Breve repetición de las cosas dichas sobre, como en estos nuestros días, carentes de la fuerza viril todas las instituciones eclesiásticas decaen y van a peor, y cita de las palabras del salmista dónde dice, “Eres justo, Señor”, y como tienen que ser interpretadas.

X. Pero ahora la justicia, que tiene el rostro resplandeciente como el sol porque siempre está frente a Dios luminoso e inmutable, invoca a grandes voces al juez celeste y enseña sus vestidos ensuciados por hombres perversos, como se ha dicho antes. En efecto, estos nuestros días de debilidad femenina están carentes de fuerza viril, por eso todas las instituciones eclesiásticas, tanto las seculares como las religiosas, empeoran y son hoy muy diferentes de como eran cuando las fundaron los apóstoles y los antiguos Padres. La Iglesia de los orígenes resplandeció como el sol y llevó la corona de la justicia, así como el rey tiene este nombre porque domina en su reino y porta la diadema y los vestidos reales propios de su rango.
La justicia de Dios está coronada y adornada con las disposiciones de la Iglesia y todo lo que se refiere a ellas. La justicia es la sustancia de todas las leyes legítimas, leyes fundadas por Dios omnipotente y encendidas por el fuego del Espíritu Santo como una casa que se ennoblece con los que la habitan. Por eso está escrito: “Eres justo, Señor, y justas son tus decisiones” (Sal 119, 137). Para comprender estas palabras tenemos que interpretarlas así: Eres justo en todos tus juicios, oh Señor, tú que dominas todas las cosas, ya que tú eres la justicia que nunca se oscurece con la iniquidad, y que muestra abiertamente sus obras, como el estandarte precede al que tiene el mando. Obra de la justicia es el cielo y la tierra con todas las restantes criaturas. Y la justicia es Dios, que enseña la verdad con la buena fama que acompaña a las obras santas, que se desarrollan en la justicia como las ramas del árbol. Por tanto el juicio de Dios es justo y equitativo, porque no tiene en si la sombra de la falsedad, sino que la pisa como lodo inmundo apestoso de podredumbre. Pues la justicia de Dios clama sobre los montes y su voz suena hasta el cielo, y se queja, porque ella inicialmente fue el monte alto sobre el que se apoyaba la santidad de la iglesia, y ahora la santidad yace destruida sobre este mismo monte. Y yo, Justicia de Dios, exclamo con voz lastimera:

 

La justicia llorando, vuelta al juez divino, clama contra los hombres malvados, impíos e inmorales, contaminados por diferentes crímenes, que combaten las antiguas instituciones de los Padres y, desvistiéndolas del decoro de su magnificencia, las envían a la ruina.

XI. Mi corona ha sido ensombrecida por el cisma de mentes extraviadas, porque ya cualquiera se hace la ley como quiere, siguiendo los dictados de la voluntad, y los que deberían tener maestro y soportar su tutela pretenden ser maestros, deciden por sí con arrogancia y dicen que es válido todo lo que ellos eligen. Por consiguiente están privados de fe, porque sólo creen en si mismos, y no consiguen ni para si, ni para los demás, la salvación y la vida, que nadie, excepto Dios, puede otorgar. Por esto mi corona se ha ensombrecido, ya que los que cumplen tales acciones no me contemplan en aquella claridad que procede de Dios.
Mi túnica está completamente salpicada por el polvo de la tierra. Estos hombres la ensucian, porque después de haber dejado el mundo para seguir una regla buena y santa y revestirse de la túnica del Hijo de Dios se mezclan con meretrices, como está escrito en el Evangelio a propósito del hijo pequeño. Están sometidos al yugo de Cristo con la circuncisión, transformada en el orden sacerdotal, pero desobedecen y cometen adulterio, y no claman nunca como el hijo pródigo, que se dirigió al padre diciendo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti” (Lc 15,18). Se convierten en adúlteros habituales, como si esto fuera su ley. Manchan mi túnica con la suciedad de sus pecados, y no sacuden el polvo con la penitencia, sino que como gusanos se alimentan de la podredumbre de los pecados. Entonces se vuelven ciegos, sordos y mudos, y no recitan las oraciones cotidianas ni juzgan según mi juicio. Toleran la avaricia y no curan las heridas, ellos que están llenos de heridas, son sordos respecto a las palabras de la Escritura, que ni la escuchan ni la enseñan a otros.
De este modo la inquietud se instala en todos los órdenes de la Iglesia, que camina como carente de apoyo porque todas sus reglas han decaído. Cuando las nubes ofuscan el sol las criaturas ya no tienen alegría ni tranquilidad como pueblos carentes de rey. Las reglas de las órdenes eclesiásticas están oscurecidas, porque sin las obras solo queda de ellas el nombre, y así en ellas ya no hay alegría, como no hay fe sin obras.
Pero este estado de cosas no puede durar demasiado, no puede persistir, porque el juicio de Dios amenaza a los que hacen exclusivamente su propia voluntad como si estuvieran sin Dios. Y yo, la justicia, que tuve origen en el antiguo decreto, invoco el juicio de Dios, y acuso a los que han arrancado mi vestido y me han robado todas mis joyas, y pido sentencia condenatoria contra ellos con la misma voz con que el Creador de todas las cosas llamó a la mujer cuando la sacó del hombre con el fin de hacerle una ayuda que fuera parecida a él. Como la mujer está sometida al hombre y engendra hijos, así los hombres deberían escuchar a través de mis palabras las reglas de Dios y obedecerlas. Pero ya que no lo hacen y más bien me desprecian, cada vez que se ven golpeados, es el juicio de Dios que se abate sobre ellos, como antiguamente ocurrió con el diluvio, como muchas veces ha ocurrido en la vieja ley y en la nueva, y como a menudo ocurre todavía.
En realidad, mi nombre es Justicia. La Iglesia ha nacido de mí en la regeneración a través del espíritu y el agua, nosotros somos una cosa sola, como Dios y el hombre son una cosa sola. Por tanto promulgaré en alta voz juicios severos para vengarme de la partida violenta de los que me persiguen como los lobos persiguen a los corderos. Estos, que son pecadores, no banquetean con el becerro cebado, pero son parecidos a los samaritanos, que quisieron vivir bajo dos leyes. Por tanto serán escarnecidos por el profeta Elías, cuando les dijo a los adoradores de Baal, burlándose de ellos, que gritaran más fuerte, que a lo mejor Baal era de veras Dios, pero en este momento podría estar ocupado en hablar, o divirtiéndose o encontrarse de viaje, o a lo mejor podría estar dormido, así que deberían despertarlo. Se engañan y ya no tienen la gracia de Dios, que se aleja de los que no observan las reglas recibidas, y rechazan a los que les reprenden diciendo: “Observaremos las reglas de nuestro Dios cuando queramos, porque a Él le basta con que nos arrepintamos un poco antes del final”

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