Palabras de David del primer versículo del Salmo XLIV, es decir: “Mi corazón desborda de palabras buenas”, que habla de ésto y de la doble generación de Cristo, y como deben ser interpretadas.

III. “Mi corazón desborda de palabras buenas, cuento al rey mis proezas” (Sal 45,2). Esta cita ha de interpretarse cómo sigue: Yo, que soy el Padre de todo, muestro con claridad que antes de cualquier criatura fuera, la fuerza que hay Mí se desbordó en mi Palabra de bondad, es decir, en el Hijo que he engendrado y a través del cual, todas las cosas buenas han sido hechas. Por esto hablo Yo, que nunca cambio, Yo, que pongo mis obras a disposición del que está destinado a reinar sobre toda la tierra. Todas mis obras, que han sido hechas en el principio, las conoce mi Hijo.
Por su virtud, la profecía se desbordó en palabras llenas de verdad, cuando, afirmando que la misma Palabra a través de la cual todas las cosas han sido hechas se habría de revestir de carne, anunció las obras admirables y anunció la llegada futura del rey de los reyes. Anunció que brotaría como semilla de justicia de una tierra de pureza, que no sería quebrantada por obra de varón. Esta profecía conocida por inspiración del Espíritu Santo, la recibieron algunos viejos, algunos jóvenes y también algunos niños, que utilizando una multitud de signos diferentes hablaron, por inspiración del Espíritu Santo, de aquella semilla que es la Palabra de Dios
Dios creó al hombre a partir de la tierra y lo transformó en carne y sangre. Pero la mujer, tomada del hombre es carne de su carne y no tuvo que transformarse en otra cosa. Ellos, en el espíritu de la profecía supieron por inspiración del Espíritu Santo, que la mujer daría a luz al Hijo de Dios como una flor que crece en el aire dulce. Esto lo prefiguró la vara de Aarón separada del árbol, símbolo de la Virgen Maria, cuya mente estaba tan separada del hombre que nunca fue mellada por el placer de la unión sexual, y a su único Hijo lo engendró por el fuego del Espíritu Santo. Dios lo rodeó de todas las criaturas, ya que ellas, surgidas de él, reconocieron de él el gusto y obedecieron todos a su voz. Los profetas habían dicho que una mujer pariría por obra del amor como la rama de la raíz de Jesé, y todos aplicaron este parto virginal al rey, es decir al Hijo de Dios.
Y cuando la mujer llevó dentro de sí al Hijo de Dios, todos los que pudieron verlo y escucharlo como si fuera uno de ellos, lo quisieron más de lo que habrían hecho si no lo hubieran visto nunca, porque lo que los hombres sólo ven entre penumbras no pueden conocerlo completamente. Por eso cuando los profetas hablaron como en sombras, algunos descuidaron las cosas que dijeron como si en sí mismas, únicamente fueran palabras de sombra. Y sin embargo sucesivamente todas encontraron reconocimiento entre los hombres, porque la voz de la profecía procede de los misterios ocultos de la divinidad.

 

La primera de las dos imágenes que están situadas en la parte oriental del edificio, que lleva un vestido de aspecto casi bestial, significa el tiempo anterior al diluvio, tiempo en que los hombres vivían sin ley y sin el conocimiento del verdadero Dios, y vivían según costumbres más parecidas a las de las fieras que a prácticas humanas.

IV. Como ves, cerca de límite del lado oriental, de pie, están estas dos imágenes. Significan que cuando el origen de la justicia, que comenzó en Abel, cedió ante la incertidumbre, Dios estableció dos tiempos, diferentes desde el punto de vista de las costumbres de la humanidad, pero próximos entre sí, que fueron antes del diluvio, sin la ley y después del diluvio, bajo la ley.
La primera figura tiene la cabeza y el pecho como de leopardo, los brazos de hombre y las manos parecidas a las patas de un oso, el resto de su figura no pude verlo. En efecto, el tiempo antes del diluvio, sin la ley, las costumbres de la humanidad manifestaron la potencia y la fuerza de las bestias feroces de diversa naturaleza, porque entonces los hombres, como consecuencia del engaño diabólico, fueron receptáculo de todos los vicios, olvidaron a Dios y vivieron desenfrenadamente según sus  gustos. Y aunque a veces trabajaron como hombres con los brazos, otras veces las obras de las manos imitaron bastante la naturaleza rapaz de las fieras. Por consiguiente no cuidaron la honestidad que es propia de las humanas costumbres y no hicieron nada para educarse a vivir como hombres, sino se limitaron a quedar como deformes.
Viste una túnica de piedra que está inmóvil, pero que al girar su rostro mira al norte, porque los hombres que vivieron en el tiempo de que estoy hablando se revistieron de la dureza y del peso de los pecados y no se convirtieron del mal al bien, aunque se dieran cuenta, ya que poseían el conocimiento de que sus obras eran malas y vergonzosas, lo cual era la alegría de la antigua serpiente. A pesar de eso, no tenían voluntad de abandonarlas.
Cuando Dios creó el cielo y la tierra la dividió en dos partes, de modo que una parte sea inmutable y otra sometida a cambios, y de esta última creó al hombre. El hombre, que vela y duerme, está sometido a cambio. Cuando uno hace guardia, en efecto, según avanza la posición del sol carece de luz en la iluminación de sus ojos, y es algo parecido como a quien se le obscurece el alma como si fuera de noche.

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