Dios, al considerar en la luz inagotable de su resplandor estas ofensas a la justicia, no las olvida, aunque finja no ver los pecados de los hombres si se practica la penitencia. Palabras de Dios sobre esto.

XII. Un guerrero que combate con fuerza contra las filas diabólicas y contra todo mal reconoce, a la luz incorruptible de su claridad, estos días irrazonables de total quebranto en la justicia. Este guerrero no olvida los pecados de los hombres, aunque finja ignorarlos, hasta que no hagan penitencia, y dice: “Este tiempo que se aleja del bien y se precipita en el mal, lo reconozco en lo más íntimo de mi pensamiento y lo juzgo. Y los pecados de los hombres, que se suceden a lo largo del tiempo de su existencia no me olvido de condenarlos con el látigo de un justo castigo”.
Pero el número de oro, es decir, los mártires que resplandecen como el oro con la púrpura de su sangre, y que murieron por la verdadera fe en la iglesia de los primeros siglos, todavía no está completo, ya que se esperan los mártires que proclamarán solemnemente mi nombre y ofrecerán sus cuerpos a los sufrimientos del martirio en los últimos tiempos, tiempos de error y perdición, como testimonia mi querido Juan diciendo:

 

Testimonio del apóstol Juan en el Apocalipsis y como tiene que ser interpretado.

XIII. “Y se les dijo que esperasen todavía un poco de tiempo, hasta que estuviera completo el número de sus compañeros de servicio y los hermanos que tienen que ser muertos como ellos” (Ap 6,11). Para comprender estas palabras hay que interpretarlas así: por divina inspiración los que se sometieron a la muerte temporal por amor de Dios supieron que sus cuerpos tenían todavía que descansar en el polvo y en la putrefacción por algún tiempo, hasta el momento en que llegase a la perfección el número predestinado de los servidores de Dios, es decir de los que servirán a Dios en todo, en la verdad, como ellos y sus hermanos. Ya que estos en el cuerpo también serán sometidos a sufrimientos, y padecerán la muerte corporal como ellos, después de haber padecido muchos apuros por el Hijo de Dios.
La voz ensangrentada de los mártires, que no conocieron los pecados ni los motivos por que fueron matados, sube hacia Dios, y la luz de la divinidad resplandece de tal modo que ven por adelantado en el resplandor de la divinidad la innumerable multitud que vendrá. En efecto, los mártires reciben clara visión de la vida eterna, de modo que en ella comprenden el juicio que se les enseña. Sus voces no están ofuscadas por las miserables obras de los pecadores, ya que fueron inocentes y su sangre fue vertida porque fueron testigos de la Encarnación del Hijo de Dios. De este modo han testimoniado con antelación que el Cordero ha vertido su sangre.
Son compañeros en el servicio de los que serán matados por la fe y la justicia y especialmente son hermanos de los que al final de los tiempos serán destruidos por el anticristo, como los inocentes fueron matados por Herodes, que renegó del Hijo de Dios como el Anticristo lo negará. La voz de la sangre vertida por cada hombre sube al cielo con el alma, que se queja a gritos de haber sido echada del sello del cuerpo en que Dios la puso, y luego este alma recibe la recompensa de sus obras, tanto la gloria como el castigo. La primera voz de la sangre que se dirigió así, gritándole a Dios, fue la de Abel, cuando Caín destruyó con precipitación y con violencia la obra construida por Dios. Por tanto el Hijo de Dios también dice:

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