El juez supremo, al acoger mientras tanto las quejas de la justicia, lanzará su venganza sobre los prevaricadores de la rectitud y más que todo sobre los perversos prelados de la iglesia, mandándoles muchos castigos hasta que, debidamente purgados por estas pruebas, se arrepientan y cambien de mentalidad. De este modo cada orden será reconducido a la rectitud y al honor de su dignidad.

XVI. Después de que la justicia haya dirigido sus quejas al juez supremo, éste al acoger las palabras de acusación que hemos referido, lanzará su venganza, juzgando con su justo juicio a los enemigos de la rectitud y dejará que avance sobre ellos la tiranía de sus enemigos. Y ellos se dirán uno al otro: “¿Hasta cuándo soportaremos con paciencia a estos lobos rapaces, que deberían ser médicos y no lo son y que teniendo el poder de enseñar, de atar y de desatar, nos capturan como si fuéramos animales salvajes? Sus perversidades recaen sobre nosotros y hacen secarse a la Iglesia, porque ya no predican lo que es justo, destruyen la ley como los lobos devoran a los corderos, tienen la voracidad de los borrachos y cometen adulterio en cada ocasión, cuando ellos nos juzgan sin misericordia por tales pecados. Roban los bienes de las iglesias y en su avaricia se atracan de todo lo que pueden. Sus ministerios sólo nos aportan pobreza e indigencia, se deshonran a si mismos y nos deshonran a nosotros. Por tanto con justo juicio los juzgaremos y los aislaremos, porque son seductores más que médicos, tenemos que hacerlo así para no perecer, ya que si siguen adelante de esta forma, turbarán toda la tierra y llegarán a ser los dueños. Les llenaremos de reproches para que desarrollen sus tareas comportándose de modo conforme a la justa religión, como la instituyeron en su tiempo los antiguos Padres, o bien que se vayan fuera de aquí y abandonen sus posesiones”.
Estas y parecidas palabras, inspiradas por el juicio divino, se las harán presentes con dureza y todavía los perseguirán diciendo: “No queremos que ésos reinen sobre de nosotros, con sus bienes, con sus tierras y todos los otros bienes del mundo, porque de estas cosas somos nosotros los titulares”. ¿Cómo puede ser aceptable que los que tienen la tonsura y visten estolas y casullas tengan más soldados y armas que nosotros? ¿Cómo puede ser que un clérigo sea soldado o un soldado sea eclesiástico? Arranquémosles, por tanto, lo que injustamente poseen. Pero consideremos con atención y con gran discernimiento lo que se haya ofrecido por las almas de los difuntos. Esto se lo dejaremos, porque no son producto de la rapiña.
El Padre omnipotente distribuyó con justicia todas las cosas, el cielo a los habitantes del cielo y la tierra a los habitantes de la tierra. Análogamente obró una justa distribución entre los hijos de los hombres: los religiosos tendrían que poseer todas las cosas que les atañen y los laicos lo que les convienen, para que ninguna de las dos partes oprima a la otra depredándola. Dios no ha ordenado que la túnica y el manto fueran dados a uno sólo de sus hijos, dejando el otro desnudo, sino que ha dispuesto que al uno sea dado la capa y al otro el manto. La capa les corresponde a los laicos, por la amplitud de sus deberes y porque no dejan de crecer y multiplicarse en sus hijos. El manto debe ser concedido al pueblo de los religiosos, para que no les falten comida y vestidos, pero no para que posea más de lo que precise. Por tanto nosotros juzgamos y disponemos que todas las antedichas cosas sean divididas con equidad, y dondequiera que los religiosos posean la capa además del manto, la capa les sea quitada para darlo a los indigentes, para que estos no se consuman de miseria.
Y, de este modo, y por esta sentencia, tratarán de llevar a término, dentro de sus posibilidades, todas estas cosas. Los obispos y todos los religiosos que dependen de ellos, al principio harán de todo para resistir, cerrándoles las puertas del cielo. Pero cuando por fin se percaten que ni con el poder de atar ni con el de desatar, ni con el ofrecimiento de regalos, ni con el clamor de los armas, ni con halagos, ni con amenazas pueden resistirlos, aterrorizados por el juicio divino depondrán la soberbia confianza que siempre tuvieron en sí mismos, y volviendo en sí se humillarán ante ellos, y dirán gimiendo y gritando: “Hemos rechazado a Dios omnipotente omitiendo el cumplimiento de nuestros deberes, por eso éstos ha sido inducidos a confundirnos así. Hemos sido oprimidos y humillados por los que habíamos tenido oprimidos y humillados, porque Dios ha desatado la soga de la sumisión a los que fuimos antepuestos y que tenían que estarnos sujetos en la disciplina, y ahora permite que seamos nosotros los dominados por ellos”.
Reconocemos que estamos padeciendo el justo juicio de Dios, porque hemos querido subyugar a los reinos del mundo mientras nosotros deberíamos haber estado bajo el yugo de Dios, y porque hemos satisfecho todos los placeres de la concupiscencia carnal sin que nadie osara regañarnos. Dios ordenó a las tribus de los judíos que ofrecieran a su Creador sacrificios de animales, pero aquellos, descuidando hacerlo, se dedicaron a los placeres sensuales del cuerpo y por tanto Dios suscitó contra ellos tribus extranjeras. A nosotros, en lugar de eso, nos prescribió que ofreciéramos un sacrificio vivo y espiritual y no hemos tenido temor de tocarlo con las manos contaminadas, ya que nos coronó con la diadema de su poder. Nos hemos puesto por encima de todo y hemos satisfecho de todos los modos los afanes de nuestra carne, por esto, nuestros enemigos se encarnizan en nosotros, como los enemigos arreciaron sobre los corrompidos de las épocas anteriores. Entonces, tanto los más importantes como los más pequeños de ambos pueblos, religiosos y laicos, otorgarán al clero disposiciones tales que tengan las cosas necesarias para no sufrir privaciones ni en la comida ni en los vestidos, y para que no tengan que padecer más estos ataques de parte de los laicos.
El principio de todo esto será, tanto para los religiosos como para los laicos, como la primera hora del día, y luego como a la hora tercera, la obra será llevada a cabo, y por fin será acabada como a la hora sexta. Los hombres de todos los órdenes serán examinados como después de la sexta hora y tendrán leyes diferentes de las que tienen ahora, y así será posible que cada orden sea estable en su derecho y los libres vuelvan a la dignidad de la libertad, y los siervos al deber de la servidumbre.

