Cuando los hombres se atribuyan a sí mismos y no a Dios aquella serenidad de paz y aquella abundancia de frutos, comenzarán de nuevo a ser indolentes en la religión, y sufrirán otra vez tantas tribulaciones como nunca se habían derramado en el mundo.

XXI, Sin embargo, en aquel tiempo, tenderán a debilitarse progresivamente entre los hombres la justicia y la devoción de que hemos hablado, a causa de las dificultades que presenta, pero recobrarán pronto las fuerzas. A veces todavía se manifestará la iniquidad, pero desaparecerá enseguida. A veces se encarnizarán guerras, carestías, epidemias y muertes para desvanecerse en un momento, las cosas no quedarán entonces siempre en el mismo estado ni mantendrán el mismo curso, sino se moverán por aquí y por allá, mostrándose, o desapareciendo.
En aquel tiempo, como enseña el caballo en el libro Scivias, entre todos estos acontecimientos crecerán en los hombres la arrogancia de las costumbres y la soberbia de los espíritus, las pasiones y la vanidad sin ningún tipo de moderación, porque estarán tranquilos en la placidez de la paz gozando de la abundancia de las mieses, y no tendrán miedo que estallen guerras ni que la mies escasee. Más bien, atribuyéndoselo a sí mismos, no devolverán debidamente los honores que por estos bienes se deben a Dios, de quien proceden todas las cosas.
Por tanto, a esta paz y a abundancia seguirán desastres tan grandes como nunca se habían visto antes. En efecto, cuando los hombres estén en esta paz sin temer ningún peligro, vendrán días diferentes llenos de dolor, en los cuales se cumplirán las doloridas palabras de los profetas y las del Hijo de Dios. Los hombres desearán la muerte por temor a que las penas no acaben nunca y se preguntarán: “¿Por qué hemos nacido?” y desearán que las montañas caigan sobre de ellos. En las épocas anteriores los dolores y las desgracias tuvieron de vez en cuando descanso y consuelo, pero aquel tiempo estará tan lleno de tormentos e iniquidad que los sufrimientos serán incesantes, y el dolor se sumará al dolor, y la iniquidad a la iniquidad. En toda ocasión el homicidio y la injusticia serán considerados cosas sin importancia, y lo mismo que se matan animales para comerlos, así también los hombres de aquel tiempo se atacarán y se matarán uno al otro.
Por otro lado, los pueblos paganos, viendo a los cristianos vivir en paz y abundancia, y teniendo una despiadada confianza en su propia fuerza, dirán: “Hagamos la guerra a los cristianos, son inermes y sin defensa, por tanto podemos cogerlos y matarlos como un rebaño de ovejas”. Y así de regiones lejanas, se juntarán gentes completamente bárbaras e inmorales, que se unirán en el pecado carnal y en toda inmoralidad y malicia, y por todas partes se abatirán sobre el pueblo cristiano con rapiñas y batallas y destruirán muchas ciudades y regiones. Contaminarán las normas eclesiásticas con innumerables vanidades e inmoralidad y corromperán así todo lo que sea posible. Y así, aquel tiempo anunciará que está por venir otro tiempo todavía peor y desvelará que el hombre de la perdición se está acercando. Y como éste es inmoral y vive en el barro de la iniquidad sin saciarse nunca, así aquellos días no se llenarán nunca de su iniquidad. De éste, David habló cuando dijo con clara voz:

 

Palabras de David del Salmo XXI que denuncia las persecuciones de los malvados sobre la persona de Cristo y sobre la iglesia, y como tienen que ser interpretadas.

XXII. “Se reparten entre ellos mis vestidos, se echan a suerte mi ropa” (Sal 22,19). Aunque al leerla se interprete con seguridad que habla del pasado, sin embargo debe ser entendida como una afirmación relativa al futuro. Los incrédulos, entre los muchos desastres que provocarán por su falta de fe, dividirán según su voluntad las dignidades de las instituciones seculares, con las cuales Yo, como vestidos, había cubierto a la Iglesia. Y dirigirán muchas lisonjas sobre aquellos que me fueron más cercanos en la vida espiritual, que eran como una túnica, alejándolos de la rectitud de su camino, y destruyendo toda forma de justicia en la iglesia. Y después de haber promulgado leyes injustas, los triturarán.
Pero a estos males contesta David, con estas palabras: “Tú en realidad, oh Señor, no tengas lejos de mí tu ayuda, acude en mi defensa” (Sal 22,20). Para comprender estas palabras hay que interpretarlas así: Oh Padre celestial, yo, la Iglesia, que habría debido ser la novia de tu hijo, aunque debilitada dirijo a ti mi grito, oh Padre de todo, para que tú no tardes en acudir en mi socorro, porque mis miembros, que son los miembros de tu Hijo, están destrozados y dispersos, por tanto vuelve con rapidez sobre mi tus ojos misericordiosos y defiéndeme, porque si me olvidas voy a la ruina completa.

 

Y de nuevo el Hijo se dirige al Padre para que libere a su cuerpo, que es la Iglesia.

XXIII. También el Hijo le habla al Padre con estas palabras: “Oh Padre, he estado desde siempre contigo y tu me mandaste vestirme de carne, y así he caminado sobre la tierra y todo lo que me has mandado lo he cumplido, porque soy tu verdad. Por eso has puesto a todos mis enemigos bajo mis pies y Yo me elevo sobre de ellos, ya que ellos están a tu izquierda y no te pertenecen. En efecto tu verdadera obra está a tu derecha. Cumplo contigo en todo aquella obra que has preestablecido desde antes del principio de los tiempos, y juzgo a mis enemigos como el Señor, que los pisa como al escabel de sus pies. Por tanto ven mi ayuda y véngame de mis enemigos, ya que Yo, tu Hijo, piso con mis pies a la víbora y al basilisco. Y mírame, para protegerme y para proteger a mis miembros, porque todas las obras que has querido y me has mandado las he llevado a perfección, porque Yo estoy en Ti y tú en Mí, y somos uno mismo”.
Y todavía dice el Hijo, dirigiéndose al Padre: “Recuerda que la plenitud que había en el principio no habría debido secarse, porque en el principio del mundo has previsto su fin y no la has entregado al olvido, como entregarás al olvido a los que se encaminan a la perdición. También recuerda que la plenitud de las generaciones de los hombres, que han sido previstas en el principio de los tiempos y que en el primer hombre han sido puestas a prueba, no tiene que agotarse nunca ni disminuir, ya que tu deseo no fue que las generaciones de los hombres tuvieran término antes del tiempo establecido por Tí. Y también entonces, cuando creaste a los hombres, decidiste en tu corazón que tus ojos, es decir tu ciencia, que previó la plenitud de todas las cosas y las dispuso rectamente, no se apartaran nunca del orden que estableciste, es decir que el hombre, a pesar de todos sus desórdenes, no pereciera nunca completamente, ni el mundo faltase hasta que no vieras mi cuerpo con sus miembros lleno de gemas, ya que has dispuesto que los fieles sean mis miembros, es decir, perfecto en todos los que creen en ti por causa mía y te adoran resplandecientes como gemas de virtud."

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