Sobre la venganza de Dios contra los transgresores de la ley mediante las aguas del diluvio. Diversa clasificación de las edades desde el principio hasta la Encarnación del Señor.

V. Y luego, como ves, en el punto en que la línea de la rueda alcanza el lado izquierdo, la parte externa de la rueda misma por un breve momento aparece como hecha de agua. Esto significa que, después de que mi voluntad unida a mi potencia para crear engendró a las criaturas, apareció el juicio de mi poder en las aguas del diluvio, ya que después de que el primer hombre hubo engendrado hijos, su descendencia se precipitó de mal en peor. Adán y sus hijos, que me temían todavía, engendraron una segunda naturaleza sin perversiones, pero sus sucesores profanaron sus cuerpos contra la naturaleza humana de modo criminal, y no pudiendo soportarlos por más tiempo, los ahogué con el diluvio. Entonces el diablo, aterrorizado, se echó a temblar, porque vio mi fuerza invencible, por la cual el hombre fue de tal modo aniquilado.
Y luego, un poco más allá de la mitad del medio de la rueda, la parte debajo de la línea transversal se puso roja, luego transparente y luminosa. Ya que desde el diluvio hasta la Encarnación del Hijo, concluido el tiempo de violencia, tal como estaba escondido en mi voluntad en la plenitud de mi potencia, el juicio de mi potencia tomó el color rojo de la justicia, y así, después del diluvio por muchas generaciones, los días de los hombres y sus obras retomaron el resplandor dado por el temor de Dios.
La edificación de la justicia se manifestó con Noé, la circuncisión con Abraham, la promulgación de la ley con Moisés, la profecía con los profetas. Todas estas cosas reprimieron la idolatría como el día pone en fuga la noche, y el tiempo siguió su curso y los hombres realizaron sus obras. Pero luego empezaron a volverse a occidente, como cuando se pone el sol, hasta que después de sucesivas generaciones vi que había llegado al número de la plenitud. Por eso, por mi inspiración se escribió:

 

Palabras de Pablo sobre la plenitud del tiempo en el cual Dios mandó a su Hijo nacido de una mujer, y con su venida lleva a cumplimiento y hace comprensibles las palabras y los hechos misteriosos de los antiguos, e iluminando el mundo con su doctrina y la predicación de los apóstoles y los maestros de la Iglesia, transforma todas las cosas haciéndolas mejores.