 

Cuando se calme la venganza de Dios con la corrección de los malvados, resplandecerán el orden de la justicia y la quietud de la paz en espera de la segunda llegada del Señor, como resplandeció en espera de la primera. Una parte de los judíos se convertirá y se alegrará, al reconocer que Él ha venido, cosa que ahora niegan.

XVII. Sin embargo, como nos enseña el león de que he descrito en el libro Scivias, durante el desarrollo de estos acontecimientos estallarán a menudo guerras duras y crueles porque el temor de Dios estará olvidado. Muchos hombres serán matados, mientras un gran número de ciudades irá a la ruina. Y así como el hombre vence con su fuerza a la debilidad femenina, y el león es más fuerte que los demás animales, así también la crueldad de algunos hombres pondrá punto final a la paz de otros, como si fueran los ejecutores del juicio divino, porque será Dios el que permita a sus enemigos que inflijan penas crueles para purificar el mal, como siempre ha hecho desde el principio del mundo.
Y cuando los hombres estén purificados con aquellas aflicciones, se cansarán de luchar e, inspirados por el temor de Dios, reconocerán la justicia de todas las instituciones de la Iglesia aprobadas por Dios, y añadirán muchos otros bienes, tanto en los días de paz como en los de guerra y en los de dolor. Entonces la justicia será llamada lealmente esposa, y será conducida a la cama del rey por que la concubina será expulsada. Esta concubina se había preocupado de fingir que guardaba algunos preceptos de la ley, mientras que en otros momentos se asoció a la práctica de costumbres malvadas. Por eso el rey la echará. Porque el tiempo en que en algunas instituciones los hombres observaron los mandamientos de la iglesia y en otras los descuidaron completamente, fue como una concubina.
Entonces, Dios omnipotente, que es el verdadero Salomón, adornará a su novia, es decir a la justicia, con todas sus joyas, es decir con todos los órdenes de la iglesia. Entonces serán visibles todos sus adornos que la concubina oscureció como se ha dicho, escondiéndolos a veces de la vista. En aquel tiempo tendrán fin los días estériles y el consuelo echará a la desolación, como la nueva ley cambió a la antigua y como el tiempo de la salvación recondujo hacia el bien el tiempo de la caída. Porque si aquellos males todavía hubieran durado sin que su temeridad y las costumbres escandalosas se modificaran, la verdad hubiera estado tan deslustrada que las torres de la Jerusalén celeste habrían sido sacudidas y toda institución eclesiástica se habría contagiado, como si los hombres estuvieran sin verdadero Dios. Y así los prevaricadores de la justicia serán cubiertos de desprecio, como una mujer que abandona el matrimonio legal y se convierte en adúltera, porque al infringir las normas eclesiásticas será como si hubieran cometido adulterio, por tanto tendrán que soportar aflicción y reproche, como la mujer abandonada por el marido queda privada de su sostén.
Entonces aparecerán órdenes de justicia y paz tan nuevos y desconocidos, que los hombres se maravillarán y sostendrán que no han oído nunca hablar ni tenido noticia de tales cosas. Y aunque antes del día del juicio tengan paz como en el tiempo que había precedido a la venida del Hijo de Dios, no podrán gozar completamente de ella por temor al juicio futuro, sino que buscaran la plenitud de la justicia en la fe católica que brota de Dios todopoderoso y también los judíos se alegrarán y dirán ya está aquí aquel que habíamos negado.
En realidad aquella paz, que precedió a la venida de la Encarnación del Hijo, llegará a la plena perfección en aquellos días, pues entonces se levantarán hombres fuertes y grandes profetas para que entonces, pueda florecer toda semilla de justicia en los hijos y en las hijas de los hombres, como dijo por voluntad mía mi siervo el profeta: “En aquel día la semilla del Señor crecerá en honor y gloria, y el fruto de la tierra será sublime, y exultarán los que han sido salvados por Israel”. (Is 4, 2). Para comprender estas palabras hay que interpretarlas así:

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