Otras palabras del mismo Salmo, dónde dice: “Mantiene firme todo el mundo que no será sacudido nunca”.

IX. “Mantiene firme todo el mundo que no será sacudido nunca” (Sal 93,1). Para comprender estas palabras hay que interpretarlas así: Dios llenó el orbe terrenal con la plenitud de su obra, que por tanto es estable y no se mueve, porque si no estuviera llena de criaturas, se movería agitándose como un costal vacío. En efecto, cada criatura llena el lugar que tiene establecido, el cual la sustenta y está en función de ella, pero la obra más admirable de Dios es el hombre, y por tanto a él ha sido confiado el orbe terrenal para que provea a las necesidades de su cuerpo.
Dios ha consolidado igualmente a la Iglesia, que está difundida por todo el orbe terrenal y que no será triturada por las adversidades hostiles, aunque, a menudo, se vea oprimida por muchas tribulaciones. Dios asiduamente obra en ella sus milagros que no cesarán hasta que se cumpla el número de sus elegidos, de acuerdo con la armonía celestial. La mirada de la divinidad domina esta armonía, que no puede ser encerrada en un límite ni puede hacer nada por sí, sino que sólo actúa en cuanto manifestación de la mirada divina, lo mismo que la sombra que se ve en el espejo no hace nada por sí y el que actúa es el cuerpo del que es reflejo.
Denominamos cielos a los que contemplan a Dios y los que profetizan por él. Cielo también fue el Hijo de Dios cuando se manifestó en la humanidad. Cielos se denominan en fin, los que brillan del resplandor del rostro de Dios como chispas del fuego, y en los cuales Dios venció a todos sus enemigos. Pero cuando Dios creó el cielo y la tierra, colocó en su centro al hombre, para que fuera su señor y los mandase, y el hombre es el centro que está en el centro de cielos y tierra, al igual que el Hijo de Dios es el centro que está en el centro del corazón del Padre, porque al igual que la decisión sale del corazón del hombre, así el Hijo salió del corazón de Dios Padre. El corazón contiene la decisión y la decisión está en el corazón y son una sola cosa, entre ellos no puede haber ninguna división.

 

El hecho de que la imagen descrita dé la espalda al norte representa que Dios escondió al diablo y a todos los espíritus malignos la decisión de la Encarnación del Hijo y la redención del hombre.

X. Y esta imagen da la espalda al norte, porque lo que Dios omnipotente haría a través del Hijo lo tuvo escondido a todos los que son amigos del norte, y como los había rechazado para que no vieran la luz, ellos, ni con toda su ciencia lograron ver la obra del Hijo de Dios. Porque Dios predispuso todas estas cosas en el antiguo decreto y por tanto les quedaron escondidas.
En efecto, el diablo fue sumergido en el abismo y perdió toda luz por la energía del celo de Dios, para que no viera jamás el fulgor de la beatitud. Ha sido cegado porque quiso hacerse parecido al que no recibió su ser de nadie, sino que es por sí mismo. Y aunque ya su temor sea inútil, ahora es sensible a los juicios de Dios, reacciona a los juicios que le afectan, y son su castigo. En el temor del juicio de Dios ha aprendido que es imposible e inútil resistirse a Dios. Sin embargo el diablo rompe las ramas de la obra divina, y sigue haciendo lo que hizo a los primeros hombres, seduciendo a cuantos le dan su consentimiento y su corazón y marchan así a su ruina. Sin tregua coma el enemigo ruge y devora las almas, y en su furor, nunca se cansa de acosar.
Pero Dios, cambiar orden con anuncios grandiosos y muchas señales, le ha enseñado al hombre su divinidad oculta coma y en su sabiduría les ha dado muchas enseñanzas a través de las criaturas, en las cuales pueden reconocer los secretos de su divinidad, como el hombre sabe pintar con su ciencia muchas figuras de colores. Y como la antigua serpiente en su caída no pudo resistir a Dios, así tampoco puede oponerse a que Dios, a través del Hijo, reintegre en el coro celeste a las almas de los justos para su mayor alabanza. Ellos en cambio, que no pueden hacerlo después de ser precipitados en el abismo, no podrá conocer completamente la obra del Hijo de Dios antes del último día, cuando les toque ser confundidos por el ejército celeste. Porque el lugar que tuvieron un tiempo, será ocupado por otros, y entonces, este lugar será todavía más bendito.
El Hijo de Dios, como se ha dicho, fue superior en belleza a todos los demás y caminó por un camino diferente, él, que nació de una Virgen, y mientras que la primera virgen fue corrompida por las sugerencias de la serpiente, Maria fue en todo santa y concibió un Hijo del Espíritu Santo, lo dio a luz con parto virginal y conservó la misma virginidad. Este nacimiento ya había sido predestinado en el antiguo decreto pero, siendo de orden espiritual, quedó escondido en la divinidad sin propagarse a la ciencia de los hombres, para que no creyeran que la divinidad era múltiple, sino que es una única divinidad, en la que el Hijo de Dios nació del Padre antes de que el tiempo tuviera origen, porque el deseo del Padre desde la eternidad fue que el Hijo se hiciera hombre.
Y él, asumiendo la naturaleza humana a él ajena, quebrantó la izquierda del Leviatán, y le arrancó de la garganta con obras de castidad los mil vicios de los pecados. La abstinencia y el arrepentimiento de los pecados, son las alas de la castidad con la cual vírgenes y penitentes, abandonando los perversos deseos carnales, vuelan a los esponsales con el Cordero. Y el Hijo de Dios, el Hijo de la Virgen coronado por la castidad, acoge a los penitentes que acuden a él. Así ocurrió ya desde el principio, cuando, revestido de humanidad, empezó a realizar en el hombre las obras espirituales que ejecutará hasta el último día. Estas obras están en el centro de su potencia no por el número de los días, sino por la fuerza de su obra, y él las pone sobre una balanza exacta para vencer el engaño y la ilusión.
En efecto, en su humanidad voló sobre las alas del viento y como el águila mira al sol, miró el rostro del Padre, porque como Abraham, recibió la circuncisión en la carne, en la que la vida espiritual está representada por el agua. Y el alma humana, circuncidada a través del bautismo y renacida espiritualmente en el agua para conseguir la vida, vivirá eternamente en la sede de la beatitud como los peces viven en el agua, que es aquella en que Dios reside en su majestad y de que se ha dicho:

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