La segunda imagen indica el tiempo después del diluvio, tiempo regulado por la ley. Los diversos aspectos de su vestido significan las diversas edades desde el diluvio hasta la llegada del Señor o bien hasta el fin del tiempo, y las muchas características de las costumbres humanas que vivieron en estas edades o que vivirán.

VIII. La segunda imagen, más próxima al ángulo mencionado, tiene cara y manos humanas. Está con las manos plegadas la una encima de la otra, y se pueden ver sus pies, patas de gavilán. Significa aquel tiempo después del diluvio en que se vivió según costumbres las humanas bajo la ley, hasta el momento en que la severidad de la ley empezó a tambalearse, es decir cuando la intención y las obras de los hombres empezaron a dirigirse a los placeres de la carne más que a las necesidades del espíritu, y a rehuir el trabajo. Avanzando en esta dirección los hombres advirtieron más amargura que dulzura, porque la ley no salvó a nadie y castigó ásperamente a los transgresores.
Viste una túnica que parece de madera, porque aquel tiempo tuvo por norma la antigua ley, que descuida los frutos espirituales El color blanco, que va de la coronilla de la cabeza hasta el ombligo es el tiempo que se inició con Noé. Noé que había reconocido a su Creador, conservó la conciencia de la misma humanidad construyendo el primer lugar sagrado, y haciendo ofrendas a Dios. Aquel tiempo como de blancura continuó hasta Abraham, que fue como el ombligo, dónde la fuerza tiene su sede. Los hombres estuvieron tan aterrorizados por el furor de las aguas, que inmediatamente después y durante un poco de tiempo conservaron el temor de Dios comportándose rectamente.
Del ombligo a los lomos significa el tiempo que transcurrió desde Abraham a Moisés en el ardor de la circuncisión, porque como la aurora viene antes del sol, así Abraham por la señal de la circuncisión, en la cual mortificó la lujuria, prefiguró la humanidad del Hijo de Dios.
De los lomos hasta las rodillas la figura presenta un color grisáceo, que muestra el tiempo que transcurrió entre la legislación de Moisés hasta el exilio de Babilonia. Es un tiempo de dureza y de aspereza de la ley según la carne, pero también empezó a inclinarse hacia las más diversas vanidades.
Y de las rodillas hasta los pies el color oscuro significa el tiempo transcurrido desde el destierro de Babilonia hasta la ruina de la ley, cuando vino el Hijo de Dios, con objeto de cumplir totalmente en sí mismo la ley. El color de este tiempo fue oscuro a causa de la negligencia y la insensibilidad, porque ya se despreciaba la ley misma, y abandonada como agua turbia se encaminó a su caída como todo lo que pertenece a la carne.
En efecto, los que se mostraban en aquel tiempo obedientes a la ley no quisieron reconocer el surgir del sol de la justicia, porque sostenían que sólo hay que fijarse en la letra de lo que está escrito en las tablas de la ley, y afirmaban que en ellas no había nada más que comprender.
Por tanto Yo, que en todas las cosas juzgo con justicia, el juicio que emití en su día desterrándolos a Egipto y a otros lugares, cuando, arrogantes, actuaron a su modo, ahora lo emití de nuevo a través de algunos pueblos que los hicieron prisioneros y los dividieron, dispersándolos por regiones lejanas. Y ellos permanecerán en esta dura falta de fe mucho tiempo, hasta que la antigua serpiente vuelva la mirada sobre un hombre errante y perdido, y la divinidad escondida lo mate de modo tal que ni ángel ni hombre se de cuenta de aquel golpe. Entonces también el pueblo de la ley volverá los ojos a Mí con gran dolor, llorando y lamentándose de haber sido engañados tanto tiempo. Pero, cuanto tiempo permanecerán los hombres en este siglo transitorio, ángel y hombre lo ignoran.
Ahora, volviendo a la imagen, ella tiene como una espada colocada como atravesada sobre los lomos, con la que muestra que la circuncisión se relaciona con aquella característica de la carne por la que desde el ombligo a los lomos el hombre peca con el movimiento de las partes que dan la vida, cuando la mente del mismo hombre le mueve al pecado. Con eso se simboliza el modo en que juzga la perfecta justicia de Dios, que hace recaer la sangre del asesino sobre él mismo, y castiga a todos los que se alejan de él con otros actos malvados, después de haberlos pasados por el juicio de su justicia.
E incluso, la imagen, estando inmóvil, dirige la mirada a occidente, porque los hombres que vivieron en el tiempo en que ya estaba vigente la antigua ley no avanzaron hacia la inteligencia espiritual. Conocían la caída de la antigua serpiente y sabían de sus insidias, pero fueron insensibles y negligentes respecto a la salvación de su alma. Y el dragón de fuego, cuando se percató que Dios salvó a algunos de ellos, los que no fueron devorados por el diluvio, lanzó su sopló de fuego diciendo furibundo dentro de si: “Pondré en marcha todas mis artes y pasaré a todos por la criba, hasta que logre seducir a los que el diluvio no ha sumergido y también a ellos les impondré mi yugo”

