LA SOBERBIA

Después de esto, vi otros espíritus malignos en la muchedumbre que mencioné antes que proclamaban a grandes voces: “¿Quién es el Dios? Lucifer es Dios y no hay ningún otro”. Estos espíritus les enseñan a los hombres la soberbia y los persuaden a considerarse mejores que los demás.


XLVI. PENAS DE PURIFICACIÓN DE LAS ALMAS DE LOS QUE PECARON DE SOBERBIA Y RAZÓN DEL CASTIGO.

Y vi que el fuego más grande ardía con fortísimo vigor, y contenía una masa de grandes y horribles gusanos. Allí se castigaban las almas de los que tuvieron la exaltación del orgullo en hechos y palabras mientras estuvieron vivos. Se les atormentaba con fuego a causa de su soberbia y eran torturadas por los gusanos por su presunción.
Y vi y entendí esto.


XLVII. DE QUÉ MODO LOS HOMBRES, HACIENDO PENITENCIA, PUEDEN CASTIGAR EN SU CARNE EL PECADO DE SOBERBIA.

Y de nuevo oí una voz de la luz viviente que he descrito, que me dijo: “Las penas que ves son verdaderas. Pero los hombres que tratan de vencer a los espíritus malignos que los inducen a la soberbia, además de evitar los castigos de este vicio, hínquense de rodillas y sometan y castiguen su cuerpo con cilicios, flagelos, suspiros y lagrimas”.


XLVIII. EL CILICIO, EL ARRODILLARSE, LOS AZOTES, LOS SUSPIROS Y LAS LÁGRIMAS REPRIMEN LA SOBERBIA.

El pecado de soberbia se purifica en el hombre con estas mortificaciones que son los instrumentos de batalla contra la soberbia. El cilicio prohíbe a los pensamientos soberbios elevarse en la mente, la genuflexión induce el ánimo a los suspiros. Los azotes también ponen freno a la soberbia, los suspiros la hieren y las lágrimas la sumergen. Los suspiros ven a Dios y las lágrimas le confiesan. Así se reprime a la soberbia.


XLIX. LA SOBERBIA, MADRE DE LOS VICIOS, NO BROTA EN EL ROCÍO DE BENDICIÓN DE LAS VIRTUDES.

La Soberbia es aquella primera mentira que reniega de Dios, por lo que se puede considerar madre de todos los vicios. Y lo mismo que el hombre dirige todo su cuerpo por medio de los cinco sentidos, así también la soberbia, a través de algunos vicios, a través del odio, desobediencia, vanagloria y falsedad atrae a sí todo género de pecados arrastrándolos en el error en su camino.
La Soberbia quiso elevarse sobre Dios y lo intentó con sus actos. En cambio el odio no quiso reconocer a Dios, pero combatió contra su justicia y recibió muchas heridas. La desobediencia no se sometió a sus mandatos y proclamó a grandes voces que Dios no tenía ningún poder. La vanagloria aspiraba precisamente a lo que no podía ser, es decir, a ser llamada Dios. La falsedad deseó ponerle a Dios un límite, el Dios viviente la desdeñó y entonces se eligió otro dios a cambio.
Y lo mismo que Eva fue la antepasada de todo el género humano, así también de la soberbia han nacido todos los males de los vicios. También el diablo por la soberbia logró vencer a la mujer cuando la persuadió de comer la manzana. Quien se ha manchado de soberbia carece del amor de Dios y no germina con el rocío de bendición de las virtudes. Por tanto el hombre que quiera servir a Dios con humildad, huya de la soberbia y aléjela completamente de sí. Estas cosas se han dicho para la purificación y la salvación de las almas penitentes y son dignas de fe. Quien tiene fe considérelas cuidadosamente y recuérdelas para realizar el bien.


LA ENVIDIA

Después de esto, en la muchedumbre que mencioné antes vi otros espíritus malignos que proclamaban a grandes voces: “¿Qué gloria y qué reino es este del que nadie puede adueñarse?” Estos espíritus persuaden los hombres a no amar ningún don de Dios en el hombre, sino sólo a complacerse a sí mismos y a envidiar la prosperidad y el feliz éxito de las obras ajenas.


L. PENAS DE PURIFICACIÓN DE LAS ALMAS DE LOS QUE PECARON DE ENVIDIA Y RAZÓN DEL CASTIGO.

Vi un monte grande con una cueva llena del fuego y pez hirviente a su interior, en la cual había una cantidad enorme de víboras. El monte tenía una estrecha embocadura, por la que entraban y salían las almas.
Junto al monte había una masa de aire helado terrible, que tenía encima una niebla ardiente que contenía muchísimos escorpiones. Con estas penas fueron torturadas las almas de los que se dieron al pecado de envidia con odio mientras habían estado vivos, y tuvieron que ir de los tormentos del monte a los del hielo, y de los tormentos del hielo a los del monte. Ardieron en el fuego del monte ya que en sus corazones habían hervido de envidia en las comparaciones ajenas. Fueron atormentadas por la pez ya que envidiosamente deslucieron los éxitos y las acciones ajenas. Fueron torturadas por las víboras ya que de este modo atormentaron a los demás, mortificándolos con palabras cortantes y hostiles. Por el odio que tuvieron en su envidia tuvieron que soportar el hielo de la masa de aire junto al monte. Por la crueldad de su odio fueron expuestas a la niebla ardiente. Por su punzante ferocidad tuvieron que padecer las picaduras de los escorpiones. Y puesto que tuvieron envidia con odio y odio con envidia, fueron continuamente de un tormento al otro.
Y vi y entendí esto.


