ADVERTENCIAS PARA UN LECTOR DE SANTA HILDEGARDA

por Mons. Melchor Sánchez de Toca Alameda,
Subsecretario del Pontificio Consejo de Cultura



La lectura de Santa Hildegarda, que depara inmediatamente gratas sorpresas y gozosos descubrimientos, presenta también ganchos y escollos que interrumpen la lectura y provocan extrañeza, rechazo, desdén o viva oposición. Es natural, porque Santa Hildegarda transmitía conceptos que ella misma desconocía, en una lengua que no dominaba y a la que le faltaban las palabras necesarias para expresar ocho siglos largos de desarrollo del conocimiento humano.
No sabemos cómo oía Hildegarda en su interior las explicaciones de la Luz Viva, y parece razonable que fuera en latín, una lengua que a la vista está que ella solo poseía en precario. Sabemos que Hildegarda dictaba estas explicaciones en un latín de oídas, rústico, sin desinencias o con desinencias aproximadas, y que su secretario, el bendito monje Fólmar (Volmar o Volmer) o su devota sor Ricarda completaban para dejarlo gramaticalmente decente. En sus obras, y en concreto en ésta, especialmente en  algunos pasajes del libro V, queda de manifiesto que en ocasiones Hildegarda balbuceó, no supo cómo decir y repitió de otra manera la frase mal entendida o mal expresada. Su fiel secretario copió las dos versiones consecutivas de la misma idea, distintas, prácticamente idénticas pero con distintas patadas a la gramática latina.

La verdad es que el latín de Hildegarda es relativamente cristalino, y con un poco de hábito llega a entenderse directamente; es el latín medieval, la lengua que pudo ser la oficial de la Unión Europea si no se hubieran opuesto precisamente los países de lengua romance, Francia, Italia y España. No olvidemos que el latín es todavía el lenguaje culto de las universidades de Europa Central y Occidental que no son de lengua romance.
Pero por transparente que sea el latín de Santa Hildegarda, no deja de ser latín, una lengua muerta desde hace siglos que se escribía en carísimos pergaminos, en una letra especialmente comprimida para que cupiera más, con palabras llenas de abreviaturas para ahorrar espacio. Una lengua telegráfica que solo entendían los ilustrados, mientras que la gente común hablaba el sermo vulgaris y las viejas lenguas nacionales.
Y no es que el latín de Hildegarda esté lleno de trampas para el lector poco avezado, aunque las haya como ese nimis que no es "nimio", sino "mucho", ese declinare que puede ser desviarse y ese dimittere que no es dimitir sino enviar, porque donde menos se espera salta la liebre, o mejor, la trampa. El principal problema tampoco está en las palabras latinas que ya se han olvidado y no están en los diccionarios, como sobriuncula o calimina, menos de media docena en esta obra y muy pocas entre los centenares de miles que dictó en total Hildegarda.
El problema mayor de estas obras radica por el contrario en las palabras que ni Hildegarda ni sus contemporáneos tenían para expresar realidades que los modernos apenas empezaron a intuir en el siglo XIX, seiscientos años largos después. Por ejemplo, en latín no había palabras para microorganismo, virus o microbio, para los que Santa Hildegarda utiliza una escala decreciente a base de acumular diminutivos: gusano> vermis, gusanitos > vermiculi, gusanitos chiquitísimos > minutissimi vermiculi.
¿Cómo iba a expresar ella el ciclo de Bethe, la excitación de un material fotovoltaico o la función clorofílica por la radiación solar, o que la capa superior de las nubes es la primera afectada por las llamaradas solares? ¿Cómo iba a hablar de magma, o de glándulas suprarrenales, si aún faltaban siete siglos para acuñar el concepto? Y sin embargo, Hildegarda acierta a hablar de todo esto, aunque naturalmente con un léxico muy distinto al que estamos habituados. Por eso hay que traducir con cuidado, casi al pie de la letra, y por eso hay que leer despacio, tratando de absorber todo el contenido y las posibilidades de la frase.

