Por qué motivo la virtud de la caridad se ve aquí engalanada de modo diferente al descrito en la visión anterior.

III. En el medio de la rueda y sobre la línea antes referida, aparece una figura que ya antes había conocido como símbolo de la caridad. Esta sentada sobre la línea transversal y sus adornos son diferentes de los de la visión anterior. Quiere decir que en aquella perfección con que la potencia de Dios domina sobre todas las cosas, la caridad en la paz está unida a la voluntad de Dios. Porque la caridad cumple todos los deseos de Dios, y ahora se engalana con un adorno y después con otro. Si el amor reviste tantos diferentes adornos, es porque sus adornos son tan numerosos como las virtudes que obran en el hombre, ya que todas las cosas buenas ocurren a causa de la caridad.
Su rostro reluce como el sol, para enseñar al hombre a fijar toda la atención de su corazón en el verdadero sol. Y su túnica resplandece como púrpura, para que el hombre, revistiéndose de entrañas de misericordia, socorra tanto como pueda a toda persona que le pida ayuda. Tiene alrededor del cuello un collar de oro decorado con piedras preciosas, con lo cual indica que el hombre tiene que imponerse el yugo de la sumisión y adornarlo con las virtudes de los santos, para que humillándose en todas las cosas muestre ser realmente sumiso a Dios, como el Hijo de Dios obedeció al Padre en todo hasta la muerte de su cuerpo carnal. Calza sandalias de las que emanan relámpagos de luz, para que todos los caminos del hombre sean iluminados con la luz de la verdad y el hombre que sigue las huellas de Cristo sea para los demás ejemplo de rectitud en la fe.

 

Sobre la mesa transparente como cristal que se ve delante de la imagen de la caridad. Qué significa el hecho que, mientras la imagen mira la mesa, la línea sobre la que está comience a moverse. Breve repetición del discurso sobre la creación del cielo, de la tierra, de los ángeles y del hombre.

IV. Delante del rostro de la imagen se ve algo como una mesa de cristal transparente, en donde esta escrito que nada de lo que ha tenido principio puede comprender a la divinidad, que no tiene principio. La presciencia de Dios se ofrece a la mirada de la caridad, ya que la caridad y la presciencia de Dios son acordes en su unidad. La presciencia, transparente y carente de manchas, no está delimitada por un principio ni por un fin, ni la criatura mortal la puede concretar. Revela que el hombre que elige someterse a la caridad, queriendo las cosas de Dios y volviendo a Dios su mirada en la pureza de la fe, sin ofrecer a Dios nada mortal, prepara su morada en el gozo celeste, a la cual Dios previó con antelación que llegaría.
La imagen tiene la mirada vuelta a la tablilla. Y luego la línea sobre que está sentada se mueve. Porque cuando la caridad de Dios contempló su presciencia, se mostró en ella todo lo que habría de ocurrir a las criaturas aun cuando todavía no existían, antes de que fueran creadas. La voluntad de Dios, en quien la caridad está unida en la paz, se movió para dar forma a las criaturas, y así el cielo y la tierra y todas las criaturas que ellos contienen tuvieron origen por orden de Dios.
Pero cuando llegó el momento de los ángeles, algunos de ellos despreciaron a Dios y por tanto cayeron irremediablemente en ruina, mientras que otros quedaron a su servicio y en su amor. Y luego Dios creó al hombre, lo creó después de todas las demás criaturas, para que ya encontrara listo todo lo que fuera a necesitar, y lo iluminó con el soplo de la vida. Y después de tenerlo hecho de esta manera admirable, lo reforzó doblemente, haciéndolo de fuego y de llama. Fuego en el alma y llama de la cual estalla en la razón. La llama de la racionalidad sabe cuando cumplir las obras en el beso de la libertad, porque ella sabe lo es la ciencia del bien y la del mal. Por tanto su llama no arde en quien, libremente, no quiere obrar, y se aleja fastidiada de quien no quiere cumplir las obras, a menos que el artífice no haga saltar la chispa de modo tal que la llama se propague en la dirección que él quiere. Por lo demás, también cuando arde donde ha elegido que lo haga, a veces el artífice permite que se apague.
Estas dos fuerzas Dios las coloca en una vasija de barro, para que puedan cumplir las obras útiles. Como el fuego contiene en sí a la llama, así el hombre racional tiene la fuerza para cumplir las obras. Estas dos fuerzas están contenidas en una vasija de barro y solo por este motivo existe la vasija de barro. Si el fuego y la llama no ardieran en ningún lugar, ¿como se podría reconocer su fuego? Por esta razón, estas dos fuerzas tienen que estar contenidas en esta obra, la vasija de barro, en la cual el alma y la razón actúan continuamente.
Y el viento hecho de aire llena a todas las otras criaturas con las que el hombre trabaja, porque el hombre no podría existir si no existieran las otras criaturas. Dios, que es fuego y espíritu viviente, realizó una gran obra, de la que el Hijo tomó el mismo vestido escondiendo en él su naturaleza divina con la que hizo muchos milagros, y con él transitó por el mundo hasta atraer a si el décimo número que se había perdido. Dios hizo esta obra contra el que orientó su deseo hacia el norte y con ella lo venció definitivamente, golpeándole en el rostro de modo que nunca más pudiera levantar la cabeza como hizo en un tiempo. La divinidad revistió a los ángeles buenos de su misma claridad y los dispuso en filas ordenadas junto a si, para que lo vengaran castigando y reprimiendo las obras de aquel que dirigió su mirada hacia sí mismo y se separó del Creador para seguir su propia voluntad. Porque la razón, cuando obra según el deseo de la carne, atrae la venganza de Dios, pero aquél que se vuelve hacia su Creador diciendo: “Tú eres mi Dios”, a ese lo enciende con el fuego del Espíritu Santo para multiplicar sus alabanzas tal como se multiplican las chispas en el fuego.
La razón consiste en la posibilidad de elegir entre dos partes, tomando lo que se elige y rechazando lo contrario, ya que en una elección no se pueden tomar juntas dos cosas discordes. En efecto, quien sirve a uno, a sí mismo se desdeña y quien obra para sí mismo no es de ayuda a los demás en las cosas que hace, porque son dos cosas que no pueden armonizarse. En un primer momento el hombre racional quiere y desea, y luego hace lo que quiere. En cambio el animal irracional vive tal y como ha sido creado, no es capaz de hacer de otro modo, porque no tiene la mirada racional que da la ciencia, sino sólo tiene presente en sí su naturaleza material, mientras el hombre vive con Dios por la fe.

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