VI. “Cuando vino la plenitud de los tiempo Dios envió a su Hijo nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción como hijos”. (Ga 4,4-5). Para comprender estas palabras tenemos que interpretarla así: Dios Padre, que no tiene principio ni fin, en la plenitud del tiempo, dispuesto desde la eternidad, envió sobre la tierra a su Hijo, que preanunció con muchas señales y milagros, para redimir al hombre que se había perdido.
De esto nos infunde certeza el arca de Noé. Ella es señal de la Iglesia que flota bajo los embates de las diversas tentaciones, y que con la gracia de la fe protege a sus hijos en el mundo y en unión con el Hijo de Dios. Este arca colocada sobre la cima del monte puede ser también vista como figura de la eternidad de Dios omnipotente, que antes que todas las criaturas existieran previó como habrían estado en el mundo presente, creadas por su palabra, distintas y ordenadas en especies diferentes.
La ciudad celeste que es el hogar de los hijos de Dios, tiene una bella torre construida con elegancia. Su estructura perfecta significa la obediencia de Abraham, que para nosotros, en su suma fidelidad, representa al Hijo de Dios y sus infinitas manifestaciones milagrosas. La ley hecha por Moisés pedía una obediencia incondicional sin la cual el hombre en ningún modo podía vivir, como una casa sin columnas maestras o un hombre sin corazón que lo gobierne. La obediencia en efecto es como un fuego, y la ley es su resplandor.
Y como Abraham, que dejó la casa y la patria por orden de Dios, fue el primero en ser transformado a través de la circuncisión, así el Hijo de Dios, concebido y engendrado sin contacto de sangre, de una Virgen íntegra, por el fuego del Espíritu Santo, transformó la ley hecha por Moisés en una ley mejor, la ley del espíritu. Los que engendrados en la sangre de los pecados, no pudieron ser liberados por la sangre de las víctimas de los sacrificios hechos según la ley, fueron liberados al precio inestimable de su sangre por la clemencia del que tal ley instituyó. Y como el hombre practicó sacrificios a Dios ofreciéndole las criaturas que le fueron confiadas, así el Hijo de Dios se hizo un vestido asumiendo la carne del hombre, para ofrecerla a Dios Padre en sacrificio por él.
Al venir al mundo, el Hijo de Dios otorgó al hombre una doctrina pura y luminosa y al recorrer toda la historia que hemos contado la transformó y la hizo diferente, así que los ídolos fueron cambiados por el Dios viviente y la profecía fue cambiada en vía espiritual, y como la palabra del hombre se emite cuando su espíritu la inspira, así el unigénito de Dios fue mandado lejos del Padre, en el regazo de una Virgen, y fue concebido por el Espíritu Santo. Y luego, hecho carne y nacido de aquella Virgen, en Él se manifestó el sentido de todas las cosas pasadas y de las futuras y mejoró todas las historias que cuentan las proezas de los hombres, borrando lo que era inútil y conservando lo que era útil, como hizo respecto al ejército de los ángeles buenos, a los que hizo resplandecer aún más después de la ruina de los perdidos. Antes de su nacimiento todo estaba envuelto como en tinieblas, pero después de que se hubo hecho carne iluminó todas las cosas como el sol, porque él completó la ley transformándola y mejorándola, obedeciendo los preceptos del Padre, cosa que Adán no hizo.
También en el Hijo de Dios se unen la justicia y la paz, y, como el mundo estaba cubierto de tinieblas por los pecados originados por la baba de la serpiente, venció a la injusticia a través de su humanidad, porque se opone a la injusticia combatiéndola con la justicia y la paz. La justicia, que está encerrada en las reglas divinas, y la paz, que está circundada por la gracia misericordiosa de Dios para el hombre, reúnen ambas a los elegidos en un estado parecido a aquel en que quedaron en Dios los santos ángeles. Y después de que subió al cielo con el cuerpo, el Espíritu Santo inflamó a los apóstoles con lenguas de fuego para que poseyeran interiormente la ciencia, fueran por el mundo para atraer a los otros hombres y fueran capaces de realizar milagros y mostrar señales, ya que fueron adornados por la fe católica y santificados por las buenas obras.
Así la doctrina del Hijo de Dios avanzó en la pureza, llevando frutos copiosos y subiendo de virtud en virtud, y fascinó a muchas gentes que resplandecieron en la luz de la fe. De este modo muchos que estaban obscurecidos por el olvido y de la falta de fe consiguiente a la caída de Adán, fueron iluminados por la verdadera fe y por las obras santas. Fue necesario que el Hijo de Dios viniera al final de los tiempos, porque la antigua serpiente había profanado a toda la humanidad con el engaño, el escarnio y la blasfemia, pero también fue necesario que la presencia real en el cuerpo humano del Hijo unigénito de Dios siguiera cumpliendo su obra. Así empezó a obrar a través de los supremos rectores que gobiernan la Iglesia y los otros prelados, con los sacerdotes y los fieles a ellos confiados, con los ermitaños que hacen voto de castidad y con las filas de los religiosos, que adoran Dios siguiendo el ejemplo de las filas angélicas y entonando sus alabanzas como hacen los ángeles, y con los penitentes, que invocan Dios a la vez que lo imitan, y por fin, con los laicos, que se casan y viven en el bien obedeciendo a las reglas de sus maestros, y con los consagrados que dejan el mundo renunciando a sí mismos.
Así ejecutó su obra el Hijo de Dios, desde su trono real. Y cuando se presentó al Padre todavía con cuerpo de hombre, llevó consigo las obras rectas de todos los hombres antes citados para mostrárselas. Todos estos órdenes, en efecto, instituidos por la doctrina del Hijo de Dios, en el ardor de su gran celo subieron de virtud en virtud como el día después de la primera hora de mañana hasta la hora nona, cuando siempre calienta más por el calor del sol.

siguiente>>