Todo lo que Dios ha obrado, lo ha cumplido la caridad, en la humildad y en la paz. Comentario de la visión descrita, a partir de las imágenes de estas tres virtudes.

III. Y oí de nuevo la voz del cielo que me dijo: todas las obras que Dios ha hecho, las han llevado a la perfección en la caridad, en la humildad y en la paz, por eso el hombre debe querer la caridad, abrazar la humildad y conservar la paz para no ir a la perdición con el que, desde el principio, escarneció tales virtudes.
Ves casi en el medio de la parte austral tres imágenes, dos de ellas están de pie sobre un manantial de agua purísima cercada y adornada en la parte superior con una piedra redonda y agujereada por todas partes. Parece que tuvieran en ella raíces, como a veces se ven los árboles crecer en el agua. En la fuerza de la ardiente justicia estas tres virtudes están en el nombre de la santa Trinidad, de ellas la primera es la caridad, la segunda la humildad, la tercera la paz. La caridad y la humildad existen en la divinidad purísima de la que corren ríos de santidad, porque estas dos virtudes enseñan cómo el único Hijo de Dios fue difamado en toda la tierra para liberar y levantar al hombre que yacía en el fondo de los pecados. Su cuerpo clavado sobre la cruz y sepultado en el sepulcro resucitó por la admirable potencia de la divinidad, enseñando que es la piedra angular de la fuerza y el honor, porque todos los milagros que el Hijo de Dios ejecutó en el mundo los realizó para gloria del Padre.
Estas virtudes no están separadas por la divinidad, lo mismo que la raíz no lo está del árbol. Porque Dios, que es caridad, conserva la humildad en todas sus obras y en todos sus juicios. La caridad y la humildad descendieron a la tierra con el Hijo de Dios y le acompañaron cuando subió al cielo. La una está envuelta de resplandor purpúreo y la otra de blanco deslumbrante, así que no puedes verlas bien. Esto significa que la caridad arde como púrpura en el amor celeste, y la humildad se libra de la sordidez terrenal con la blancura de la rectitud. Y aunque a la humana criatura mortal le sea difícil imitarlas completamente mientras vive en la carne, no debe sin embargo dejar de querer a Dios sobre todas las cosas y en todas las cosas humillarse para conseguir la eterna merced.
Que la tercera imagen esté fuera del agua y de pie sobre la de piedra significa que la paz que está en los cielos, también defiende las realidades terrenales que están fuera de las celestes, pues la llevó el Hijo de Dios, que es la verdadera piedra angular, cuando iluminó todo el mundo con su nacimiento, cuando los ángeles lo reconocieron como Dios y hombre cantando sus alabanzas.
Y su rostro resplandece con tal claror que se refleja en mi rostro, puesto que la paz, que se manifestó por obra del Hijo de Dios, no puede ser conservada sobre la tierra de la misma forma que está en los cielos ya que, mientras en el cielo siempre hay estabilidad y concordia, en la tierra hay múltiples cambios y oscilaciones de una parte y otra. Pero el hombre, que es obra de Dios, tiene que seguir alabándolo, puesto que el alma humana vivirá en la alabanza como ahora hacen los ángeles, porque mientras que el hombre viva en el mundo cultivará la tierra según su voluntad y su deseo. Está sobre la tierra como imagen y señal de Dios.
Y frente a ellas aparecen, como en una nube, las beatas filas de los santos, a las cuales miran con expresión atenta, porque por obra de la caridad y la humildad se llega a la gloria de lo alto de los cielos, cuando las mentes de los fieles como nubes van de virtud en virtud. Y la caridad y la humildad, poniéndolos amablemente a prueba y los protegen con cuidado Y encienden en ellos el deseo del cielo con vigor y dulzura. La caridad adorna las obras de Dios como la piedra preciosa adorna un anillo. La humildad se manifiesta abiertamente en la humanidad del Hijo de Dios, que vino al mundo de la intacta Estrella del Mar.
El Hijo de Dios no temió por la caída del primer hombre, ni su expulsión le proporcionó desaliento, porque no fue tocado por ningún pecado, estaba completamente arraigado en la divinidad. Sin embargo algunos, a pesar de verlo y caminar a su lado, se secaron y cayeron como hojas secas. Entonces hizo brotar otros en su sitio. Ningún hombre le dio consejo sobre el modo de vencer a sus enemigos que habían caído alejándose voluntariamente de Él. Ni fue perezoso como el primer hombre que, tras caer, abandonó el ejercicio del bien, sino más bien renovó al hombre otorgándole vida más gloriosa que la vida anterior. No se apoyó en el trono del orgullo, como el diablo que había engañado al hombre proponiéndole la desobediencia, y no temió no lograr arrancarle al hombre, porque supo desde el principio que le habría de aplastar la cabeza con su fuerza y su valor. Y así la Iglesia engalanada y rica con estas virtudes fue llevada a la habitación del rey, como está escrito:

 

Palabras de David en el Salmo XLIV que recomiendan que la Iglesia esté adornada por la práctica de las virtudes.

IV. “La reina está a tu derecha, vestida de un vestido de oro”. (Sal 45, 10). Para comprender estas palabras tenemos que interpretarlas así: ¡Oh! Hijo del Padre, en las bodas de la fe católica la Iglesia se levantó y empezó a prosperar en el deseo del cielo, enriquecida por tu humanidad y empapada con la púrpura de tu sangre. Y se rodeó de múltiples virtudes, recibidas de la casa de tu Padre, cuando descansó en el abrazo de tu amor. Estas bodas se hicieron por voluntad de Dios omnipotente, que las perfeccionó con su fulgor, cuando hizo al hombre con todo lo que existe, tanto arriba como abajo, y lo engalanó revistiéndolo de justicia, cuando el Hijo de Dios quiso sufrir en la carne por la redención de la humanidad.
El hombre es la obra de la derecha de Dios, por quien fue revestido e invitado a las bodas reales. Estas bodas fueron obra de la humildad, cuando Dios, que está en lo alto de los cielos dirigió su mirada a la tierra, y reunió su Iglesia del pueblo común, para que quien cayera se alzara por obra de la penitencia y se renovara en la santidad de las costumbres, adornado de variedad de virtudes como de flores lozanas. La corrupción de la soberbia no puede ser eliminada, porque pisa, divide y arranca fuera todas las cosas. En cambio la humildad no saca ni arranca nada de nadie, sino que todo lo conserva en la caridad, y en ella Dios se inclinó hacia la tierra, y todas las virtudes se reúnen por ella. Las virtudes se dirigen encuentro al Hijo de Dios como las vírgenes que, rechazando la boda con un hombre llaman a Cristo su esposo y se juntan alrededor de la humildad que las conduce a la boda del rey.
Que los fieles acojan estas palabras con corazón devoto, porque han sido dictadas por el bien de los creyentes por el que es principio y fin.

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