LI. DE QUÉ MANERA LOS HOMBRES, HACIENDO PENITENCIA, PUEDEN PURIFICARSE DEL PECADO DE ENVIDIA.

Y oí de nuevo una voz de la mencionada luz viviente que me dijo: “Las penas que ves son verdaderas. Por tanto si los hombres, quieren evitar estos pésimos espíritus que les sugieren envidia y odio además de evitar los castigos, deben castigarse con cilicio y azotes y doblar sus rodillas delante de Dios, ya que envidiosamente exasperaron a muchos y con envidia y odio privaron a otros muchos de su prosperidad”.


LII. LOS ENVIDIOSOS, QUE NO QUIEREN EL BIEN DE LOS DEMÁS, INTENTARON DESTRUIR A CRISTO, POR LO CUAL FUERON DESTRUIDOS

Los envidiosos no quieren y no admiten el bien que ven y encuentran en los demás, pero proclaman a grandes voces que sus asuntos avanzan prósperamente por caminos claros y honrados. Por lo tanto Dios los deja caer, puesto que no quieren detenerse en la estabilidad, como no lo quisieron los judíos. Ellos despreciaron lo que supieron y rechazaron lo que vieron, abandonaron el recto camino y procedieron por un camino injusto, cuando con conducta contraria intentaron destruir, para que no creciera el que Yo les había mandado para su redención. En efecto, vieron resplandecer el sol de la doctrina y se apresuraron a oscurecerlo, sentían sus milagros e intentaron deslucirlos completamente con la iniquidad de la envidia. Por tanto los destruí y los dispersé como el polvo, ya que no creyeron en lo que veían. Así caerá con justa sentencia ante Dios y los hombres el que desdeñe imitar las buenas y santas acciones que ve y conoce.


LIII. LA ENVIDIA, QUE REVUELVE CON ODIO TODAS LAS FUERZAS DEL ALMA DEL HOMBRE, ES PARECIDA AL DIABLO QUE INTENTA OPONERSE A DIOS.

La Envidia no hace nada bueno, sino que hiere y desplaza también al que parece estar con ella, y luego, cuando se une al odio, revuelve todas las fuerzas del alma. En efecto, el hombre que prueba el odio en la oscuridad de la envidia, está privado del calor del Espíritu Santo en el que hay infinitos días ricos en gozos. Quien odia no prueba este gozo, puesto que no goza de la ganancia de los otros, sino que con odio acérrimo lo destroza. Por tanto se vuelve parecido al diablo, que empezó a probar el odio ya desde su origen, por lo cual perdió el resplandor de los espíritus celestes, porque trató de oponerse a Dios por envidia y odio.
Los que deseen servir a Dios avergüéncense de actuar así y rechacen lejos de sí estos males, no ofusquen con ellos el espejo de su alma. Esto se ha dicho sobre la purificación y sobre la salvación de las almas de los penitentes y es digno de fe. Quien tiene fe lo considera cuidadosamente y lo recuerda para actuar el bien.


LA VANAGLORIA

Después de esto, vi otros espíritus malignos en la muchedumbre que mencioné antes que proclamaban a grandes voces: “No invocaremos otro Dios excepto a Lucifer, ya que con él gozaremos de una magnífica gloria”. Estos espíritus les enseñan a los hombres la vanagloria y les exhortan dedicarse con todo celo a ella.


LIV. PENAS DE PURIFICACIÓN DE LAS ALMAS DE LOS QUE PECARON DE VANAGLORIA EN VIDA, Y RAZÓN DEL CASTIGO.

Y aquí vi un amplio y extenso pantano, lleno de suciedad y de muchos tipos de gusanos, que emanaba un terrible hedor. Allí eran atormentadas las almas de los que mientras estuvieron en el mundo con gran intensidad se entregaron con todas sus fuerzas el pecado de vanagloria. En efecto, puesto que se preocuparon sin cesar de su vanagloria, sus almas fueron atormentadas por la suciedad del pantano. Sufrieron la tortura de los gusanos porque con este pecado se habían creído superiores a los demás, y ya que en cualquiera circunstancia se comportaron de este modo, sin moderación, debieron soportar el hedor que antes se ha dicho.
Y vi, y entendí esto.


