Sobre la inmensa muchedumbre de los fieles que luchan virilmente en esta vida en modos diferentes, entrenándose en la virtud y mortificando los vicios para honrar a Dios y por su salvación, y consiguen premios diferentes según sus méritos, como regalo de Dios.

X. Más allá ves un número casi infinito de figuras humanas flotar en una nube en el aire a lo largo de toda la zona austral. Indica la muchedumbre de los creyentes de todos los tiempos, que suben para arriba imitando al Hijo de Dios en el ardor de la justicia y elevando sus mentes de virtud en virtud. Algunos llevan sobre la cabeza algo como coronas porque, cuando levantan la mente con los justos deseos y la santidad del corazón, adornan sus almas con los premios celestes. En efecto, desear el bien es el principio del bien actuar. Otros tienen en las manos cosas parecidas a palmas extremadamente adornadas, porque enseñan con sus obras que han conseguido la victoria en la lucha por el bien. Otros tienen como flautas, es decir la merced que han merecido en el amor y en el temor de Dios por su doctrina. Otros, cítaras, es decir los premios del camino duro y estrecho que lleva a la vida. Otros los órganos, porque en ellos se manifiestan las múltiples virtudes que se dirigen a Dios con himnos de alabanza. Y el sonido de sus instrumentos tiene la entonación del dulce sonido de las nubes, porque las alabanzas que suenan en los honores y en los premios concedidos a las virtudes, armonizan con el mérito conquistado por los que cumplen sus obras de acuerdo con las virtudes y levantan al cielo sus mentes. En efecto, la remuneración con que serán premiados se establece con base en los méritos que los hombres han conseguido haciendo el bien en la rectitud.
Por tanto las mentes de los fieles, como se ha dicho, fluyen como nubes, porque nunca se sacia el deseo del alma con que el hombre beato le pide a Dios que le ayude a cumplir sus propias obras, al igual que los cursos de agua que fluyen hacia el mar sin llevar sus inundaciones. Y ya que los deseos santos, que son el principio de las obras buenas, están firmes dentro de ellos, Dios los corona con el ejército celeste, ya que se le adhieren de tal modo que no pueden a ningún precio ser de él separados.
El orden de las criaturas determinado por Dios significó el renacimiento del hombre en la vida espiritual. Porque cuando la ley manda atar animales, matarlos, quemarlos y esparcir su sangre, lo que en realidad significan estas palabras es que algunos hombres, que corren como nubes porque en el amor se dirigen hacia Él, serían sometidos a tortura, matados e inmolados como aquéllos animales. Pero ya que beben la leche de las virtudes, huyendo de la lujuria y de los demás vicios, llevan la palma de la victoria. Ellos prefieren verter su sangre antes que caer fuera de la red de la justicia obrando de modo contrario a la fe. Así se sacrifican doblemente, porque combaten dentro del propio cuerpo y vierten la propia sangre por orden de Dios. Por tanto son parecidos a los ángeles, que están siempre en la presencia de Dios.
En cuanto a los que ejercen su ministerio siguiendo la doctrina de Dios omnipotente y enseñándola a los demás, suenan con las flautas de la santidad, porque cantan la justicia en las mentes de los hombres con las palabras de la razón. Así la palabra se expresa y la voz suena, y el sonido hace oír la palabra y la difunde alrededor para que pueda ser escuchada. Y como la flauta multiplica la voz, así la voz de los doctores tiene que multiplicarse en los hombres en el temor y en el amor de Dios, y reunir a los fieles y poner en fuga a los infieles.
Del mismo modo también surgen otros que han renunciado a si mismos despreciando el mundo, que se han encerrado en el pudor virginal y, juzgando odiosos los placeres mundanos, y pasan su tiempo cantando alabanzas, como hacen los ángeles. Como el águila, vuelan hacia Dios en la plenitud del deseo del corazón, parecidos a la aurora que precede al sol, teniendo como siempre fijos en Dios sus ojos sencillos como los de las palomas. Por tanto con las cítaras elevan laudos que están muy cercanos a Dios, laudos de los cuales nada conoce el saber humano.
Y luego hay otros, que reúnen en si innumerables virtudes a las órdenes de Dios y combaten por la humildad, que es la reina de las virtudes, cuando como órganos se inclinan doblándose a tierra por el temor y el amor de Dios. La humildad, en efecto, abre las puertas del cielo a quien la coge como modelo y las cierra a quien la rechaza. Las cierra de tal modo que el enemigo no puede abrirlas de ninguna manera, y echa a la soberbia en el infierno, que es lo que corresponde a los hombres de mente orgullosa. La humildad reina en el cielo con el ejército de sus seguidores, porque como los órganos con sus muchas armonías transforman el sonido en canto de alabanza, así Dios transforma los cantos de los hombres en laudos angélicos. Y lo mismo que el ejército celeste venció la soberbia delante de los ojos de Dios, así los hombres que se abstienen del mal vencen siempre la soberbia en ellos mismos.
El hombre en efecto, es la obra de la derecha de Dios omnipotente que lo ha hecho, y completa en su plenitud el número de los ángeles perdidos, y por tanto lo defienden los santos ángeles. En la división celestial de los hombres y de los ángeles, Dios se complace mucho por la alabanza continua que le ofrecen los ángeles y por las obras santas de los hombres, ya que con ellas y siguiendo su voluntad Dios lleva a cabo todas las cosas que había previsto de la eternidad. El ángel sin embargo es estable en la presencia de Dios, mientras el hombre es inestable. Por tanto las obras del hombre pueden ser defectuosas, mientras que las alabanzas de los ángeles no tienen defectos.
El cielo y la tierra pertenecen a Dios, porque han sido hechos por él, por su gloria, pero ya que el hombre es mortal, las revelaciones divinas, que se manifiestan de vez en cuando a los profetas y a los sabios, a menudo están veladas como con una sombra. Sin embargo cuando el hombre mudable se haga inmutable, entonces verá la claridad de Dios en la permanencia del Dios y será como le describió mi servidor David según mi voluntad:

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