El grado de dificultad de la lectura de Hildegarda no es uniforme: Hay cosas que coinciden totalmente con lo que sabemos (la Tierra es redonda, la Tierra es pequeña), y otras que parecen salidas directamente de la Antigüedad remota, como cuando explica los movimientos planetarios en los signos del Zodíaco. En ésta, como en las demás obras hildegardianas hay afirmaciones que no coinciden con lo que creemos saber, pero que despiertan y espolean el espíritu investigador, siempre latente, que olfatea que por ahí puede haber una verdad aún desconocida. Por ejemplo, cuando habla de los vientos da la impresión de que está hablando de fuerzas, vectores, tensores o cuerdas de dimensiones cósmicas; o cuando dice que el universo gira pero no se expande, y que está envuelto por un fuego negro, invita a pensar si no habrá quizá otra explicación para el corrimiento al rojo, el efecto Doppler de la luz de las estrellas lejanas.
Pero otras veces, las afirmaciones de Hildegarda suponen un brutal giro copernicano, como cuando al hablar de la corrompida Humanidad antediluviana, menciona la conducta contra natura de gran parte de los humanos, y sugiere así que los brutales gigantes que poblaron la Tierra antes del Diluvio no eran antecesores del homo sapiens, como postula la modernidad, sino deformados y degenerados descendientes de coyundas ilícitas, pero fecundas, entre humanos y animales.

Tampoco presentan la misma dificultad los distintos temas. La teología de Santa Hildegarda no presenta problemas particulares, pues el dogma católico es siempre el mismo aunque cambie la forma de expresarlo. Aun así, sus escritos están llenos de perspectivas sugerentes, tanto en lo que se refiere a la relación del hombre con la naturaleza, lo que hoy llamaríamos una antropología teológica, como en algunas cuestiones de tipo más pastoral, por ejemplo el deseo de la Santa de que se comulgue bajo las dos especies, una praxis que había ido decayendo a lo largo de los siglos.
Tampoco es chocante en general la descripción de las criaturas más comunes. En botánica presenta muy pocos problemas; en mineralogía algunos y más aún en zoología, donde aparecen unos llamativos basilisco y grifo, a la vez que da que pensar que pudo haber animales ahora extintos como el dragón, un pterosaurio con dispepsia o el unicornio, un équido pequeño y cornudo.
En fisiología, aparte de desarrollar su endocrinología, está claro que faltan palabras y que será precisa una labor investigadora para encontrar el significado actual de los términos empleados en Causae et Curae. En esta edición nos hemos limitado a los aspectos puramente lingüísticos, conscientes de que adaptar este texto al lenguaje de hoy es tarea para especialistas. Otras veces hemos intuido nuevos significados, por ejemplo, cuando habla de lumbis (“lomos”), que se refiere a la riñonada y que, contrariamente a la interpretación habitual no es un eufemismo de los genitales masculinos, y sugiere más bien las glándulas suprarrenales.

Pero para el lector actual, la dificultad principal de las obras de Santa Hildegarda  estriba en su descripción del Universo, trufada de afirmaciones duras de aceptar para quienes hemos aprendido de pequeños la majestuosa órbita de la Tierra en torno al Sol, descripción que contradice a la evidencia diaria de que el sol sale por Oriente y se pone por Occidente. 
El choque entre nuestros prejuicios -nuestra fe científica contemporánea- y los textos hildegardianos es a veces frontal. Pero hay mucha materia de reflexión en la descripción del universo que la Luz Viva le da a Hildegarda, sólo que hay que caer en la cuenta que está dirigida a seres humanos corrientes que nunca van a ser astronautas ni proyectistas de satélites. Por ello no es extraño que la descripción divina no nos caliente la cabeza con una descripción más complicada, - recuérdese el esbozo de la beata Ana Catalina Emmerick, que ve una maraña de órbitas entrecruzándose velozmente - sino que describe para terrícolas una imagen geocéntrica tan original como todo lo suyo.

Al leer a Hildegarda hay que procurar saltar las dificultades y no dejarse enredar en los ganchos; alegrarse de las coincidencias con nuestros conocimientos actuales, sorprenderse y reflexionar sobre los puntos de vista originales, y dejar los puntos difíciles o inaceptables para una ulterior meditación, a ver qué pudo querernos decir en aquella lengua muerta que ya solo usan -cada vez menos, me temo- los universitarios húngaros y polacos.


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