LV. DE QUÉ MODO LOS HOMBRES, HACIENDO PENITENCIA, PUEDEN CASTIGAR EN SU CUERPO EL PECADO DE VANAGLORIA.

Y de nuevo oí una voz de la luz viviente que me dijo: “Las penas que ves son verdaderas y son tal como las ves. Pero los hombres que se preocupan de vencer a los espíritus que les sugieren la vanagloria y deseen evitar las penas de aquellos tormentos, deben afligirse con ayunos y azotes, elevar muchas súplicas a Dios y huir absolutamente de este vicio”.


LVI. LA VANAGLORIA, QUE QUIERE REALIZAR SU VOLUNTAD, ESCARNECE TODO LO QUE ES SANTO.

La Vanagloria mira hacia izquierda, considera lo que puede hacer con su irracionalidad, y en cada circunstancia quiere realizar su propia voluntad. Delante de los demás se engalana y desea ser honrada y alabada. Mientras se adorna, no teme a Dios. Cuando busca ser ensalzada, no lo quiere. Cuando se preocupa de ser alabada, abandona la justicia de Dios. Para satisfacer su voluntad no tributa respeto a Dios, ya que no lo teme ni lo quiere y no observa sus mandamientos. Los que siguen a la vanagloria creen óptimo cualquier cosa que aprenden por sí y disponen por sí mismos, no muestran la veneración que se dirige a Dios ni quieren al Hijo de Dios, sino que escarnecen a su placer todo lo que es santo y justo.
Pero los que deseen servir Dios con fe, rechacen esta vanidad y mantengan firmemente su ánimo en la contrición, con obras que conduzcan a la santidad. Esto se ha dicho sobre la purificación y sobre la salvación de las almas de los penitentes y es digno de fe. Quien tiene fe lo considera cuidadosamente, y lo recuerda para actuar el bien.


LA DESOBEDIENCIA

Después de esto, vi otros espíritus malignos en la muchedumbre que mencioné antes que proclamaban a grandes voces: “Dios no debe ser el único Dios, otro además de Él será omnipotente”. Estos espíritus exhortan los hombres a la desobediencia y les enseñan a oponerse a sus superiores.


LVII. PENAS DE PURIFICACIÓN DE LAS ALMAS DE LOS QUE PECARON DE DESOBEDIENCIA, Y RAZÓN DEL CASTIGO.

También vi densísimas tinieblas, en las que las almas de los que se mancharon de desobediencia en su vida, avanzaban como vagando sobre un suelo ardiente. Sobre el suelo había gusanos terribles que los atormentaban con sus mordiscos. Erraban en aquellas tinieblas porque habían sido ciegos, puesto que no quisieron seguir los mandatos de sus superiores. Caminaron sobre el fuego del suelo ya que por desobediencia habían procedido con arrogancia en su camino según su propia voluntad, y fueron castigadas por los gusanos, ya que tercamente en vida, habían luchado tercamente con sus superiores.
Y vi y entendí esto.


LVIII. DE QUÉ MANERA LOS HOMBRES, HACIENDO PENITENCIA, PUEDEN JUZGAR EN ELLOS EN ELLOS MISMOS EL PECADO DE DESOBEDIENCIA.

Y de nuevo oí una voz de la luz viviente que me dijo: “Las penas que ves son verdaderas y son tal como las ves. Por eso, los hombres que se someten a la desobediencia, si quisieran librarse de los espíritus que se la sugieren y evitar los castigos, busquen el perdón con palabras de humildad arrodillados delante de sus superiores. Después, emprendan vida solitaria durante un tiempo, castíguense con ayunos y azotes, e incluso vistan un vestido áspero. Y así, podrán con equidad y justicia ser contados dignamente entre los hijos del Padre”.


LIX. LA DESOBEDIENCIA, QUE ES EL PEOR MAL, NO QUIERE TEMER A DIOS NI HONRAR AL HOMBRE

La Desobediencia es el peor mal. No quiere temer a Dios ni honrar al hombre. Los que se entregan a este vicio en su corazón dicen: “¡Va! ¿Que vemos? ¿Y que podemos hacer? No sabemos qué es esto que nos viene impuesto por unos ciegos. Nuestra justicia es más grande y más útil que la suya. ¿De qué nos serviría si trabajásemos con obras cargadas de envidia y odio? Por ahí no sacaremos ninguna utilidad. Por este medio quieren ser superiores a nosotros”.
Quien quiera poner, sin embargo, su esperanza del Dios, asuma la actitud de sumisión que lleva a la santidad y obedezca los mandatos de sus superiores. No siga al que desde la altura del cielo cayó a las profundidades del infierno ya que no quiso estar sometido a su Creador. Esto se ha dicho sobre la purificación y sobre la salvación de las almas de los penitentes y es digno de fe. Quien tiene fe lo considera cuidadosamente y lo recuerda para actuar el bien.

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