LXVI. LA IMPIEDAD RECHAZA EL TEMOR DE DIOS Y SIEMBRA MALDICIONES EN LA MISMA MALDAD.

La impiedad rechaza el temor de Dios, no conoce el amor de Dios ni hace nada según la divina virtud, pero en todas sus obras se fija en el Norte y siembra todas sus obras con la ciencia del mal. Y así con malicia, en las señales de sus ojos, solo expresa maldiciones. De los que la imitan, ha dicho el Profeta inspirado por mi Espíritu:


LXVII. PALABRAS DE DAVID SOBRE ESTE TEMA.

“Su recinto quede hecho un desierto, en sus tiendas no haya quien habite”. (Salmo 69,26).Debe ser entendido así:
La voluntad de los impíos que no recogen los bienes sino los dispersan debe ser destruida. Su voluntad debe ser destruida, porque ellos creen tener una casa segura, ya que no quieren reconocer maestro, ni nadie que sea superior a ellos, ni soportan a uno que sea igual a ellos. Atraen lo que desean y desprecian lo que no quieren. No cantan alabanzas en el júbilo de la alegría espiritual. Se burlan de la caridad, reniegan de la bondad, huyen de la bendición y se unen a la maldición. No quiera nadie habitar en las moradas de las malas costumbres, porque quien quiera habitar en las moradas celestes debe alejarse de tales malas morada. En efecto, la santidad resulta desconocida a los que no tienen piedad, ya que ellos con el ojo de la ciencia no tratan de realizar el bien, sino que se dirigen al diablo a través de sus obras y desprecian a Dios. Por tanto, Dios no reconoce las obras que realizan y los fundamentos que ponen, sino los rechaza como si fueran estiércol. En sus pensamientos meditan cómo quebrantar la ley de Dios y cómo cumplir en cada circunstancia su propia voluntad. Por eso, eliminan la luz de la verdad de todas sus necesidades, porque ellos ni la buscan ni la quieren, solo quieren caminar con sus obras en las sombras de la muerte. Por tanto conseguirán lo que buscaron y tendrán lo que desearon y se precipitarán en aquélla ruina que persiguieron ya que abandonaron a Dios. En cambio, quiénes eligen a Dios adquieren la piedad por la cual quedarán plenamente unidos a Él. Estas cosas se han dicho a propósito de la purificación y la salvación de las almas de los penitentes y son dignas de fe. Quien tiene fe las considera cuidadosamente y las recuerda para realizar el bien.


LA FALSEDAD

Después de esto, vi otros espíritus malignos en la muchedumbre que mencioné antes, que proclamaban a grandes voces: “Nosotros hemos visto el trono de nuestro señor, que es Lucifer, por encima de las estrellas y más alto que todo. Cualquier cosa que él desee, ocurrirá. ¿Quién puede parecerse a él?” Estos espíritus pronuncian palabras blasfemas contra el trono de Dios y contra su honor, son el ojo de la soberbia y exhortan los hombres a darse a las mentiras y a las blasfemias.


LXVIII. PENAS DE PURIFICACIÓN DE LAS ALMAS DE LOS QUE PECARON CON LA FALSEDAD SIN JURAMENTO Y CON JURAMENTO, RAZÓN DEL CASTIGO.

Y vi arder en la oscuridad completa, un fuego en que había dos dragones que lo alimentaron con sus soplos. Allí cerca corría un río de agua helada, que era agitado por los dragones cada vez que ellos se zambullían. Sobre el fuego y el río había una masa de aire ardiente que tocaba a ambos con su ardor. Las almas de los que en vida se mancharon de falsedad sin juramento o perjurio, fueron torturadas en el fuego y en el agua. Así, pasaron del ardor del fuego al hielo del agua y del agua al fuego, y en estos elementos también las atormentaron los dragones que he descrito. A estos no les provocó dolor el aire ardiente, pues hizo sufrir con los tormentos descritos solamente a las almas que en su cuerpo se dieron a la falsedad con juramento y perjurio.
En efecto, soportaron aquel fuego ya que mientras estuvieron en su cuerpo pronunciaron muchas mentiras. Fueron atormentadas por el hielo del agua ya que mintieron muy profundamente. Fueron castigadas por los dragones ya que acumularon todo tipo de mentira. Y fueron quemadas por la masa de aire ardiente ya que pronunciaron muchas mentiras con juramento y perjurio.
Vi y entendí estas cosas


LXIX. DE QUÉ MANERA LOS HOMBRES HACIENDO PENITENCIA PUEDAN BORRAR EN ELLOS MISMOS ESTE PECADO, PERPETRADO TANTO SIN JURAMENTO COMO CON JURAMENTO.

Y de nuevo, oí una voz de la luz viviente que me dijo: “Estas cosas que ves son verdaderas, son tal como las ves y también hay más. Si los hombres que pecan de falsedad aborrecen los espíritus malignos y desean evitar los terribles castigos de este vicio, inflínjanse durante mucho tiempo ayunos, latigazos y cilicio, según el juicio de su consejero espiritual. Pero los que quieran borrar las mentiras de los juramentos y los perjurios, impónganse castigos aún más fuertes de ayunos y latigazos, e incluso vistan vestimentas ásperas durante mucho más tiempo”.