 

Sobre el sentido de los sacrificios, de la circuncisión y de la ley, que precedieron a la Encarnación del Hijo de Dios por la profecía de los Patriarcas. Sobre la predicación de los profetas. Cómo el hombre no hubiera podido salvarse si el Verbo no se hubiera hecho carne. Sobre las tentaciones del diablo, que engaña a los hombres seduciéndolos. Sobre los modos en que Dios siempre ayuda a resistirle.

IX. El tiempo después del diluvio va desde Noé hasta la Encarnación de mi hijo, y cambia la inteligencia espiritual de todos los que creen en él. Con él comienza otra época, que lleva a la vida, no según la carne, sino según el espíritu.
En Noé manifesté muchos milagros, lo mismo que realicé muchísimos al principio cuando apareció Adán, ya que como prefiguré en Adán a todos los hombres que nacerían, así en Noé prefiguré el surgir de un nueva era. De esta semilla brotaron fuertes y resueltos los profetas, que anunciaron llenos de vigor y confianza las cosas que vieron en el Espíritu Santo, es decir, que Dios mandaría al mundo a su Verbo, el cual estaba en él antes de todos los tiempos. Y este Verbo se hizo carne, de modo tal que el mundo entero se maravilla desde entonces. Las palabras de los profetas superaron el tiempo y el espacio cuando anunciaron este milagro afirmando que vendría a la tierra el más bello de los hijos de los hombres.
Pero la razón dispone y según su disposición la obra se cumple, porque si no viniera primero la disposición, la obra no seguiría. En su Verbo, Dios dispuso al mundo y el hombre. En efecto, el Verbo que no tiene principio plasmó una obra a la que poner el vestido puro que vestiría, de modo que aunque el hombre pecase, si mantuviera la fe en Dios, lo reconduciría a sí por vestir ese vestido. Pero si el Verbo no hubiera vestido aquel vestido, el hombre no se hubiera salvado, como el ángel perdido no se salvó. ¿Pero como hubiera sido posible que Dios no tuviera poder para reponer al hombre en el lugar que estaba destinado para él, incluso después de que fue alejado, si con penitencia hubiera confiado en él? Lo mismo que Dios omnipotente se complació en crear al hombre, también le gustó redimir a quien tiene fe en él.
Por eso ocultamente inspiró la profecía y la mandó como en sombra, hasta el cumplimiento de su obra, que enseñó con señales premonitorias antes de concluirla. Enseñó pues el arca a Noé, la circuncisión a Abraham y luego le enseñó a Moisés la ley, para que fuese por ellos confundido el movimiento de la lujuria que se mueve como la lengua del serpiente. Y así como el diablo engañó a los hombres a través de los primeros animales, a través de los sacrificios de animales a Dios fue derrotado el diablo mismo antes de que viniera el santo de los santos.
Estas tres señales, es decir los sacrificios de animales, la circuncisión y la ley, fueron precursores del Hijo de Dios, que quiso someterse a ellos para que tuvieran final en él, según las palabras inspiradas de los profetas, que hablaron de Dios y de todos los males del norte. Porque la antigua serpiente sigue luchando contra Dios lo mismo que combatió contra él en el cielo, y por tanto se introduce en los hombres para convencerlos de oponerse a Dios y de adorar como dios cosas que pueden palpar con los ojos y con las manos, como Baal y los otros ídolos que les pone enfrente. Pero como nadie puede comprender a Dios ni llevar a cabo su obra, tampoco es capaz el diablo de conocer al hombre, si no es porque primero el hombre mismo, sugestionado por él, se acerca anhelante a él. Entonces el diablo goza en su maldad, porque engañando al hombre, puede tener una victoria sobre la obra de Dios.
