LA TRISTEZA DE LA VIDA EN EL MUNDO

Después de esto, vi otros espíritus malignos en la muchedumbre que mencioné antes, que proclamaban a grandes voces: “¿Qué es lo que quiere ser el Dios que aborrecemos?” Estos espíritus arrastran el hombre a la tristeza de la vida en el mundo, persuadiéndolo a marchitarse en la tristeza e incluso a sufrir por su existencia.


LXII. PENAS DE PURIFICACIÓN DE LAS ALMAS DE LOS QUE PECARON DE TRISTEZA DE LA VIDA EN EL MUNDO Y RAZÓN DEL CASTIGO.

Y vi un lugar árido, falto de agua y lleno de gusanos, circundado por tinieblas, en el cual estaban las almas de los que mientras estaban en sus cuerpos se dejaron llevar por la tristeza de la vida en el mundo. Espíritus malignos empujaban aquí y allá las almas por todo aquel lugar con látigos de fuego, diciendo: “¿Por qué no habéis puesto vuestra confianza en vuestro Dios?” En efecto, se encontraban en aquel lugar porque no habían vivido con la alegría de las cosas celestes, sino que, en la desesperación de las imperfecciones terrenales, cayeron en la tristeza de la vida en el mundo. Soportaban el tormento de los gusanos, ya que habían vivido con la amargura de sus corazones. Padecían las tinieblas contrarias a Dios, puesto que con aquella actitud descuidaron la santidad verdadera que no disminuye. Y fueron afligidos por los espíritus malvados, como se ha descrito, ya que enredados en estos males no confiaron en Dios.
Y por el Espíritu viviente vi y entendí estas cosas.


LXIII. COMO LOS HOMBRES PUEDAN RECHAZAR LA TRISTEZA DE LA VIDA EN EL MUNDO.

Y de nuevo oí una voz de la luz viviente que me dijo: “Las penas que ves son verdaderas, son tal como las ves, y aún más. Por tanto los hombres que se manchan de Tristeza de la vida en el mundo, si quieren vencer a los espíritus malvados que los exhortan a esta actitud y desean evitar los castigos de este vicio, deben apartarse dedicándose a la vida del espíritu y si son seglares, lleven un modo de vida espiritual. Pero si son religiosos, mantengan más severamente de lo usual la observancia de la disciplina en su vida religiosa y sométanse con frecuencia a la más humilde forma de obediencia. Mediten y reconsideren con empeño las Escrituras que puedan engendrar el gozo celeste. Pero cumpla todo esto sin machacarse, sino bajo la dirección de su consejero espiritual”.


LXIV. LA TRISTEZA DE LA VIDA EN EL MUNDO, NO TIENE ALEGRÍA POR LAS COSAS CELESTES, TEME TODO LO QUE SUCEDE

La Tristeza de la vida en el mundo no tiene alegría por las cosas celestes, se parece a un viento que no es útil como fuerza vital, ni para secar, sino que simplemente dispersa todo lo que toca. No teniendo nada de recta estabilidad dice: “Yo no sé qué es ni qué dice ser Dios”. Y así toda su vitalidad se seca, porque no se vivifica con el soplo del espíritu. Por lo cual esta forma de tristeza se divide en diferentes partes, de modo que solo amontona en sí lo triste, no encuentra ninguna alegría, no vuelve a llamar al amigo con alegría y no apacigua al enemigo. Y cuando ha amontonado tristeza sobre tristeza, se esconde como una culebra en la madriguera de la aflicción, ya que teme a todos los que los pasan cerca. Con este comportamiento se parece a la muerte, ya que no anhela las cosas del cielo ni confía en el mundo. Y por este motivo mi Celo se abatirá sobre ella, tal como está escrito:


LXV. PALABRAS DE DAVID

“Ha saltado fuego de mi ira, que quemará hasta las honduras del infierno”. (Deuteronomio 32, 22). Esto significa lo siguiente:
Yo que he creado el sol, la luna y todas las otras criaturas, hice al hombre racional para que me conociera, y conociéndome me quisiera y no combatiera contra Mí con incredulidad. Para el hombre el bien es más útil que el mal, pero me descuida como si no tuviera de Mí salvación alguna. Por lo cual se ha encendido el fuego del examen en el celo de mis juicios, con los que todo justamente juzgo. Mi fuego seca profundamente todas las malas cosas que examino a fondo. No hay ninguna criatura más allá del alcance de mi fuego o que pueda extinguirlo, porque este fuego indaga con impaciencia todo lo que se opone a Dios. Cuando muestro al hombre la salvación y él por incredulidad la ignora, lo examino con el justo juicio de mi Celo, ya que ha despreciado los bienes que se le mostraron.


LXVI. LA TURBA DIABÓLICA COMBATE A LOS HOMBRES CON LOS VICIOS.

Así combate a los hombres la turba diabólica con vicios de este género, como se ha dicho, para perjudicarlos en todos los lugares, en todos los elementos y en todas sus obras.


LXVII. LAS FILAS DE LOS SANTOS ESPÍRITUS ASISTEN A LOS HOMBRES Y CONTIENEN LAS FUERZAS DE LOS ELEMENTOS.

Pero contra ellos están las filas de los santos espíritus que asisten a los hombres y con la potencia de Dios contienen las fuerzas de toda la tierra y de todos los elementos. Ellos ofrecen las obras de los santos ante el trono de Dios, para que allí sean reconocidas.


