En aquel tiempo, cuando el pueblo cristiano se haya puesto de nuevo a hacer penitencia y se flagele con muchos castigos por sus propios pecados, la gracia divina vendrá en su socorro con muchos milagros, como hizo con su antiguo pueblo y, sometidos los enemigos, añadirá a la fe una gran multitud de paganos.

XXIV. Y por fin, cuando aquellas gentes incrédulas y malvadas invadan por todas partes las tierras y las posesiones de la Iglesia, cuando busquen todos los modos de destruirla y exterminarla, como los buitres y los gavilanes aprietan sus presas bajo las alas y en las garras, y cuando el pueblo cristiano intente resistirles con las armas, sin temer la muerte del cuerpo, después de ser sometido a penitencia de todas las maneras para satisfacer por sus pecados, vendrá del norte un viento espeso acompañado de una nube inmensa, con un denso polvo, y soplará contra ellos como ejecutor del juicio divino, de forma que sus gargantas se llenarán de la nube y sus ojos del polvo, hasta que ellos renuncien a su ferocidad golpeados de un estupor extremo.
Entonces la santa divinidad obrará en el pueblo cristiano señales y milagros, como hizo con Moisés en la columna de nube y como el arcángel Miguel combatió en defensa de los cristianos contra los infieles, y de este modo, los fieles hijos de Dios, protegidos por él, se arrojarán sobre sus enemigos y los vencerán con la ayuda de la fuerza divina, matando a unos y expulsando a otros fuera de los confines de su tierra. Como consecuencia, una muchedumbre inmensa de paganos se unirá a los cristianos en la verdadera fe, aclamándolos con estas palabras: “El Dios de los cristianos es el Dios verdadero, porque ha hecho en ellos estos signos”.
Y los vencedores, que Dios tendrá bajo su protección, alabarán a Dios diciendo: “Alabamos a nuestro Señor, Dios nuestro, en verdad él se magnifica en nosotros, porque somos vencedores en su nombre. Nuestra fuerza es su alabanza, ya que en su nombre hemos vencido a los enemigos suyos y nuestros, porque le hemos creído firmemente en él”. Y todavía dirán: “Prestemos atención a las palabras de Dios en el Evangelio: Se alzarán pueblos paganos contra pueblos cristianos, como así ha sucedido. Por tanto reedifiquemos las ciudades y las aldeas que han sido destruidas, y hagámoslas más fuertes y protegidas que antes, de modo que no vengan más a destruirnos, tal como ahora lo estamos”. Y lo acabaremos con todas las fuerzas y con todas las riquezas, con vigor y generosidad.

 

En aquellos días, cuando los emperadores de Roma disminuyan su potencia originaria, el imperio que tienen en un puño paulatinamente se achicará y se debilitará, y también la tiara de la dignidad apostólica se dividirá, y maestros y arzobispos se alternarán en muchos lugares.

XXV. En aquellos días los emperadores del imperio romano, al disminuir la fuerza con la que tuvieron anteriormente sujeto el imperio, se debilitarán, así que el imperio puesto por Dios en sus manos, y condenado por el juicio divino, poco a poco se achicará y será destruido, porque ésos miserables, tibios, serviles e indignos en su comportamiento e inútiles completamente, querrán ser honrados por el pueblo, pero no harán nada para hacerlo próspero y por tanto no se les podrá ser honrar ni respetar. Por esta misma razón, los reyes y los príncipes de muchos pueblos, que antes estuvieron sometidos al imperio romano se apartarán de el y ya no soportarán estarle sumisos. Y así el imperio romano irá a la ruina.
Cada nación y cada pueblo se dará un rey y le obedecerá, y afirmarán que la amplitud anterior del imperio romano no era para ellos un honor sino una carga.
Y después de que el cetro imperial esté tan dividido, ya no se podrá recomponer y en aquel punto también la mitra de la dignidad apostólica estará lacerada. Porque ni los príncipes ni los demás hombres, tanto los pertenecientes a los órdenes religiosas como a los seglares, reconocerán más el carácter sagrado del título apostólico y disminuirá su prestigio. Luego preferirán otros maestros y arzobispos de otras regiones, así que la dignidad apostólica, reducida casi a nada con respecto al prestigio que tuvo en el pasado, acabará por tener sólo bajo su autoridad a Roma y unos pocos territorios cercanos. Estas cosas ocurrirán en parte a causa de guerras e invasiones, y en parte por decisiones públicas tomadas con el consentimiento de religiosos y laicos. Todos exhortarán a los príncipes laicos a defender su reino y su pueblo, y a los arzobispos u otros maestros espirituales a imponer la recta disciplina a sus subordinados, para que en adelante, ya no sean afligidos por los males que por designio divino los afligieron anteriormente.

 

Y todavía, en aquel tiempo, cuando la iniquidad se reprima y la justicia empiece a restablecerse, la enseñanza de la honestidad y el derecho de las antiguas costumbres brotarán de nuevo y serán observados. Habrá muchos profetas, y los sabios comprenderán los secretos de las escrituras, aunque al mismo tiempo se manifestarán muchas herejías de breve duración. Todas estas cosas indicarán que la llegada del Anticristo se aproxima.

XXVI. Y entonces, por un poco de tiempo, de nuevo la iniquidad se debilitará y no levantará cabeza, aunque de vez en cuando intentará alzarse. Por un poco de tiempo la justicia se mantendrá estable en la rectitud y los hombres que vivan en aquellos días volverán a las antiguas costumbres y a la disciplina de los tiempos pasados, se volverán honestos y conservarán y honrarán las antiguas costumbres, como las conservaron y honraron los antiguos. Y todos los reyes, todos los príncipes, todos los obispos de la Iglesia tomarán ejemplo de los demás, cuando vean que los demás custodian la justicia y viven honradamente. Y un pueblo corregirá los errores de otro porque todos tendrán noticia del modo en que los demás avanzan en el bien y se ennoblecen en la rectitud. Entonces el aire volverá a ser dulce, la tierra producirá frutos útiles, y los hombres se pondrán sanos y fuertes.
En aquellos días habrá muchas profecías y muchos hombres sabios que sepan comprender plenamente los secretos ocultos de los profetas y las otras Escrituras, y sus hijos y sus hijas profetizarán, como ha sido anunciado hace mucho tiempo. Esto ocurrirá en la pureza de la verdad, de modo tal que los espíritus del aire no podrán escarnecerlos. Profetizarán con el mismo espíritu con que los antiguos profetas anunciaron los secretos de Dios y semejante a la doctrina de los apóstoles, cuya doctrina que fue superior a todo humano intelecto.
Entre tanto también hervirán herejías e impiedad y otros males, que mostrarán la próxima llegada del Anticristo. Los hombres de este tiempo dirán que antes nunca vieron surgir crímenes e impurezas de esta envergadura. Es lo que simboliza el cerdo descrito en el libro Scivias. Porque si también reina la justicia, de vez en cuando la impiedad la combate, y en los períodos en que la impiedad prevalece, la justicia la confunde, por eso el mundo no está nunca en una condición estable.

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