XVIII. EL DIABLO ACECHA AL HOMBRE CON EL VICIO CON EL QUE LE VE DELEITARSE.

Pero el diablo engaña al hombre como un espía engatusándolo con seducciones, y le acecha con el vicio con que le ve deleitarse por medio de los elementos. En efecto todos los vicios proceden del diablo y son como ladrones, ya que, en la medida que pueden, arrancan todas las cosas buenas que hay en el hombre, y lo hacen a veces por medio de los elementos y las otras criaturas con las que el hombre vive y trabaja.


XIX. LO MISMO QUE EN EL HOMBRE SE ENCUENTRAN LOS ELEMENTOS, ASÍ TAMBIÉN EN EL FIEL SE ENCUENTRAN LAS VIRTUDES.

Lo mismo que los cuatro elementos están en el hombre, también en el alma buena se encuentran las virtudes de Dios, y lo hacen volver al bien.


XX. LO MISMO QUE EL FUEGO INFLAMA EL CUERPO DEL HOMBRE, LAS VIRTUDES INFLAMAN SU ALMA.

El Espíritu Santo es realmente un fuego inextinguible que nunca puede extinguirse y que concede todos los bienes, enciende todos los bienes, suscita todos los bienes, enseña todos los bienes, y que con su llama le ha concedido al hombre la facultad de expresarse. Es como el fuego con sus potentes fuerzas, que en su ardor revela su humildad que se somete a todo y se considera inferior a todo. Y este ardor tiene hielo, es decir paciencia, y también posee humedad, es decir, bondad, que muestra a todos. Y la obra de la humildad y su fundamento es la santidad, que se eleva arriba por el aire celeste mientras los espíritus malignos son arrollados y reducidos a nada.


XXI. LO MISMO QUE EL HOMBRE RESPIRA GRACIA AL AIRE, ASÍ LAS VIRTUDES HACEN SUSPIRAR AL ALMA POR LAS COSAS CELESTES.

El aire que tiene poderes penetrantes significa la fe, que es estandarte de la victoria. Igual que resplandece la llama del fuego, la fe enseña el camino recto y muestra el rocío de la esperanza con que riega la mente de los fieles cuando suspiran por las cosas celestes alimentando en sí la fuerza vital de la perfecta caridad, por la que se apresuran a hacer el bien a todos en todas partes. Por eso, con el suspiro del arrepentimiento, profieren con la oración un lacrimoso quejido, tal como el soplo suave del aire hace salir las flores, produciendo así, en el calor del deseo celeste, óptimo fruto como comida de vida que sirve de utilidad para ellos y para muchos otros.


XXII. LO MISMO QUE EL AGUA HUMEDECE EL CUERPO DEL HOMBRE, ASÍ LAS VIRTUDES RIEGAN SU ALMA.

Pero también el agua, con sus muchos poderes, muestra al hombre cómo abandonar los vicios y anhelar las virtudes. Por medio del agua, el Espíritu Santo vence todas las indignidades, y por el agua incluso perfecciona sus dones. Como un tipo de calor, envía la profecía para disolver el coágulo de los pecados. Y como el aire, con la sabiduría extingue el gozo del pecado y así el hombre se fortalece con la humedad de la justicia y puede fluir hacia cosas espirituales en la inundación de verdad. Incluso hace avanzar los preceptos de la ley, cuando con el jugo de la castidad apaga el jugo de la médula de los hombres y cuando con el gusto de la abstinencia destruye sus desmedidos pecados. Y también, con la fuerza vital de los profundos suspiros de los hombres infunde en sus duras mentes la humedad de la compunción, para que empapados de la humedad de las virtudes abracen el desprecio del mundo y rechacen lejos todas las suciedades. Y así hace subir a los fieles de virtud en virtud como si fueran pájaros, y por la abstinencia de los pecados los nutre con la comida de la vida como peces que están en las aguas de la fe. Los inunda de su calor, tal como hacen los animales, y así viven con rigor una forma de vida diferente a la terrenal, por amor al reino celeste. Y cuando avanzan por el camino de la humildad, se lleva la espuma del placer y los hábitos de los vicios, los mantiene en la observancia de todas las virtudes y los refuerza con la resistencia de perfección, de modo que pongan el amor de Dios antes que todas las demás cosas.


