Este tiempo nuestro se ha debilitado, pasando de la solidez de la originaria disciplina apostólica a un tipo de debilidad femenina, y todas las cosas se han deteriorado, como se ve de la perturbación de los elementos y de la depravación en las costumbres.

 

VII. Después, la enseñanza de los apóstoles y las virtudes de los demás santos mantuvieron a los hombres puros y luminosos hasta el tiempo presente. Pero ahora está declinando esta fuerza hacia una debilidad casi femenina. Ahora en efecto, todas las buenas costumbres que desde el principio, desde los tiempos de los apóstoles, arraigaron en los hombres por gracia del Espíritu Santo, han caído en la oscuridad de la red con que la antigua serpiente llevó al mundo en engaño. Los apóstoles reforzaron su enseñanza como con acero, la completaron con los secretos del cielo y la moderaron con el temor de Dios, para que no fuera escarnecida sino que se fortaleciera de día en día. Y ya que quisieron que la enseñanza de su doctrina creciera como el sol en su curso, lo santificaron con el ayuno, con la alabanza y con la plegaria.
Pero la antigua serpiente, se examinaba a sí misma preguntándose cómo poder destruir y extinguir esta ley, porque se consideraba como engañada, y por fin se dio cuenta que era el momento de luchar contra los hijos de los hombres si conseguía precipitar en el pecado a las concepciones humanas. Entonces inflamó de lujuriosa prepotencia a un juez de estirpe real (*), para que realizara muchas nefandas vanidades, casi adorándolas, hasta que la mano del Dios lo golpeó, como humilló a Nerón y a otros tiranos privándolos de todo honor.
Por aquel tiempo, el vigor de las virtudes se secó y la justicia declinó hasta venir a menos. También el verde vigor de la tierra dio menos frutos y más pequeños, ya que las capas aéreas superiores habían sido transformadas respecto al estado y forma en que fueran creadas, de forma que, al revés de la norma, a menudo el verano hacía frío y en invierno calor. Entonces la tierra sufrió a menudo largas sequías y fuertes lluvias con algunas otras señales premonitorias, como las que el Hijo de Dios predijo que ocurrirían antes del día del juicio, cuando hablaba a sus discípulos que lo interrogaban, tanto que muchos creyeron que el día del juicio era inminente.

(*) Nota: En otro texto de Hildegarda se identifica a este personaje con Enrique IV de Alemania, (1050-1106). Enrique IV convocó la Dieta de Worm, intentando deponer al Papa San Gregorio VII, quien había decretado reformas en la Iglesia para, entre otras cosas, evitar el nombramiento de los cargos religiosos por los reyes, generalmente de personas indignas que los utilizaban en beneficio propio y de su rey, mientras habitualmente seguían una conducta pecaminosa.

 

Palabras misteriosas del Hijo, que se dirige al Padre preguntándole por las vejaciones infligidas a su cuerpo, es decir a la Iglesia, por algunos de sus miembros que han descuidado para siempre la justicia. También, sobre cuándo se completará el número de elegidos establecido desde la eternidad, y cómo se tienen que interpretar hoy estas palabras según la diversidad de los tiempos desde el origen del mundo hasta el presente.

