Palabras de David del Salmo LXII relacionadas con esta cuestión, y como deben ser interpretadas.

XI. “Exultaré a la sombra de tus alas, mi alma se aprieta contra ti y la fuerza de tu diestra me sostiene”. (Sal 63, 8-9). Para comprender estas palabras tenemos que interpretarlas así: Defendido por tu protección, ¡oh Dios!, gozaré cuando sea liberado del peso de los pecados. Y ya que mi alma ha deseado llegar a ti a través de las buenas obras, por esto tu poder y tu fuerza me han levantado mientras emitía fuertes suspiros y clamaba hacia a ti para que me salvaras de mis enemigos. En efecto yo soy tu obra, porque antes del principio de los tiempos has ordenado que fuera hecho como he sido hecho y que toda criatura viniera ante mí.
Y cuando me has creado, me has dado la tarea de obrar según tus preceptos, tal como tú me hiciste, y por eso te pertenezco. Has vestido una carne sin mancha, como conviene a ti que eres el Creador, ensanchaste así las franjas de tu traje. Has puesto en movimiento el cielo con alabanzas y has puesto en él los adornos más diversos encerrándolos en los círculos angélicos, que no se pueden mirar porque se protegen como ciñéndose de un cinturón de laudes. Has hecho el hombre y lo has ceñido con el cinturón de alabanza del que rechazó la gloria celeste y por eso la perdió para siempre. Así lo has afianzado con el vestido que le has dado, de modo que no pueda perderse en absoluto mientras te alaba.
Los ángeles se asombran que tú hayas tomado tu vestido de Adán, que fue mortal, pero tú lo has hecho con el fin de que el mismo Adán, del que supiste que había desobedecido, pudiera revivir para que la claridad divina, que no se puede circunscribir por mas tentativas que se hagan, resplandeciera frente a los ángeles celestes, a quien dices: “Tú siempre estas en mi presencia, por tanto no necesitas ser reconducido como el que ha sido hallado en virtud del vestido que he tomado, porque no renegó completamente de Mí, sino que había sido seducido por otro. Sin embargo, ya que trató de parecerse a mi, fue hecho mortal, de modo que sólo pudo ser revocada su culpa por los sufrimientos de mi vestido corpóreo y así no perecerá en él lo que lo hace como tu hermano, porque aunque te haya creado sin carne y él con carne, soy Yo el que os ha hecho ambos”.
La divinidad oculta, que es absolutamente justa y que nadie puede ver perfectamente sino en la medida en que ella se digna revelarse, revela estas cosas al ángel que no cayó y permaneció en la morada celeste. La divinidad comprende todas las cosas en la plenitud de su diestra y nadie que se fije en ella con la pupila del ojo de la fe puede perecer, pero aquéllos que no la miren con el ojo de la fe desaparecen frente a ella, como perecieron el ángel perdido y los que lo acompañaron. Dios, que creó todas las cosas, todas las ordenó para bien, dando a los que lo contemplan el premio merecido y juzgando a los que rehúsan dirigirle la mirada, como se ha dicho.

 

Por el Verbo, nacido sin principio del Padre, fueron creadas todas las cosas, y por el mismo Verbo, encarnado en una Virgen, el hombre ha sido redimido.

XII. Todas estas cosas han sido reveladas por el Hijo de Dios encarnado y los que creen en él se salvarán, mientras que los que se alejan serán condenados, ya que Él vino de la raíz de la tierra pero de una Virgen pura, por la voluntad del Padre, Él, que antes de la Encarnación creó todas las cosas junto al Padre y después de la Encarnación salvó al hombre a quien había formado, revistiéndose de un cuerpo humano sin pecado y redimiendo con ello al hombre que creó. Ningún otro habría podido hacerlo, sino el que creó al hombre.
Adán, el hijo simple y luminoso, alternó el sueño con la vela y así probó el gusto del espíritu en la vela y confortó la carne en el sueño. Fue puesto en la inmutable tierra de delicias para que a través del espíritu pudiera conocer la inmortalidad y no negara las cosas que son invisibles a la vista exterior de los ojos. La luz de la vida inmortal no se ofusca nunca como la del ojo corpóreo, que sólo es capaz de ver un poco de tiempo, porque luego de nuevo vuelve a las tinieblas. Por eso el hombre sufre, porque su ojo está velado por una película opaca. La pupila del ojo significa la vista interior, que es desconocida al cuerpo, mientras el párpado significar la vista de la carne, que se extiende por el mundo externo.
Toda obra humana se cumple según estos dos modos del conocimiento. La ciencia de la vista interior le enseña al hombre las cosas divinas, a las cuales la carne se opone. En cambio la ciencia ciega realiza las obras nocturnas, y es como los ojos de la serpiente que no ven la luz. Por eso se aleja todo lo que puede de las obras de la luz, como hizo en Adán cuando enturbió en él la luz de la ciencia de la vida. El conocimiento de Adán fue de carácter profético y mantuvo este carácter profético hasta que el Hijo de Dios se hizo hombre y lo iluminó como el sol ilumina toda la tierra, llevando a cabo en el espíritu todas las cosas de que se había hablado. Es decir, Él cumple todos los acontecimientos que ocurrieron antes de la ley y bajo la ley, ya que en si los ofreció todos al Padre celeste, como ha sido escrito:

 

Palabras de David del Salmo CIV sobre el mismo tema y como tienen que ser entendidas.

XIII. “Tú que haces de la nubes tu trono, que caminas sobre las alas del viento” (Sal 104,3). Para comprender estas palabras hay que interpretarla así: Señor, tú eres el que con los deseos justos y rectos de los fieles haces tu trono, reina en sus corazones. Tú que diriges tus caminos sobre las palabras y los escritos de los doctores, estás por encima de ellos porque caminas sin mancha y no conoces el pecado. Por eso las nubes son tu trono, son como la escalera que te has construido, cuando tú, el Hijo de Dios, subes por encima de ellas con tu vestido, tú que fuiste engendrado de una Virgen única entre todas las mujeres e intacta, cuyo oculto jardín nadie abrió ni osó tocar nunca. Porque como el rocío penetra en la tierra, así has entrado en ella, y no tienes raíz en un hombre, siendo tú, raíz de la divinidad, como el rayo de sol fecunda la tierra para que brote. Y como en ella entraste, sin corrupción ni dolor, como en un sueño has salido, tal como Eva fue extraída del varón dormido, que la vio delante de sí sin dolor ni herida, y se alegró. Del mismo modo la Virgen, única entre todas las mujeres, se alegró al apretar en su seno a su Hijo.
Eva no fue creada de semilla, sino de la carne del hombre, ya que Dios la creó con aquella misma manifestación de su potencia con que mandó su Hijo a la Virgen. Y jamás han venido al mundo otras mujeres parecidas a Eva virgen y madre, ni a Maria, Madre y Virgen. De este modo Dios se revistió de forma humana y con ella ocultó la misma naturaleza divina, la que los ángeles contemplan en cielo. El cielo es morada de Dios, pero también del hombre, al cual ha dado forma corpórea ordenada en tres dimensiones, altura, anchura y profundidad, formando su morada.

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