LXXV. DE QUÉ MANERA, HACIENDO PENITENCIA, PUEDEN CASTIGARSE LOS QUE PECARON DE ADULTERIO.

Los que se mancharon de adulterio y quebrantaron con perversa trasgresión la justa unión querida por Dios: si quieren evitar los castigos para este pecado, vistan un vestido áspero, macérense con ayunos muy severos y con el castigo de los azotes, según las indicaciones de su consejero espiritual.


LXXVI. EL ADULTERIO, QUE ES UNA GRAVE INJUSTICIA, DEBILITA LAS FUERZAS DE LOS ADÚLTEROS

En efecto la trasgresión del adulterio es una grave injusticia y por todo es desventajosa e intolerable. Cuándo Dios formó al primer hombre, sacó a una mujer de su costilla y así los dos se volvieron una única carne, y ellos por lo tanto, vivieron en un único amor en el amor infundido por Dios. Por lo tanto los hombres que están unidos en una unión legal y están santificados por el pacto de la autoridad más importante, si luego violan este pacto y se unen a otras personas, pierden vigor y son debilitados en sus fuerzas, como Sansón se debilitó cuando su mujer lo engañó, y se precipitan en una ruinosa caída, como también Sansón se entregó a la muerte.


LXXVII. LAS VÍRGENES QUE NO SUPIERON MANTENER EL VOTO DE CASTIDAD, DEPONGAN LOS VELOS DE LA VIRGINIDAD Y RECIBAN LOS DE LA VIUDEZ, PARA QUE ASÍ, HACIENDO PENITENCIA, SE MORTIFIQUEN.

Pero los que quebrantan el voto de castidad y no conservan la castidad que ofrecieron a Dios, para reducir los tormentos de la pena expiatoria, si fueran vírgenes consagradas a Dios, depongan sus velos de virginidad y reciban de su consejero espiritual los velos de viudez. Y las que ofrecieron a Dios el voto de la viudez y luego no lo mantuvieron en el ardor de la libídine, castíguense con vestidos ásperos, severos ayunos, y azotes, y supliquen la gracia de Dios con oraciones y de rodillas.


LXXVIII. EL QUE SE HAYA OFRECIDO A DIOS Y LUEGO SE HAYA VUELTO ATRÁS, ES PARECIDO A UN PAGANO

El que se haya ofrecido a Dios y luego se haya vuelto atrás, volviendo a abrazar el mundo que dejó, es parecido a un pagano que adora los ídolos y no a Dios, ya que tiene en cuenta su propia voluntad antes que la de Dios. Hace como el Faraón, que siguió, para capturarlo, al pueblo de Dios que dejó ir, y fue sumergido en las aguas del Mar Rojo. Así también el que de nuevo quiere afirmar su voluntad propia, a la cual renunció por Dios, es sumergido en una cruel muerte, porque lo mismo que no podía haber vida en la Vieja Ley, tampoco tal persona es ya capaz de merecer esta vida.


LXXIX. DE QUÉ MODO TIENEN QUE MORTIFICARSE POR PENITENCIA LOS QUE, EN LA FORNICACIÓN, CAMBIARON LA TENDENCIA HUMANA NATURAL.

Si los que han abandonado la natural tendencia humana cambiándola por una fornicación contraria a su naturaleza, sean hombres o mujeres, quieren evitar los castigos de este pecado con la penitencia, deben macerarse con cilicio, ayunos, azotes, y busquen apaciguar a Dios clemente apresurándose a rezar de rodillas excelsas oraciones.


LXXX. EL PECADO DE LAS RELACIONES CONTRARIAS A LA NATURALEZA ES UNA PERVERSIÓN Y ES LA FUERZA DEL CORAZÓN DEL DIABLO

Este pecado es vergonzoso y criminal y se ha introducido en el hombre por arte diabólico, exactamente igual que la muerte entró en el hombre con la caída de Adán cuando este se alejó de Dios. Dios en efecto, creó al hombre destinándolo a un gran honor y a un nombre glorioso, pero la serpiente lo engañó, el hombre aceptó su sugerencia y así perdió la facultad de comprender lo que dicen todos los animales cuando emiten sus sonidos. Este pecado es la fuerza del corazón del diablo, por el cual persuade los hombres a cambiar la práctica natural por un acto bestial, y a realizar obscenidades con sus personas, ya que el diablo, a causa del odio original que tuvo a la fecundidad de la mujer, todavía la persigue para que no dé más fruto, y prefiere que los hombres se contaminen con prácticas contrarias a la naturaleza. Y ya que Dios quiso que el género humano fuera engendrado por la mujer, es un grave delito que el hombre disperse la propia semilla cuando se mancha de este pecado.


