LXXVI. CUANDO EL HOMBRE CONFIESA SUS PECADOS, MUESTRA A LA SANTA TRINIDAD.

Si un hombre manifiesta sus pecados a Dios por el oído de un sacerdote, recuerda la obra del Espíritu Santo, que ha hecho con su fuerza que las aguas corrieran y lavaran todas las suciedades. Es apropiado pues, que también Dios limpie los pecados con el agua. El hombre que se reconoce culpable de su pecado muestra a la santa Trinidad: al Padre en la penitencia, al Hijo Encarnado en la confesión, al Espíritu Santo en el sudor de la vergüenza.


LXXVII. TAL COMO DIOS ES ALABADO POR LOS ÁNGELES, ASÍ TIENE QUE SER ALABADO POR EL HOMBRE.

Dios es alabado por los ángeles, que cantan y tocan las cítaras, las sinfonías y todas las voces de alabanza, ya que ésta es su tarea. Y en esta alabanza se reconocen las obras de Dios. Así también tiene que alabarlo el hombre, ya que también él se manifiesta en dos aspectos, es decir alaba a Dios y muestra en sí las buenas obras. Con la alabanza del hombre se conoce a Dios y por las buenas obras se observan en el hombre los milagros de Dios. En efecto, el hombre es angélico por la alabanza, y es hombre por las santas obras. Es la obra suprema de Dios, puesto que con la alabanza y con las obras se cumplen en él todos los milagros de Dios.


LXXVIII. LAS ACCIONES SANTAS DE LOS VIVOS SOCORREN A LAS ALMAS QUE VIVEN EN LA MEMORIA DE LA SUPREMA BEATITUD

Las oraciones, las limosnas, y otras acciones santas de los vivos socorren las almas que no están olvidadas, sino que viven en la memoria de la suprema beatitud, y traen el remedio que lleva a la salvación de las almas que todavía se encuentran en las penas de la purificación.


LXXIX LAS PENAS DE PURIFICACIÓN LIBERAN LAS ALMAS, EL PARAÍSO TERRENAL SERÁ PARA LAS ALMAS PURIFICADAS Y LA LUZ CELESTE PARA LAS YA SANTIFICADAS.

Por la fortísima potencia de la divinidad que absuelve los pecados y expolió el infierno, las almas se colocan para la purificación en determinados elementos. A las almas purificadas y despojadas de penas pronto se les da el paraíso terrenal. Y la luz celeste, que el hombre no puede fijar ni discernir, está ya lista para aquellas almas gloriosas y santas cuyas virtudes proceden de la fuerza de la divinidad.


LXXX. CUÁNDO EN EL ÚLTIMO DÍA SE DISPERSEN LAS SUCIEDADES DE LA MATERIA HUMANA, LA MATERIA TERRENAL REFULGIRÁ COMO EN SU ORIGEN, CUANDO FUE CREADA.

Y cuando la materia terrenal haya cumplido su curso, entonces también se dispersarán las suciedades que se coagularon con la caída de Adán y luego la tierra refulgirá como en su origen, cuando fue creada.


LXXXI. POR EL ESPÍRITU SANTO LAS ORACIONES FORMULADAS EN EL CORAZÓN DEL HOMBRE SUBEN A DIOS

Cuando por regalo del Espíritu Santo el hombre reza santas oraciones en su corazón, aquellos ruegos formulados con pureza no quedan ocultos, sino que suben ante Dios, ya que Dios es alabado tanto por el ángel como por el hombre.


LXXXII. LA VOZ DE LOS PROFETAS Y EL CANTO DE LOS SALMOS RECITADOS COMO ALABANZA A DIOS, REMEDIAN LAS NECESIDADES DE QUIEN SUFRE, EN LA MEDIDA EN QUE LO MEREZCA.

CCuando la gente canta en alabanza a Dios las palabras de lamentación de los profetas que revelaron la justicia y milagros de Dios para liberar a alguien de alguna pena corporal o dar la paz de las almas de los difuntos, esta gente los auxilia en su necesidad en la medida en que lo han merecido. También esto mismo se ha relatado en una parte anterior entre dolores y suspiros. Estos ruegos tienen fundamento en la fe, y Dios los acoge porque deja que le conmuevan, pues Dios ama al hombre intensamente cuando le sirve con celo.


LXXXIII. DIOS PERDONA AQUELLOS PECADOS POR LOS QUE EL HOMBRE OFRECE LIMOSNAS, SEGÚN CUANTO SEAN DIGNOS DE ELLO.

Además, cuando el hombre ofrece limosna de las posesiones que Dios le ha dado, Dios recuerda el sacrificio de Abraham. Igual que Dios salvó a su hijo, así también salvará a aquellos por quienes se ofrece la limosna, según sean dignos de ello, ya que todo se valora. Dios creó al hombre y le dio cosas buenas y Él no permite que el hombre carezca de nada de lo que necesite.


LXXXIV. LA BUENA VOLUNTAD DEL HOMBRE ES SUAVE PERFUME PARA DIOS.

Dios da al hombre de buena voluntad lo que le pide. Por tanto, la buena voluntad es el aroma más dulce a Dios. En efecto, en el antiguo Testamento Dios no se deleitó con la sangre de las víctimas, sino con la buena voluntad de los hombres.


LXXXV. DIOS ACEPTA LOS SACRIFICIOS DE LOS HOMBRES POR LAS NECESIDADES DE LOS VIVOS Y POR LA PAZ DE LOS DIFUNTOS

Pero cuando por don del Espíritu Santo el hombre se impone justa y oportunamente sacrificios por las necesidades de los vivos o por la paz de los difuntos, Dios acepta esta aflicción digna y justamente, como escuchó a Moisés y Elías, ya que no dejaron de trabajar por los que pecaron contra Dios.


LXXXVI. EL ÁNGEL DEL CASTIGO GOLPEA DURAMENTE AL QUE NO SIRVE DIOS.

Pero a quien no sirve a Dios de ninguno de estos modos, Dios le golpea duramente por la inutilidad de su corazón por medio de un ángel de castigo. Por lo tanto, ningún fiel debería dejar de trabajar nunca para Dios, ni para los demás, ni para sí mismo, para que Él, que examina el corazón del hombre, recompense su justa fatiga y su buena voluntad, puesto que recompensa justamente a cada hombre según sus obras.
Esto se ha dicho sobre la purificación y sobre la salvación de las almas de los penitentes y es digno de fe. Quien tiene fe lo considera cuidadosamente y lo recuerda para actuar el bien.


FIN DE LA QUINTA PARTE

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