CVIII. LA CÓLERA, QUE ESTÁ EN CIERTO MODO EN EL CORAZÓN DEL DIABLO, DESEA REVOLVER LAS COSAS DEL CIELO

La cólera, en efecto, es un vicio grave que está en cierto modo en el corazón del diablo. A veces se esconde en la madriguera de la serpiente y amenaza al hombre para que pierda su inteligencia y control. Él hombre enojado huye de la bendición de Abraham, que obedeció todos los mandamientos de Dios con voluntad de cumplir el bien, de manera que esta bendición dio origen a una numerosa descendencia. El hombre enojado corroe cualquier brizna de virtud y devora todo lo que germina. La cólera es similar a un ladrón obstinado que rechina sus dientes contra el hombre por todos los dones que recibe de Dios y en cualquier sitio que puede, manifiesta cólera e instiga pleitos, no sólo toma parte en actos impuros, sino también en cualquier infracción de la ley de Dios. En efecto, la cólera es aquel dragón que quema todo dondequiera que vaya, y es aquel bandolero que roba y saquea todo lo que puede robar y saquear.
En los momentos de cólera el sabio se vuelve loco por la necedad, el paciente cae en la impaciencia y el moderado en la intemperancia. La cólera también es amargura que rechaza la bondad y dulzura de las leyes y preceptos de Dios. Es el homicida que separa cuerpo y alma y no permite que estén juntos. Es también aquel peñasco duro e insoportable que trata de destruir todo bien y toda justicia, y por ello su parte está en el infierno, ya que desea agitar las cosas del cielo. Apenas se ha adueñado del hombre, lo pone fuera de sí y le turba con tan gran locura que no tiene en cuenta ni las cosas del cielo ni las de la tierra. La cólera, en efecto, destruye y anula completamente al que fue creado a imagen de Dios, y este monstruoso pecado atrae los peores suplicios. Por tanto los hombres que infringieron la justicia con cualquier clase de homicidio, castiguen con crueles torturas sus cuerpos con los que perpetraron estos atroces delitos, para lograr arrancar sus almas de las penas mencionados anteriormente.


CIX. LOS QUE COMETIERON HOMICIDIO CIEGOS DE CÓLERA DEBEN CASTIGARSE HACIENDO PENITENCIA CON RIGUROSOS AYUNOS Y AZOTES, EVITANDO TAMBIÉN UN CIERTO TIEMPO LA LUZ DEL DÍA.

Si el que en la ceguera de la cólera arrancó el alma del cuerpo de un hombre, quisiera enmendarse para no sufrir por ello los suplicios antes mencionados, debe macerarse mucho tiempo con rigurosos ayunos, castigarse con latigazos y evitar por algún tiempo el resplandor del día, ya que ha apestado el aire con la sangre derramada. Y eso cúmplalo según las indicaciones del consejero espiritual que le guía.


CX - EL QUE MATA A UN HOMBRE POR AVARICIA, CASTIGUE SU CUERPO CON AYUNOS Y LATIGAZOS, EVITANDO UN CIERTO TIEMPO EL CONTACTO CON LOS HOMBRES.

Si él que separó el alma y el cuerpo de una persona porque se encendió con la avaricia quiere evitar los tormentos antes mencionados, debe emprender prolongados y severos ayunos y azotarse con dolorosos golpes de látigo durante un período largo del tiempo. Debe evitar la comunidad con los hombres y vivir cierto tiempo una vida solitaria. Hágalo en la justa medida, según justicia.


CXI. QUIEN MATE A UN HOMBRE QUE QUISO MATARLO, PREVIENDO SU MUERTE, CASTIGUESE CON PENITENCIA Y AYUNOS ADECUADOS, MENOS SEVEROS SIN EMBARGO QUE LOS PRECEDENTES.

Si él que mató a una persona porque creyó que el otro iba a matarlo quiere librarse del castigo de este pecado, debe castigarse con ayunos aunque un poco menos rigurosos que los de los casos antes mencionados, según recto juicio y en proporción a su culpa.


CXII. QUIEN LLEVÓ A UN HOMBRE A LA MUERTE SIN SABERLO, PURIFIQUESE HACIENDO PENITENCIA CON AYUNOS, PERO MENOS SEVEROS.

El que cometió un homicidio sin saberlo, si tuviera horror de las torturas descritas y deseará evitarlas, impóngase ayunos para dar satisfacción a la justicia, pero más breves y ligeros, ya que su voluntad no ha estado implicada en este pecado.