VIII. Entonces el Hijo se dirige al Padre diciendo: “Al principio, todas las criaturas reverdecieron. En la época intermedia, las flores florecieron, pero luego, la fuerza vital se debilitó”. El guerrero viril acudió, y dijo: “Conozco este tiempo, pero el número de oro todavía no está completo. Contempla como está el espejo del Padre. Soporto en mi cuerpo la pena y el trabajo, y mis hijos me abandonan. ¡Acuérdate pues, que la plenitud del principio no habría tenido que agotarse! Entonces decidiste en tu corazón no apartar los ojos, hasta que no hubiera visto mi cuerpo lleno de gemas. No soporto más que todos mis miembros sean burlados. Padre, mírame, te enseño mis heridas. ¡Y vosotros, hombres, arrodillaos ahora vosotros frente al Padre, para que os tienda la mano!”.
Para comprender estas palabras tenemos que interpretarlas así: Al principio, es decir antes del diluvio, la tierra era tan verde y fecunda que fructificaba sin el trabajo de los hombres, y los hombres, que no tenían costumbres disciplinadas ni devoción por Dios, se dedicaron solamente a los asuntos terrenales y a sus placeres. Pero después del diluvio, como en la época intermedia, es decir entre el diluvio y la llegada del Hijo de Dios, las flores con nueva savia y con todas las plantas florecieron de nuevo y de otra manera que antes, porque la tierra se coció por la humedad de las aguas y del ardor del sol.
Y como las flores portadoras de frutos se multiplicaban en número mucho mayor de antes, así también la ciencia de los hombres incendiada por la sabiduría el Espíritu Santo, creció hasta reconocer la estrella nueva que mostraba al Rey de reyes, esta sabiduría brilló encendida por el Espíritu Santo, por obra del cual el Hijo de Dios se encarnó en el vientre de una Virgen, y esto fue lo que aquella estrella anunció. En ella, el Espíritu Santo les reveló a las gentes la obra que cumplió en el vientre de la Virgen. Y la claridad de la llama del Espíritu Santo es el sonido mismo de la Palabra que todo creó. El Espíritu Santo fecundó el vientre de la Virgen y bajó en forma de lenguas de fuego sobre los discípulos del Hijo de Dios, y después de aquello de las lenguas, obró otros muchos milagros a través de los discípulos mismos y sus seguidores. Por tanto aquel tiempo, que creció de virtud en virtud, fue llamado tiempo viril, y por muchos años prosiguió con poderoso cuidado. Pero luego su vitalidad empezó a decrecer y se transformó en debilidad femenina, descuidando la justicia y dejándose vencer de la necedad de las humanas costumbres, porque hoy día cualquiera hace lo que quiere. Por tanto la Iglesia está desconsolada, como una viuda que está privada del consuelo y de la solicitud del marido, y no tiene el bastón del guía en qué se apoyan los hombres.
Mercenarios perversos por la codicia de dinero echan en los valles a mis hijos, impidiéndolas subir sobre las colinas y sobre los montes y les despojan de la nobleza, de la herencia, de las tierras y de las riquezas. Hacen como lobos rapaces, que siguen las huellas de las ovejas y destrozan a las que logran coger, poniendo en fuga a las otras, y con engaños fraudulentos devoran mis hijos sirviéndose de jueces implacables y de malvados injustos.
Estos días son una trampa preparada por el diablo, y Yo ya he soportado demasiado tiempo que mi pueblo fuera burlado por la tiranía de mis enemigos, y por tanto a este pueblo mío le han sido aflojados los lazos, y castigaré a sus enemigos con diversos castigos, del mismo modo en que a menudo he castigado también en el Antiguo Testamento a quien se rebeló contra Mí. También he permitido que en estos días ciertos espíritus aéreos aterroricen a los hombres con grandes tempestades, y los he golpeado castigándolos con varias epidemias, debilitándolos en diversos modos y haciendo enfermar sus cuerpos, ya que no quieren desistir de sus turbulentas costumbres. Cultivan en su pecho la envidia y el odio y meditan cómo perjudicar los demás, se revisten del manto de la honestidad para verter sobre ellos todo género de delitos y derramamientos de sangre.
Los hombres también serán juzgados por la misma creación que puse al servicio de los hombres. Así que serán asfixiados por el fuego o ahogados por el agua; el viento y el aire los privarán del fruto de la tierra, y el sol y la luna mostrarán discordancias cuando no cumplan su curso, establecido por Dios para ellos, o se saldrán fuera de su órbita. Y también a veces la tierra se moverá como un carro que va a tirones por el excesivo empuje. En tal modo estos días completarán su curso entre la sordidez de las costumbres de los hombres, con derramamiento de sangre y con la destrucción de cualquier noble disposición de la Iglesia, contaminando el oro de la justicia con el bronce y el plomo de la iniquidad, y así las muchas perversiones de la voluntad de los hombres se pesarán con la balanza de la justicia.
Pero antes del fin de estos días, es decir antes que haya transcurrido el tiempo de la debilidad femenina, la justicia, que el Hijo de Dios confió a sus discípulos como anillo nupcial, al enviarlos por toda la tierra, se levantará, y enseñará como la iniquidad de las gentes ha ensuciado y arrancado el vestido que recibió de los apóstoles.

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