Palabras del salmista del Salmo XCII a este propósito, y como tienen que ser interpretadas.

VI. “Levantan los ríos, Señor, levantan los ríos su voz. Los ríos levantan sus oleadas con el estruendo de muchas aguas” (Sal 93,3). Para comprender estas palabras hay que interpretarla así: En el ímpetu de tu venganza los espíritus angélicos se han levantado, oh señor de todas las criaturas, y han manifestado su fuerza como oleadas para ahogar a tus enemigos. El ejército de estos espíritus redobló su fuerza, ofreciendo sus voces y el sonido de las alabanzas infinitas a Dios, porque las filas angélicas son como ríos de agua viva que el viento, el espíritu de Dios, agitó para ser glorificado por ellos, para que sus voces combatieran contra el negro dragón.
Así Miguel, entre sonidos de trompeta que anunciaban el oculto juicio de Dios, golpeó a la serpiente porque no quiso reconocer el luminoso claror de la divinidad, y la echó por virtud de Dios en el pozo del infierno, del que no se encuentra nunca el fondo. Y echó también a sus seguidores, también cayeron con él los que actuaron de acuerdo con él como si fuera su maestro. Sin embargo, él tuvo un castigo mayor los demás porque no quiso adorar a nadie más que a si mismo, mientras que los demás lo adoraron a él.
Después de la caída del antiguo enemigo los coros celestiales continuaron alabando a Dios, porque su adversario cayó y porque en el cielo ya no había sitio para él. Y siguieron reconociendo las maravillas de Dios es más, se mostraron aún más deslumbrantes que antes, porque comprendieron que en el cielo no habría jamás un combate parecido y que ningún otro ángel sería jamás despeñado desde el cielo. Y también supieron, porque lo contemplaron en la pureza de la divinidad, qué el número de los espíritus caídos sería reemplazado por vasos de arcilla. Con la alegría de saber que el número de los que habían caído iba a ser restaurado empezaron a olvidarse de la caída, como si no hubiera ocurrido nunca.
Entonces el Dios todopoderoso constituyó a la milicia celestial en coros diferentes, como convenía, de modo que cada coro individual tenga sus tareas y cada coro sea espejo y sello de los demás. En cada espejo individual residen los misterios divinos, que los coros mismos no pueden ver completamente, ni conocer, ni aprender, ni contener. Así, maravillados suben de alabanza en alabanza, de gloria en gloria. Y de ese modo siempre se renueva, y nunca llegará al final. Dios los ha hecho espíritu y vida, y ellos no cesan nunca de alabarlo y de fijar la mirada en la ígnea claridad de Dios, y por el resplandor de la divinidad centellean como una llama.
Que los fieles acojan con corazón devoto estas palabras, porque han sido dictadas por el bien de los creyentes, por el que es principio y fin.

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