Sobre la fuerza, la violencia y las costumbres impuras de los hombres antes del diluvio y como, engañados por el diablo, se hallaban alejados de la adoración a Dios, con la excepción de unos cuántos.

V. Dios puso al hombre en la tierra de los vivientes, que no está iluminada por la esfera del sol, sino invadida por la luz viviente de la eternidad. Pero el hombre infringió la regla divina, y regresó a la tierra sometida a cambios. Luego engendró dos hijos, uno de ellos, ofreció sacrificios a Dios, mientras el otro mataba al hermano manchándose de la culpa de su muerte. El que fue asesinado era el que ofrecía sacrificios a Dios y había oído su voz. Por eso hubo gran luto.
Al principio de la creación los hombres eran tan robustos y tenían tanta fuerza que vencían a las fieras más fuertes. Por tanto jugaban y se divertían con ellas, y las fieras, temerosas de los hombres, frenaron su ferocidad y se sometieron aunque no por esto cambiaron su naturaleza. Fueron los hombres los que alteraron la bella forma de su razón, mezclándose con las bestias, y si lo que en tal modo era engendrado, era mas parecido a un ser humano que a un animal feroz, lo odiaban y descuidaban, mientras que si era más parecido a un animal salvaje que a un ser humano, lo abrazaban y lo besaban con predilección.
En aquel tiempo las costumbres de los hombres eran, pues, dobles. En parte favorecieron la naturaleza humana, en parte la salvaje, de modo parecido a como el leopardo y el oso siguen las costumbres humanas y las bestiales. Por tanto perdieron las bellas alas de la razón, con las cuales habrían sido capaces de volar hacia Dios con la fe y en la esperanza, porque sus alas desaparecieron por los pecados que se han contado. Éste fue el fruto de la sugerencia de la antigua serpiente, que planeó matar en ellos la gloria de la razón humana. La serpiente la detestaba la razón y procuraba aplastarla. Por tanto el diablo dijo para sí: “¿Qué hizo finalmente el Dios Altísimo? Pero, si la criatura me obedeciera a mí en lugar de obedecerle a él significaría que soy superior. Así pues, conseguiré dominarlo en su propia obra”.
Los hombres en la época más antigua, manchados por la baba de la serpiente, obraron favoreciendo la concupiscencia de su vasija terrestre en vez del soplo del alma, y no quisieron conocer nada que no tuviera forma visible, y dijeron: “¿Qué me importa el viento que no tiene cuerpo y no me habla? Lo que me habla, lo que se acerca a mi, eso quiero”.
Entonces el arte diabólico producía un simulacro de vida en algunos grandes animales, y a través de ellos decía a los hombres: “Yo soy el que os ha creado”. De este modo logró persuadir con estas artimañas a los hombres, con objeto de subvertir su camino con solo el sonido de la voz y el lenguaje de la razón, razón con la que habrían tenido que alabar a Dios, porque quiso que se negaran a alabarlo exactamente como él se negó.
Solamente los pocos que oyeron las palabras del primer hombre, que les contó como había sido formado por Dios, cómo lo había puesto en el jardín de las delicias y como salió de él, disfrutaban saboreando su propia naturaleza humana como Dios les había constituido y no se mezclaron a las bestias. Ellos vivieron rectos y sobrios según su naturaleza, pero para no padecer las molestias y las bromas pesadas de la gente común, que ya se ha dicho cómo se deleitaba en la suciedad, tuvieron que huir arriba a las montañas. Allí arriba el soplo del alma los confortaba para que siguieran evitando el pecado, pero a pesar de eso vivían entre suspiros diciendo: “¿Dónde encontraremos al que nos ha creado?"
Por esto se burlaban de ellos y les decían: “¿Qué es lo que veneran éstos? ¿Una cosa que no ven con los ojos ni tocan con las manos?”. Así fue despreciada el arca de Noé. Pero Dios les hablaba con sus maravillas místicas, lo mismo que habló a Abel, el hijo del primer hombre.

 

Al no soportar Dios ya la maldad y los delitos de los hombres de aquel tiempo, exterminó con las aguas del diluvio a todo el género humano y a todos los vivientes, salvo los que hizo entrar en el arca. Se habla luego del cambio del sol, de la luna, de las estrellas y de la tierra, cuyas cualidades cambiaron con respecto a las de antes del diluvio, y de cómo al final del mundo el fuego consumirá la tierra hasta una profundidad equivalente a la que las aguas la penetraron.