LXVIII. EL HOMBRE DEBE IMPONER A SU CUERPO AFLICCIONES POR SUS PECADOS MIENTRAS VIVA.

Mientras el hombre viva en el mundo puede obrar el bien y el mal, y por tanto puede imponer a su cuerpo aflicciones por sus pecados, según la indicación de su consejero espiritual. Para que así, purificado de la suciedad de sus pecados, no tenga que incurrir en la amargura de las penas sino que descubra la dulzura de la verdadera vida.


LXIX. EL MAESTRO CONSIDERARÁ LA NATURALEZA DE SUS DISCÍPULOS Y SUS PECADOS.

El maestro considerará la fuerza y la debilidad de las almas, la naturaleza de sus discípulos y la condición de sus pecados, e incluso observará con qué intención han sido cometidos. Y en cada penitente considerará según su naturaleza, según la entidad del pecado y según la medida del arrepentimiento.


LXX. EL MAESTRO, DEBE SER FLAGELO PARA LOS DUROS Y LOS ÁSPEROS, Y HABLAR CON DULZURA A LOS BUENOS

El maestro vea cómo ha de tener en la mano la vara de la corrección para castigar a sus discípulos. Sea siempre flagelo para los duros y los ásperos, ya que si por algún motivo les permitiera actuar solo según su voluntad, se volverían completamente rebeldes y podrían entregarlo a la muerte si pudieran. Sin embargo, a los que brillan con un poco de luz, les hablará con dulzura, porque si quisiera dirigirles con aspereza, se apagarían completamente y se pondrían peores que al principio.


LXXI. EL MAESTRO, SEGÚN EL EJEMPLO DE JACOB Y ESAÙ, DEBE ATRAER A LOS DE BUENOS SENTIMIENTOS Y CORREGIR ÁSPERAMENTE A LOS DE MALOS SENTIMIENTOS.

El maestro tiene que saber discernir dos formas de actuar, la suavidad de Jacob y la aspereza de Esaù. Jacob cometió algunos errores, pero tuvo buenos sentimientos. En cambio Esaù cometió errores, y lo hizo con malos sentimientos. Y Dios quiso a Jacob por su buena voluntad y rechazó a Esaù por su mala voluntad. Así sea también el maestro: atraiga al que comete errores con buenos sentimientos, pero corrija ásperamente a quien se equivoca con malos sentimientos, para que no incurra en males peores. A cualquiera que haya cometido errores con graves consecuencias, si quisiera hacer penitencia, ofrézcale ayuda, mírele las heridas, y considere que tipo de cuidado debe aplicarse, pero si se da cuenta que ha descuidado el tratamiento, que haga penitencia con celo.


LXXII. EL MAESTRO QUE SE ENCARNIZA CON SUS BUENOS Y JUSTOS DISCÍPULOS ES PARECIDO A LOS JUDÍOS. EL QUE AFLIGE A LOS INOCENTES ES COMO UN LOBO. EL QUE DISIMULA LA MALDAD DE LOS QUE PECAN ES COMO UN LADRÓN.

Pero el maestro que se encarniza con dureza injusta sobre sus discípulos buenos y justos es parecido a los judíos que lapidaron a Esteban. El que aflige a los santos e inocentes y les sustrae sus buenas obras depredándolos injustamente, es como un lobo. El que acuerda un pacto con delincuentes vanidosos y depravados y oculta su compañía, se parece a un ladrón. Por eso, debe ser reprendido por los creyentes, para que no disperse el rebaño de Dios. Un maestro bueno, sin embargo, debiera parecer un ojo vigilante durante el día y una guardia cuidadosa durante la noche para cualquier discípulo que peque. Elogie con la cítara a los que obran bien y alégrese con sus discípulos buenos y óptimos.


LXXIII. LOS BUENOS MAESTROS SON PARECIDOS AL AIRE PURO

Los maestros buenos se parecen al aire puro; gobiernan a sus discípulos con discreción y justa corrección.


LXXIV. LOS BUENOS DISCÍPULOS TIENEN QUE SER UN CARRO PARA EL MAESTRO.

Los discípulos, que están adornados de buena sumisión como el oro y de buenas obras como gemas, parecen un carro para su maestro, tal como los planetas asisten al sol. En ellos se ve la validez de los consejos del maestro, pues todo el conjunto de sus obras portan estos consejos como si fueran un carro, tal como los planetas están al servicio del sol.


LXXV. LA OBRA QUE EL HOMBRE DIRIGE A DIOS REFULGIRÁ EN LAS REGIONES CELESTIALES, LA QUE DIRIGEN AL DIABLO LA MANIFESTARÁN EN LAS PENAS.

El hombre dirige hacia Dios las obras que realiza, ya que la obra del hombre que tiende a Dios refulgirá en las regiones celestes, mientras que las que se dirigen al diablo se manifestarán en las penas. Dios, en efecto, creó al hombre y le sometió las demás criaturas para que trabajara con ellas, de modo que sus buenas obras no fueran destruidas y las malas fueran borradas por medio de una clara penitencia. Cuando el hombre vende un poco de su propiedad y adquiere un perla preciosa, la pone en su seno. Así su penitencia siempre resplandecerá en la presencia de Dios y será una fuente de confusión para la serpiente engañosa.

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