Palabras de David del Salmo CI, dónde está escrito: “El Señor ha establecido en el cielo su trono”, y en que sentido tienen que ser comprendidas. Breve resumen sobre la Encarnación del Dios.

XI. “El Señor ha establecido en el cielo su trono, y gobierna el universo con poder soberano” (Sal 103,19). Para comprender estas palabras tienen que interpretarse así: El Hijo de Dios, que es el Señor de los hombres, de los ángeles y de las virtudes, prepara su trono en el cielo de los santos, como el pensamiento humano produce los instrumentos con que el hombre puede obrar como desea y cumplir su deseo en obras. El Hijo no se ha separado nunca de su Padre, como hizo Adán cuando cayó en el pozo de la muerte. Por tanto su reino dominará sobre todo, en el cielo y sobre la tierra, y pisará a sus enemigos convirtiéndolos en escabel de sus pies, porque su carne sobre la tierra nunca fue tocada por el gusto del pecado. No le pudo derrotar ningún dolor, antes bien, al soportar la dureza de su amarga pasión venció todas las realidades terrenales.
¿Quien habría podido liberar el hombre, sino el ardiente Hijo de Dios? Bajó del cielo a la tierra y volvió a subir, y con el rocío de la divinidad, destila como miel la gracia celeste sobre su pueblo para que sus fieles no puedan ser nunca separados de él. Todas las buenas obras las ha cumplido el Padre en el Hijo, porque no habrían podido hacerse a través de ningún otro. Y el Hijo, como ya se ha dicho, no se separó nunca del Padre, como el resplandor no se separa nunca del sol. Por eso vino sobre la tierra para liberar y redimir al hombre, al que ningún otro habría podido redimir, porque el Padre dispuso que él viniera, como el profeta David dice por inspiración del Espíritu Santo:

 

Otras palabras suyas en el Salmo LXXI, se lee donde: “Descenderá como lluvia sobre los rebaños”. Cómo hay que relacionarlas con la Encarnación del Señor.

XII. “Descenderá como lluvia sobre los rebaños, como los chubascos sazonan la tierra” (Sal 72,6). Para comprender estas palabras hay que interpretarlas así: Adán, seducido por el diablo, infringió las reglas de Dios y fue hecho mortal. Como consecuencia, el Hijo de Dios descendió como rocío de dulzura en el regazo de una Virgen; fue dulce, suave y templado de costumbres como una oveja, para resucitar el hombre de la muerte, como se voltea la tierra con el arado cuando llueve para suscitar los frutos. En realidad, el arado es la regla de la ley, que en su humanidad el Hijo de Dios dio a los hombres para que, conociendo la regla, resucitaran a la vida y siguiendo su ejemplo como con un arado voltearan fuera de si los deseos carnales, de modo que su obras fueran cada día más fructíferas, según el ejemplo de las obras santas dadas por el que los precedió. Y así mandó chubascos sobre ellos y llenó sus campos con sus propias virtudes, que bendijo, y llenó con los frutos de todos los bienes, es decir la castidad, la abstinencia, la paciencia y todas las otras beatitudes.

 

Las tinieblas que se ven en el lado occidental, y el fuego con azufre y las otras tinieblas más densas que se ven en la parte septentrional del edificio antes descrito, enseñan en qué zona del mundo exterior están colocados los lugares del castigo donde se atormentan a las almas de los pecadores, y además significan la ceguera interior de los pecadores mismos, que están obscurecidos por la falta de fe.

XIII. En toda la zona occidental percibes oscuras tinieblas de las que sale humo, porque allí están los lugares de castigo que contienen los diversos suplicios. Porque cuando el hombre sigue la pendiente de los pecados, se vuelve a occidente, es decir se vuelve ciego a la fe. Con las acciones censurables atrae malos vapores, y cayendo en las penas de las tinieblas se precipita en la confusión y se olvida de su Creador.
Mientras, arde cerca de la esquina del norte un fuego negro con azufre y tinieblas densas que se inclinan y extienden hacia la mitad de la parte septentrional. Aquel lugar es el abismo de las penas y el lago de la perdición de las almas que, despreciando a Dios, se negaron a conocerle a través de las buenas obras. Por eso está allí el fuego penetrante que emana los vapores del azufre, amargos y negros como tinieblas impenetrables Y que se expanden a los lugares establecidos. Sin embargo la ciencia humana no puede conocer perfectamente toda la variedad de las penas, mientras el hombre mortal viva sobre la tierra. Y cuando el hombre llega a su ocaso, que significa la falta de fe, entonces ya está en completa ruina, y carece de amor por las obras justas y por Dios, y el fuego de la perversión, que le viene encuentro con la rudeza y la ceguera de las costumbres, le secuestra y le llena Y le precipita en el abismo. Entonces, cuando ya no tiene esperanza de vida, la perdición le atrae completamente a sí.
Quien sigue la necedad y deshonra la sabiduría con que Dios ha creado todas las cosas, se condena a sí mismo, porque al no tener ningún límite en el pecado no piensa en la vida futura, ni le interesa saber si hay otra vida, ni es bastante perspicaz para darse cuenta de su misma precariedad. Porque el hombre es capaz de comprender su misma infancia y su adolescencia, su juventud y su edad madura, pero lo que ocurra con él en la vejez y los cambios que tenga, no puede saberlo de ningún modo. En virtud de la razón, el alma sabe que tiene un principio, pero es imposible de saber y comprender por qué es inmortal y por qué no tendrá fin.