VI. Después de que la tierra se hubo llenado de estos depravados, Yo, el que soy, no soportando ya estos pecados criminales, decreté que el género humano quedara ahogado por las aguas, a excepción de los pocos que me reconocían.
La tierra no volvió a estar seca hasta que el pueblo engañado no estuvo completamente sumergido. Las aguas recubrieron la tierra entera, que se transformó en lodo. Los cadáveres humanos quedaron enterrados, no se pudieron hallar, mientras algunos cadáveres de animales, que eran ligeros, se vieron flotar sobre el agua. La tierra no volvió a estar seca antes que el sol con todo el ciclo de la luna y las estrellas y todas sus funciones no hubiera cumplido un recorrido completo de oriente a occidente, ni antes de que todos los astros hubieran reconducido las aguas a los lugares donde al principio habían estado colocadas.
Y la tierra se coció con el calor del sol y se alteró, haciéndose diferente de lo era antes. En realidad el sol y la luna y las estrellas y todos los otros cuerpos celestes desde la caída de Adán hasta el diluvio fueron bastante turbulentos a causa del calor excesivo, pero los hombres de entonces tenían un cuerpo muy fuerte para poder soportar aquellos calores. Cómo era de fuerte ese calor, lo muestra ahora a veces el picor de los grandes calores cuando los cuerpos celestes se enturbian. En efecto, después del diluvio el agua empapó los astros y tanto durante el frío como durante el calor son más luminosos de lo que habían sido nunca antes del diluvio, mientras que la tierra y los seres humanos han quedado más débiles y sujetos a enfermedades que antes. El agua del diluvio empapó toda la tierra permeable hasta el fondo transformándola en barro, igual que el último día se quemará hasta el fondo, porque después de aquel día los hombres ya no tendrán necesidad de ella.
Dios emite sus juicios sobre el género humano con el agua y el fuego, porque de ellos está hecho el hombre y por ellos debe ser oprimido. Y lo mismo que Dios invade toda la tierra con la humedad del agua y la recompone y la consolida con el calor del fuego, así el hombre se humedece con la humedad del cuerpo y se conforta con el calor del fuego de su alma. Y los que Dios salvó para que después del diluvio engendraran un nuevo género humano, aterrorizados por el terrible juicio de Dios que vieron, ardieron de temor de Dios y empezaron a inmolar víctimas sacrificiales en su honor.

 

A causa de la mutación de los elementos, también las fuerzas de los hombres después del diluvio disminuyeron. Como ellos con el tiempo empezaron a corregirse, aterrorizados por el temor de aquel juicio. Sobre el arco que entonces por la primera vez fue puesto como señal del pacto entre Dios y el hombre.

VII. Con el pasar del tiempo el género humano se reprodujo cada vez más débil comparado con la fuerza que tenían los hombres antes del diluvio, como se ha dicho antes. Cuando la tierra cambió, también las fuerzas de los hombres cambiaron y se debilitaron, ya que siguieron al antiguo tentador que había cambiado la gloria por los hábitos de la serpiente. Porque la serpiente es astuta y quiere engañar a quien a su vez también quiere engañar a los demás, y quiere huir de quien trata de huir de ella. Así actúa el antiguo enemigo, engaña al débil con el veneno mortal de la traición y huye velozmente fuera de quien quiere vencerla, porque éste lo pisa como cuando fue echado del cielo.
En esta época floreció también el temor de Dios, tanto que supo resistir a la antigua serpiente y no permitió que con su soplo, ésta infundiera el olvido de Dios en el género humano como hizo antes del diluvio. Pues después del diluvio Dios hizo una tierra nueva con un pueblo nuevo, y puso entre las nubes el arco iris como señalando que las aguas ya no sumergirían más toda la tierra y todas las gentes, pero también para enseñar que todos sus enemigos tenían que reconocer el gran poder de su terrible juicio sobre ellos. En realidad el juicio de Dios oculta una energía lo bastante grande para aplastar a sus enemigos que quieren destruir la verdad de la divinidad. Después de la caída del hijo de la perdición pondrá fin con el fuego y grandes tempestades a todos los hombres mortales, y así hará que ningún mortal aparezca más sobre la tierra.

siguiente>>