La ciencia de Dios, que contiene en sí muchos misterios que no podemos conocer, muestra la visión de estas maravillas como y cuando quiere. Qué significan los tres tipos de ángeles que aparecen en esta visión.

III. Aquel espejo donde se encierran ocultas innumerables maravillas, emana de sí un resplandor difuso, que significa que la ciencia de Dios, que contiene en sí muchos misterios que no podemos conocer, puede enseñarnos sus maravillas extendiéndose y elevándose como quiere. En él se muestran muchos misterios y figuras de imágenes diferentes, porque cuando los milagros de Dios empiezan a mostrarse, lo que primero fue desconocido y no pudo verse ahora comienza a manifestarse abiertamente. En el resplandor del lado meridional, en la nube blanca por arriba y negra por abajo se muestra algo: significa que al revelarse la ardiente justicia de Dios se desvelará la voluntad loable de los espíritus beatos y la voluntad execrable de los condenados.
Sobre ella resplandece una multitud de ángeles, alguno del color del fuego, otros luminosamente transparentes y otros parecen estrellas. Los de color del fuego son firmes en su fuerza y siempre están inmóviles, ya que Dios ha querido que ellos, al estar vueltos hacia él, contemplen siempre su rostro. Los que son luminosamente transparentes son los ángeles que se mueven para llevar ayuda a las obras de los seres humanos, que son la obra de Dios. Estos ángeles siempre presentan a la presencia de Dios las obras humanas que necesitan ayuda, ya que siempre las analizan con atención y al elegir las útiles y rechazar las inútiles, las hacen subir hasta el perfume de Dios. Los ángeles que parecen estrellas sufren junto a la naturaleza humana, y la ponen ante los ojos de Dios como por escrito. Son los compañeros de los hombres y les envían las palabras de la razón, como Dios quiere, y alaban a Dios complaciéndose con sus obras buenas, mientras que apartan la vista de las acciones malas.

 

Sobre el espíritu de Dios, que suscita su venganza para combatir y reprimir a través de los ángeles santos el orgullo de los ángeles rebeldes. Y sobre el canto armonioso, incansable y superior a la humana comprensión, de los ángeles buenos que alaban Dios con adoración siempre renovada.

IV. Todos ellos se mueven como si fueran lámparas encendidas agitadas por un fuerte viento, porque el espíritu viviente de Dios, que arde en la verdad, mueve impetuosamente los espíritus angélicos contra sus enemigos. Estos a su vez suenan con muchas voces, con un murmullo parecido al ruido del mar, porque en él está la plenitud y la perfección de todas las alabanzas, infusas en las criaturas angélicas y humanas para gloria de Dios. Y luego, como ves, el soplo del viento amplifica las voces porque el Espíritu de Dios transforma las palabras con que juzga a los justos en palabras de castigo para los condenados. Y con ello envía un fuego a la parte oscura de la nube de que se ha hablado, haciéndola arder sin llama y sin cambiar color, porque los santos espíritus, cuando vieron que los ángeles caídos comenzaban a rebelarse, se apresuraron a honrar Dios y vertieron el fuego ardiente de la venganza sobre la malvada traición de sus enemigos. Así ellos se queman, no para ser purificados, sino como total maldición de quienes arden lejos de la luz de la salvación, porque no quisieron tributar a su Creador el honor que se le debe. Ya que en efecto, no quisieron refulgir en la alabanza del Creador, han sido reducidos a una nulidad, del mismo modo que el pergamino falto de letras es algo vacío, porque le falta el honor de la escritura.
Pero luego una ráfaga de viento sopló sobre la nube y la hizo desvanecerse en espirales de humo denso, porque el ímpetu de la venganza divina destruyó, valiéndose de los santos espíritus, el conato de rebelión de los malvados, y ya que quisieron elevarse, los humilló y los hizo hundirse. Las filas de los ángeles buenos, que en su totalidad se fijan en Dios, dan testimonio cantando sus alabanzas, alaban admirablemente uno por uno sus misterios, y que desde siempre y para siempre están en él, nunca se cansan de cantar, ya que no están cargados por un cuerpo terrenal. Cuentan pues, la gloria divina con el sonido viviente de sus voces excelsas, que son más numerosas que los granos de arena, que todos los frutos que brotan sobre la tierra y que todos los sonidos emitidos por todos los animales, y son más fuertes que la luz que el sol, la luna y las estrellas hacen refulgir sobre el agua, y son mas fuertes también que todos los sonidos producidos en el éter por el soplo de los vientos, que mueven y sustentan los cuatro elementos. Sin embargo, con todas las alabanzas de sus voces, los santos espíritus no pueden abarcar de ninguna forma la divinidad, y por eso cantan alabanzas siempre nuevas con sus voces.
Entonces este celo divino del que acabamos de hablar, después de tener la nube reducida a espirales de humo, la arrojó de la región austral hacia el norte, por encima del monte, haciéndola hundirse en el infinito, de modo que ya no pueda remontarse, sino ocasionalmente, a modo de niebla que se esparce sobre la tierra. Donde se muestra posteriormente cómo este celo, valiéndose de la fuerza de los santos ángeles, hizo precipitarse en la ruina de la perdición y la perenne desgracia el conato de los espíritus malvados, que ya vacilantes fueron alejados del lugar reservado a la santidad, retrayéndose de la contemplación del viviente. Y los redujo a tal desesperación que ya no osan rebelarse contra Dios, aunque no dejen de tentar a los hombres con sus malvadas sugerencias.

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