 

Dios hizo todas las cosas a través de la sabiduría para confundir la maldad del diablo y porque, siendo invisible, pudiera ser comprendido por el hombre con la fe y a través de sus obras. Antes de los tiempos, tuvo en sí planeado el orden de toda su obra, a la que dotó de tiempo, y también en éste, hizo al hombre parecido a sí para que primero pensara dentro de sí cada cosa, y luego la pusiera en práctica con sus obras.

XIV. Así pues, Dios hizo el firmamento por obra de la sabiduría y plantó vigorosamente las estrellas a modo de clavos, como el hombre consolida su casa con clavos para que no caiga. Las estrellas son compañeras de la luna, que recibe su luz del sol y en la fase menguante hace fluir su luminosidad a las estrellas. En el antiguo decreto, la sabiduría dio la fecundidad a la luna y al sol, en provecho del hombre que comprende en sí toda la creación, porque la luna infunde su savia a la tierra. El sol es símbolo de la divinidad, en cambio la luna lo es de la multitud innumerable del género humano. Y todos, sol, luna y estrellas, son el ornato de la sabiduría.
El firmamento es la sede de todos estos adornos, lo mismo que el hombre tiene una sede, la tierra, que lo sustenta. Dios ha establecido que esta belleza diera motivo para alabarle como la sabiduría predispuso. La creación es pues como el vestido de la sabiduría, ya que está en contacto con su obra lo mismo que el hombre lleva encima el vestido. Si el hombre hubiera sido creado de modo que pudiera prescindir de los vestidos, entonces no necesitaría sus trabajos ni las otras criaturas a su servicio; sencillamente el cuerpo sería el revestimiento y la protección del alma y el alma lo animaría.
Tampoco Dios puede ser visto, pero se le puede conocer por la creación, como el vestido impide ver el cuerpo del hombre. Y lo mismo que no se puede mirar el claror del disco del sol, así Dios no puede ser visto por las criaturas mortales. Pero la fe permite comprenderlo, exactamente como la corona externa del sol se puede mirar con ojos abiertos. Todas las obras de la sabiduría están dirigidas a combatir la malicia del diablo, porque éste desde siempre las persiguió y sigue odiándolas hasta al final, hasta que llegue a la plenitud del número, cuando, golpeado por una terrible fuerza, será aplastado y ya no podrá intentar combatir contra Dios.
Todas las órdenes de la sabiduría son dulces y suaves. Cuando alguien la mancha, lava su vestido en la sangre del Cordero misericordioso. Por eso tiene que ser más querida que las criaturas, porque suyos son los adornos, y todas las almas santas tienen que reconocer su amabilidad y no cansarse nunca de estar al abrigo de su mirada. El espíritu vive y vela en el hombre y no tendrá nunca fin, tal como la sabiduría ordenó y mientras el hombre viva en el cuerpo, sus pensamientos se multiplicarán incontables, como infinito es el repicar de las alabanzas de los ángeles. El pensamiento anima la juventud del hombre, lo desarrolla con la voz de la razón con que cumple sus obras, y sin embargo no vive de sí mismo, ya que el hombre ha tenido un principio. En cambio la eternidad vive de sí misma y no ha habido un momento en que no fuera, porque fue eternamente vida antes de cada edad. Y cuando el alma se transforme, y llegue a la inmortalidad, ya no tendrá el nombre de alma, porque entonces ya no obrará a través de los pensamientos en el hombre, sino que entonces estará entre los ángeles, que son espíritus, y como ellos cantará las alabanzas de Dios. Por eso entonces también se llamará espíritu, porque en adelante ya no tendrá que sufrir con el cuerpo carnal.
El hombre lleva con pleno derecho el nombre de vida, porque mientras que vive por obra de la respiración es vida, y cuando la muerte de la carne le haga inmortal, estará en la vida. Y después del último día siempre será vida con el cuerpo y con el alma. Ya que cuando Dios hizo al hombre encerró en él su secreto, y por tanto el hombre conoce, piensa y obra porque está hecho a semejanza de Dios. La divinidad tuvo siempre presente cómo deber ser el orden de todas sus obras, y según este orden hizo al hombre capaz de pensar, de modo que, antes de cumplir sus obras, las expresara él mismo en su corazón, que encierra las maravillas de Dios. Dios ordena. El hombre piensa. El ángel tiene la verdadera la ciencia y su voz siempre resuena, alabando y devolviendo amorosamente el honor a Dios, y no desea otra cosa que estar en la presencia de Dios y cantar sus alabanzas.
Desde antes del principio del tiempo Dios tuvo establemente en sí la obra que iba a hacer. Así el hombre, que encierra en sí las maravillas de Dios, le conoce con los ojos de la fe y le abraza con el beso del conocimiento, y aunque no puede verlo con los ojos del cuerpo le sigue en sus obras. El ángel elige estas obras y las ofrece a Dios llevándole el perfume que emana de la buena voluntad, mientras las obras innobles, aquéllas que en vez de mirar a Dios miran en la dirección opuesta, se las presenta como a un juez justo.
Que los fieles acojan estas palabras con corazón devoto, porque han sido dictadas por el bien de los creyentes por el que es principio y fin.

siguiente>>