LXX. LA FALSEDAD, QUE NO SE ALEGRA CON LA VERDAD, ENVUELVE LOS MENTIROSOS EN SUS MENTIRAS HASTA EL PUNTO QUE NO SERÁN ESTIMADOS EN NADA.

La Falsedad no se alegra de la verdad, exagera lo que no existe y lo que no puede existir, y lo hace con exaltación y con inicua complacencia. A nadie confiesa la verdad, sino que la mentira hace afirmaciones desconsideradas que nadie es capaz de averiguar. Y se empeña en hablar contra Dios y contra sus santos, en los que Dios obra muchos milagros. Este pecado es inhumano: Que el hombre peque por los deseos de la carne es humano, pero que vaya detrás de la mentira va más allá de lo humano.
Los mentirosos se envuelven en las mentiras exactamente como la serpiente se esconde en su madriguera. Por este motivo los mentirosos se alejan de las alegrías de la vida santa que se desarrolla dentro de las puertas de la hija de Sión. Siguiendo las obras del diablo rechazan la doctrina del Espíritu Santo.
Los mentirosos, con la exaltación de su mentira se reputan como cúspides del mundo, y así reinan con los sabios y con los ricos del mundo, pero sin embargo no serán estimados para nada. En efecto, Dios está en todas las cosas y sobre todas las cosas, con ecuánime juicio sopesa todo lo que es justo y todo lo que es injusto, y a cada cual atribuye la recompensa por la entidad y la calidad de las acciones que ha realizado.
Estas cosas se han dicho a propósito de la purificación y la salvación de las almas de los penitentes y son dignas de fe. Quien tiene fe las considera cuidadosamente y las recuerda para realizar el bien.


EL DESEO DE CONTIENDA

Después de esto, vi en la muchedumbre que mencioné antes otros espíritus malignos que proclamaban a grandes voces: “¿Quiénes sois y de dónde venís, que no queréis que ninguno se os compare? En cada circunstancia desgastaremos vuestra resistencia, os apartaremos de vuestro resplandor, así nuestro resplandor será muy superior al vuestro”. Éstos enseñan a los hombres el deseo de contienda y los exhortan a ser pendencieros.


LXXI. PENAS DE PURIFICACIÓN DE LAS ALMAS DE LOS QUE PECARON SOLAMENTE POR DESEO DE CONTIENDA EN SUS OBRAS O EN SUS PALABRAS Y RAZÓN DEL CASTIGO.

Y vi un pozo de tremenda profundidad que tenía una niebla negra y ardiente, y alrededor soplaba un impetuoso viento de fuego. En esta niebla y en este viento también había gusanos de horrible aspecto. Pero las almas que satisficieron su deseo de contienda con las obras en su cuerpo, privadas del cuerpo fueron torturadas en los fuegos, empujadas por el viento cayeron en el pozo, del pozo volvieron a subir al viento y tuvieron que soportar los tormentos de los gusanos. En cambio las que habían buscado la disputa con sus palabras pero no la llevaron a la práctica en las obras, padecieron estos castigos sin el tormento del pozo, pues no se precipitaron en él.
Las almas que vivieron pendencieramente en el mundo y procuraron con su actitud muchas molestias a los demás, fueron atormentadas en la niebla negra y ardiente. Como saciaron su afán de contienda con crueldad, tuvieron que soportar el doloroso fuego del pozo. Por la impiedad con que pelearon con los otros, fueron quemadas en el viento de fuego. Debido a la confusión que provocaron en los demás peleando con obras crueles, se precipitaron en el pozo. Y puesto que, después de haber cubierto a los otros de insultos, volvieron de nuevo a su impiedad, de las torturas del pozo volvieron también a los tormentos del viento. Puesto que en su afán de contender también fueron arrogantes, tuvieron que soportar a los gusanos en los fuegos. Pero los que pelearon solamente con palabras, ya que no saciaron su afán de contender en las obras, no padecieron el castigo del pozo aunque tuvieran que soportar los demás tormentos destinados a este vicio.
Y por el Espíritu viviente vi y entendí todo esto.


LXXII. DE QUÉ MANERA LOS HOMBRES, HACIENDO PENITENCIA, PUEDEN PURIFICARSE DE ESTE PECADO, COMETIDO TANTO EN SUS OBRAS COMO EN SUS PALABRAS.

Y de nuevo oí una voz de la luz viviente que me dijo: “Estas cosasque ves son verdaderas. Por tanto, los hombres que se empeñen en alejar de si los espíritus malignos que les sugieren el deseo de contienda, y deseen evitar los castigos del vicio con el que se mancharon con sus obras, castiguen sus carnes con ayunos, manténganse lejos de alimentos suculentos y castíguense con latigazos. En cambio aquellos que solían pelear con sus palabras pero no con sus acciones, sólo impónganse frugalidad en las comidas y bebidas”.

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