En realidad, incluso sabiendo que el hombre puede elegir sus obras, el diablo no sabe qué obras él quiere realizar, y cuando se percata que el hombre anhela a Dios y dedica sus obras al que lo ha creado, entonces se le acerca y trata de sugestionarlo diciendo: “Tú, que tienes el poder de hacer lo que quieres, ¿por qué pides a otro el beneplácito de tus obras? ¿Qué hay de malo si ejecutas las obras que están en tu poder, puesto que el que llamas tu Creador ha hecho lo que ha querido hacer?”. Así, con sugerencias de este género lo lleva en engaño. El viento del norte es una señal de estas sugerencias y estas tentativas de persuasión. Al igual que destruye los edificios y los desarraiga de sus cimientos, esta insinuación diabólica hace olvidar al hombre el sentido común, para que se olvide de la inspiración de Dios y le hace incapaz de dirigirle sus suspiros. De este modo arranca del alma el suspiro que debería dirigir anhelante a Dios, y lo inflama empujándolo a pecar con su cuerpo. Con el fétido soplo de estas sugerencias cree poder atraer a si las almas de los hombres, que están dotados de razón como él, al igual que el gusano que yace en el barro engendra otros gusanos con la inmundicia de su suciedad. Esta es la forma en que arrastró a los hombres a cumplir obras depravadas y nauseabundas, cuando se arrodillaron delante de Baal y de los otros ídolos. Por boca de estos falsos ídolos habló resonando y les enseñó obras vergonzosas. Y así se sucedieron desde el principio generaciones y generaciones que cultivando pensamientos horribles se alejaron de Dios eligiendo el placer de la carne.
Sin embargo, como se ha dicho, Dios trajo su justicia con el arca, mientras con la circuncisión, que era como una hoja de acero, hirió a la muerte que reveló en su desnudez la lujuria inspirada por la serpiente. Y con la ley, escrita con su propia mano, quiso confundir a la muerte, tanto más, recordando que, al hombre que hizo con su dedo, como tarea del hombre, le entregó las criaturas que había hecho también con su dedo, de modo que al elegir entre ellas a los animales más puros empezara a ofrecer sacrificios a Dios omnipotente. Esta práctica, que Abel inició, la ley la llevó a la perfección, significando que el hombre que ofrece a Dios en sacrificio el animal del que se alimenta, se ofrece él mismo en sacrificio a Dios.
Y como el sol somete a la luna, sea creciente o menguante, así el Hijo de Dios, el verdadero sol, tuvo en sí a la ley, que fue creciente en él cuando la llevó a cabo, y que tuvo fin en él cuando se inmoló a Dios Padre. Y lo mismo que a su muerte se produjo un eclipse de sol, que volvió luego a resplandecer sobre el mundo entero, así el Hijo de Dios quiere que el hombre resplandezca siguiéndole, contemplando su muerte y reflexionando sobre de ella, para comprender que debe hacer. Como el arado tirado por las acémilas remueve la tierra sembrada para que la semilla produzca abundantes frutos de los que los hombres se alimentan, así el pueblo de la ley conservó los mandamientos de Dios en la ley escrita, pero no se llenó con sus frutos, porque no comprendió lo que estaba escondido en la letra. Sólo el Hijo de Dios reveló a los creyentes, a través de la semilla de sus palabras, que se saciarían de vida con su carne y con su sangre. Y cuánto había escondido en los secretos divinos, lo manifestó por si mismo.

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