XXIII. LO MISMO QUE LA TIERRA SUSTENTA LA CARNE DEL HOMBRE, LAS VIRTUDES HACEN QUE EL HOMBRE PRODUZCA BUENOS FRUTOS.

La tierra con sus fuerzas compensadas, enseña al hombre a ofrecer las cosas de la carne a Dios y a abandonar en su interior el lujo de este mundo. El fiel, sabe mostrarse frío en el calor del verano, cuando se considera el más humilde del mundo, y se muestra caliente en el rigor del invierno, cuando en el ardor de las virtudes reniega los deseos de la carne. Pero también se alimenta de la fuerza vital de las virtudes celestes, cuando seca los estímulos de su carne, y entonces produce semillas de buenas obras, con las que coge el fruto de la santidad. Dios creó al hombre para que realizando obras celestiales pudiera vencer a las terrenales, y para que Dios venciera en el hombre la astucia del diablo, y así el hombre fuera estandarte de la divinidad. En efecto, Dios hizo luminoso al primer ángel, para que mostrara los arcanos de la divinidad, pero este ángel se exaltó en la presencia de Dios y dejó de elogiar a Dios, haciendo desaparecer su propia gloria. Pero Dios creó al hombre para que lo que es inferior venciera a lo que es superior. Dios ha perfeccionado todas sus obras en el hombre. Y éste, soporta en su carne muchas tentaciones lo mismo que la tierra sustenta a los animales, y cuando se aleja de las cosas del mundo, hace como el animal salvaje que huye del hombre. Cuando vuelve a la vida espiritual, es como el animal doméstico que corre hacia el hombre. Así el hombre lleva el mundo entero en su naturaleza física, mientras vence todas las cosas terrenales en su existencia y por eso se le denomina estandarte de la celeste armonía en la victoria de los cielos, porque destruye al diablo junto con la preocupación por los afanes temporales. Y así, las obras del Espíritu Santo representan las fuerzas de los elementos en el hombre.


XXIV. LO MISMO QUE NADIE ES CAPAZ DE REVELAR LOS GOZOS ETERNOS, ASÍ NADIE ES CAPAZ DE REVELAR LAS MISERIAS INFERNALES.

Por lo tanto, quien esté preocupado por evitar los tormentos infernales, huya del diablo y rechace sus sugerencias. Tome la fe de la fuente encendida que trajo el que vino sin ningún pecado, y guarde su fe con justos trabajos de modo que pueda llegar a las alegrías que han estado listas para los que eligen a Dios. Sin embargo, tal como ninguna lengua humana puede explicar éstos gozos, ninguna ciencia humana será capaz de describir las miserias infernales.
Estas cosas han sido referidas por la viva voz de la Luz viviente indeficiente y son dignas de fe. Quien tiene fe las consideras cuidadosamente y las recuerdas para actuar el bien.


XXV. RESPLANDORES Y GOZOS DE LAS ALMAS DE LOS SEGLARES QUE POR LA PENITENCIA RENUNCIARON A SUS PECADOS ANTES DE SU MUERTE, Y LAS ALMAS DE LOS SEGLARES QUE CUMPLIERON LOS MANDAMIENTOS DE LA LEY DE DIOS EN UNA VIDA DE BUENAS OBRAS, Y RAZÓN DE LA RECOMPENSA.

Y vi un enorme e inmenso claror cuyo resplandor era tan intenso que yo no podía mirarlo ni a él ni a las cosas que estaban en él, sino como en un espejo. Supe que se encontraba allí todo género de floreciente amenidad y suave perfume de muchos aromas con muchas delicias. Supe que estaban allí las almas de algunos benditos que, mientras habían estado vivos, conmovieron a Dios con justos gemidos y lo habían adorado con justas obras. Estas almas tenían las alegrías más dulces en todas estas cosas.
Vi como por un espejo a algunos de ellos: todos vestían un tipo de vestido deslumbrante, algunos llevaban sobre la cabeza una corona fúlgida como la aurora, y sus calzados eran más blancos que la nieve. En cambio otros llevaban sobre la cabeza una corona como de oro, y sus calzados resplandecían como esmeraldas. El resto de los adornos de todos éstos era muy numeroso, pero estaban ocultos para mí. En efecto, todos éstos, mientras se encontraban en su cuerpo, rechazaron al diablo a través de la fe y condujeron la fe a la perfección. Y unos con una digna penitencia, otros con buenas obras, y recibían ahora el sosiego en el claror que he descrito y se alegraban con la amenidad y en las delicias de aquel claror. Y puesto que estos benditos, abandonando los pecados y realizando buenas obras quisieron los mandamientos de Dios, vistieron el vestido blanco del que fue desvestido Adán.
Algunos de ellos, que a través de la penitencia habían grabado en su mente la salvación con la que Dios redimió a los hombres, llevaban sobre su cabeza una corona fúlgida como la aurora. Y como habían vuelto a la vida, aunque tarde, por rectos caminos al camino de salvación, sus calzados aparecían más blancos que la nieve. Ya que mientras vivían en el mundo como seglares, por divina inspiración destruyeron sus pecados con la penitencia, antes de la hora o en la hora misma de su tránsito, ganando así la salvación.
Otros en cambio, como no abandonaron Dios por los trabajos seculares y voluntariamente cumplieron sus mandamientos en sus corazones, viviendo en el mundo como seglares sin, sin embargo, olvidar Dios, llevaban sobre su cabeza una corona como de oro. Y ya que habían seguido los preceptos de Dios enérgicamente sus calzados resplandecían como esmeraldas. Mientras estuvieron en su cuerpo no descuidaron a Dios, sino que cumplieron devotamente los preceptos legales de Dios, aunque con el cuerpo estuvieran en el mundo y en la vida del mundo.
El resto de los adornos de todos éstos era muy numeroso, pero estaban ocultos a mi vista y a mi comprensión.

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