LXXXI. DE QUÉ MANERA PUEDEN HACER PENITENCIA LOS QUE SE UNEN A GANADO.

Pero también los que copulan con el ganado y humillan la gloriosa naturaleza humana hasta esta terrible infamia, y luego, reconociendo su vergonzoso pecado, tratan de mortificarse por esta trasgresión, deben castigarse con severos ayunos y terribles azotes, y rehuir aquella clase de ganado con que pecaron, para que su arrepentimiento sirva de tropiezo al diablo.


LXXXII. EL HOMBRE QUE FORNICA CON GANADO, CON ESTE PECADO ES PEOR QUE LOS GUSANOS, QUE AL MENOS NO SE APARTAN DE SU NATURALEZA.

En efecto, el hombre que peca de fornicación con ganado actúa como el que construye una vasija de barro, afirma que esto es su Dios, y de este modo deshonra a Dios, ya que junta la razón con una naturaleza irracional y contraria. También se parece a una piedra dura y fría, ya que está tan endurecido que no recuerda el honor para el que fue creado, y tiene gran frialdad, porque en su intelecto extingue el fuego del ardor del Espíritu Santo, cuando comete este pecado con ceguera completa.
Por este motivo el alma del hombre, que es inmortal, sufre en la vasija de su cuerpo cuando comete de este pecado, pues este pecado es peor que los gusanos, que al menos no se apartan de su naturaleza.


LXXXIII. CUANDO EL HOMBRE SE DEJA ARROLLAR POR LA LUJURIA, OFRECE UN SACRIFICIO A LOS DIABLOS Y SE BUSCA LA RUINA, PUESTO QUE TIENE QUE SER JUZGADO POR DIOS

Cuando el hombre por el gusto de la carne se deja arrollar por la lujuria, ofrece un sacrificio a los diablos, ya que cuando por este placer realiza malas obras, se le obscurecen los ojos de la ciencia del bien en el alma, casi como si se cubriera los ojos con sus manos. Y cometiendo esta iniquidad se encamina hacia las tinieblas, diciendo: “No puedo vivir como si no fuera de carne. Vivo de alimento y bebidas, tal como Dios me ha constituido, y por tanto no puedo abstenerme de semejantes obras”.
Y así, el hombre con sus sentidos y sus malas obras se prepara la ruina con el deseo de estas obras perversas, gira como la rueda de un molino, y con el beso y el olor de la concupiscencia comete los pecados de lujuria. En efecto la llama del fuego de la lujuria se enciende en el ombligo de la mujer, pero encuentra pleno cumplimiento en los lomos del hombre. A eso se suma la sugestión diabólica, ya que el diablo comenzó por dar mal consejo a la mujer y lo realizó en el hombre, igual que el fuego arde más intensamente cuando se atiza. Pero ya que Dios creó al hombre sin carencias, y por la ciencia del bien le enseñó todos los bienes, juzgará todas las obras del hombre según sus méritos, como el espíritu profético de David, inspirado por mí, afirma cuando dice:


LXXXIV. PALABRAS DE DAVID SOBRE ESTE TEMA.

“Juzgará el mundo con justicia y los pueblos con equidad”. (Salmo 98,9). Estas palabras hay que entenderlas de este modo:
Dios, que justamente todo discierne, con justo juicio juzgará todo lo que ha puesto en el círculo terrestre para servir al hombre, de modo que ninguna criatura terrenal carezca de fruto. Pero ya que el mundo está contaminado por los pecados de los hombres, será purificado justamente por la justicia, para que no sea profanado con la plaga de iniquidad. Además, juzgará con recta medida de equidad a los hombres que fueron creados para seguir de buen grado los mandamientos de Dios con una mente tranquila y así serán purificados en el presente o en el futuro, cuando hayan sido marcados los que han roto sus preceptos. En efecto, al ver, conocer e ignorar la gracia de Dios, quedaron envueltos en los pecados y por lo tanto fueron merecedores de penas. Sin embargo, para librarse de ellas, tienen que castigarse de modo que cuando miren la gracia de Dios por el arrepentimiento, a lo largo o al final de su vida, se eleven hasta la salvación después de que los hayan limpiado.
Esto se ha dicho para la purificación y para la salvación de las almas de los penitentes, y es digno de fe. Quien tiene fe lo considera cuidadosamente y lo recuerda para actuar el bien.


FIN DE LA TERCERA PARTE

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