo, están unidos y encadenados de tal modo que nunca pueden separarse, ya que el fuego no existe sin aire, ni el aire sin agua, ni el agua sin tierra. Aunque el fuego tiene más fuerza que el aire, y el agua más fuerza que el fuego, y la tierra más fecundidad y fertilidad que los tres, la aspereza de uno equilibra la suavidad del otro, y la suavidad de uno mitiga la aspereza del otro, y por naturaleza están de acuerdo entre sí con gran concordia, porque ninguno desentona con otro, salvo cuando, por juicio de Dios, provocados para venganza, producen fuegos, tempestades, tormentas o falta de fertilidad.

(73) Niebla. En algunos montes, valles y en otros lugares a veces asciende, por juicio de Dios, una niebla negra que después, cuando se expande se hace turbulenta. Contiene cierto mal y un peligroso hedor. Cuando esta niebla se esparce por el mundo trae enfermedades, pestes y muerte a las personas y a los animales.
En ocasiones, de la humedad de las aguas asciende una niebla que toca por encima todo lo que está sobre la tierra y se esparce por el mundo. Trae algo de enfermedades y peste a los hombres y los animales, pero no los mata; elimina las flores que despuntan de los frutos y daña los frutos, de forma que los árboles y las plantas contraen sus hojas y se secan, como si hubieran sido regadas con agua caliente.
Otro tipo de niebla que surge Del excesivo calor, de la densidad del aire, de las nubes y de su humedad, no es peligrosa.
Pero del frío y de la tierra húmeda surge otro tipo de niebla, así como cierta niebla de diferentes aguas que tampoco traen peligros a los hombres ni a los animales ni a las plantas de la tierra, ya que su naturaleza es tal que surgen a su debido tiempo.
El hecho de que el sol sea rojizo cuando sale se debe al frío y a la humedad del aire, que en ese momento lleva el color rojizo a los ojos de los hombres. De modo similar, cuando el sol que se inclina en ese momento al ocaso se pone rojo del atardecer al anochecer, se debe al frío del aire.

(74) Sólo hay cuatro elementos. No puede haber más de cuatro elementos ni menos tampoco. Los hay de dos tipos: superiores e inferiores. Los superiores son celestes, los inferiores terrestres. Lo que habita en las partes superiores no es palpable y está formado de fuego y aire; lo que habita en la zona inferior es palpable, sus cuerpos tienen forma y constan de agua y barro.

(75) Alma y espíritu. El espíritu es de fuego y de aire; el hombre, por su parte, de agua y de barro.

(76) Creación de Adán. Cuando Dios creó al hombre, aglutinó el barro con el agua y formó al hombre con él y envió a aquella forma un soplo de vida de fuego y aire. Y puesto que la forma del hombre era de agua y barro, a causa del fuego del soplo vital de Dios el barro se hizo carne, y a causa del aire del soplo, el agua con la que se había mezclado el barro se convirtió en sangre.
Al crear Dios a Adán, el esplendor de su divinidad hizo resplandecer la masa de barro con la que lo había creado y aquel barro tomó forma en su parte exterior, perfilándose los miembros, y su interior quedó vacío. Entonces Dios con el mismo barro creó en su interior el corazón, el hígado, los pulmones, el estómago, los intestinos, el cerebro, los ojos, la lengua y el resto de partes internas.
Y cuando Dios le envió el soplo de vida, la materia de Adán, que son los huesos, la médula y las venas, tomó consistencia a causa del mismo soplo, y en esta masa se percibía como algo distinto del barro, como un gusano que se retuerce en su escondrijo, o como el verdor que está en un árbol. Y así cobró consistencia, como de otra manera sucede con la plata cuando el artesano la arroja al fuego; y así el soplo vital se asentó en el corazón del ser humano. También entonces se crearon con el mismo barro la carne y la sangre a causa del fuego del alma.

(77) Cabellos. El verdor del alma hizo nacer espuma y humedad en la cabeza, es decir la envió al cerebro, por lo cual el cerebro es húmedo y de aquella humedad crece el pelo de la cabeza.

(78) Interior del ser humano. El alma es de fuego. Es ventosa, húmeda y posee todo el corazón del hombre. El hígado da calor al corazón, los pulmones lo protegen y el estómago es un receptáculo interior en el cuerpo del hombre para recibir los alimentos. El corazón tiene la propiedad del conocimiento; el hígado, la sensibilidad; los pulmones, el empuje y el camino del raciocinio; la boca es el amplificador de lo que uno quiere decir, recibe las viandas para el cuerpo y produce la voz pero no recibe el sonido. El oído recibe el sonido, pero no lo produce.

(79) Orejas. Las dos orejas son como dos alas que reciben y transmiten todos los sonidos de las voces, como las alas conducen las aves por el aire.

(80) Ojos y nariz. Los ojos son los caminos del hombre y la nariz su sabiduría. Y con el resto de miembros se creó al hombre.

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