CXIII. QUIEN MATÓ A UN HOMBRE ENVENENÁNDOLO O DE ALGÚN OTRO MODO SIN DERRAMAR SANGRE, AFLÍJASE EN PENITENCIA CON RIGUROSOS AYUNOS, AZOTES Y CILICIO, INCLUSO EVITE POR ALGÚN TIEMPO EL CONTACTO CON LOS HOMBRES.

Pero el que hizo morir a otro hombre con veneno o de algún otro modo sin derramar sangre, si quisiera sustraerse a los tormentos debidos al pecado cometido, emprenda por largo tiempo rigurosos ayunos y azótese con severidad, incluso atormentándose con el cilicio y durmiendo sobre ceniza. Evite la compañía de los hombres y lleve vida solitaria en el bosque durante este tiempo.


CXIV. LAS MUJERES QUE DESTRUYEN LA VIDA HUMANA QUE GERMINA EN ELLAS, ACEPTEN COMO PENITENCIA AYUNOS Y AZOTES.

Las mujeres que destruyeron la vida humana que germinaba en ellas, y por tanto la condición material de una persona, sométanse a auténtica penitencia por severos ayunos y dolorosos latigazos, para poderse sustraer a los castigos descritos anteriormente.


CXV. LOS QUE LLEVEN A LA MUERTE A LOS HIJOS DE ELLOS NACIDOS, AFLÍJANSE CON SEVERÍSIMOS AYUNOS, AZOTES Y ASPEROS VESTIDOS, HACIENDO PENITENCIA EN LA ANGUSTIA DE LA SOLEDAD.

Los que lleven a la muerte a sus hijos ya nacidos, pecando así de modo más que bestial, para librarse de la condena de la muerte eterna y castíguense en la aspereza de la soledad, con severos ayunos, crueles latigazos y ásperos vestidos para encontrar el remedio de salvación en la vida futura.


CXVI. QUIEN SE DA LA MUERTE A SÍ MISMO, SE HA DESTRUIDO COMPLETAMENTE SIN CONSUELO.

Pero el que se da a sí mismo la muerte, se ha borrado de la memoria que Dios tiene de los hombres buenos, ya que el consuelo de la penitencia no ha podido preceder a la separación de su alma. En efecto, matando el propio cuerpo, o sea, precisamente aquello con lo que debía purificarse por la penitencia, se ha destruido completamente sin consuelo.


CXVII. EN CUALQUIER PENITENCIA QUE IMPONGA UN JUEZ, DEBE CONSIDERAR LAS CARACTERISTICAS DE LA PERSONA.

En toda penitencia que un juez imponga, tiene también que considerar la potencia y la debilidad de la naturaleza humana. Bendito sea quién se arrepienta de sus propios pecados y se presente al juez tanto en esta como en la otra vida. En efecto, la penitencia que se inicia en esta vida y acaba en el arrepentimiento, lleva a la gloria de la vida eterna.


CXVIII. DIOS, QUE TODO CREÓ, NO QUIERE GOZAR SOLO DE SU GLORIA. A SU PROYECTO NO PUEDE OPONERSE NADIE.

Dios creó todas las cosas e hizo todas las criaturas vivas, condujo a la perfección a todas sus obras según dispuso antes de los siglos. Pero no quiso gozar solo de su gloria, sino que la distribuyó entre sus criaturas para que pudieran alegrarse con Él, como una clueca recoge a sus pollitos bajo las alas.
Pero el primer ángel cayó y se arruinó a sí mismo, e hizo caer al primer hombre. Con la caída del hombre todos los elementos se trastornaron. Con la muerte de Abel los elementos se cubrieron de su sangre, e incluso la tierra se empapó. Y el diablo dijo para sí: “Ejecutaré toda mi voluntad en la obra de Dios, y por medio del hombre lograré hacer más que por mí mismo”. Pero Dios en su gran sabiduría miró en sí mismo, encontrando el modo de purificar al hombre que se había perdido. La sabiduría de Dios es tal que ninguna criatura puede penetrarla. En su sabiduría Dios estableció que su Hijo naciera de la Virgen, de modo que pudiera redimir al hombre. Y a esta sabiduría nadie puede oponerse.

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