PRIMERA VISIÓN DE LA TERCERA PARTE

 

Visión mística de la construcción de un edificio con aspecto de ciudad. Del monte y del espejo que resplandece en él. De la nube que es por arriba luminosa y por abajo es negra. Y de todas las otras cosas que aparecen en la misma visión.

Visión 6

I. Y luego vi una construcción cuadrada que parecía una gran ciudad, circundada por todas partes, como por un muro, con gran resplandor y de tinieblas, adornada de algo parecido a montes e imágenes. En la mitad de su lado oriental pude ver lo que parecía un monte grande y alto, hecho de roca dura y blanca que parecía un volcán, y sobre su cima algo resplandecía como un espejo, cuya claridad y pureza parecía superar el resplandor del sol. En él espejo aparecía una imagen como de paloma con las alas abiertas que parecía lista para volar. Aquel espejo, en el cual estaban encerradas innumerables maravillas ocultas, emanó de sí un resplandor difuso, en el cual se mostraron muchos misterios y figuras de imágenes diferentes.
En el lado meridional de aquel resplandor surgía algo como una nube, blanca hacia arriba y negra hacia abajo, sobre la que resplandecía una multitud de ángeles. Algunos eran del color del fuego, otros luminosamente transparentes, otros parecían estrellas, pero todos se movían como si fueran lámparas ardientes agitadas por un fuerte viento, que sonó con muchas voces a la vez, tal que parecía el ruido del mar.
El soplo del viento amplificó las voces mientras lanzaba fuego contra la parte oscura de la nube de que he hablado, haciéndola arder sin llama y sin cambiar de color. Pero luego una ráfaga de viento sopló sobre ella y la hizo desvanecerse en espirales de humo, y después de haberla reducido a espirales de humo, la arrojó de la región austral hacia el norte, por encima del monte, haciéndola hundirse en el infinito de modo que ya no pudiera remontar, si no ocasionalmente, a modo de niebla que se esparce sobre la tierra.
Y oí como trompetas y una voz celestial que decía: “¿Qué fuerza se ha derrumbado por propia iniciativa?” De la parte blanca de la nube emanaron rayos más resplandecientes que nunca y nadie pudo resistir al viento, que con triple voz, destruyó a la nube negra. Y oí la voz del cielo que decía:

 

Sobre la presciencia y la predestinación y el orden de Dios, que conoce con antelación todas las cosas desde la eternidad, que todo lo crea en el tiempo y que examina con juicio severo las obras de la criatura racional.

II Dios en su presciencia conoce todas las cosas, ya que las conocía antes de que las criaturas recibieran su forma, y nada de lo que ocurre desde principio del mundo y hasta al final le es desconocido. Esto es lo que ilustra esta visión.
Ves una construcción cuadrada que semeja un gran ciudad, que representa la obra de la predestinación divina, que es estable y sólida, circundada por todas las partes como por un muro que unas veces tiene un gran resplandor y otras tiene tinieblas, porque con juicio justo, los fieles y los infieles, separados los unos de los otros, están destinados, aquellos a la gloria y éstos a los castigos. La ciudad está adornada por algo parecido a montes y a imágenes, es decir reforzada y exaltada por el tamaño de los milagros y las virtudes, porque Dios hace sus obras buenas y justas y las hace fuertes e inmutables de modo que ningún ataque de la debilidad pueda arruinarlas. Y luego también ves en la mitad de su lado oriental lo que parece un monte grande y alto, hecho de roca dura y blanca parecido a un volcán. Esto significa que en la fuerza de su justicia, Dios es grande en la potencia, alto en la gloria, duro en su severidad y blanco en la dulzura, porque todos sus juicios los realiza en el ardor de la equidad. Él es justo y destruye toda injusticia, porque el cielo y la tierra se basan en Él, y es Él el que sustenta el firmamento con todas las criaturas, como la piedra angular sustenta un edificio entero.
Sobre la cumbre de la montaña algo resplandece como un espejo, tan luminoso y puro que parece también superar el resplandor del sol, porque en la excelencia de Dios su presciencia es tan luminosa y transparente, que supera la claridad de todas las criaturas. En él aparece una imagen parecida a una paloma con las alas abiertas, como si estuviera lista para volar, porque en esta misma presciencia el orden divino se abre y comienza a manifestarse. En efecto, es deseo de Dios, que hace llegar la luz a toda criatura. Y como el ave tiene dos alas para volar y está colocada sobre el monte reflexionando en que dirección emprender el vuelo, así el orden divino, que tiene sus dos alas en los ángeles y en los hombres, está como descansando sobre el monte ordenando todas sus posibilidades, y disponiéndose a extender ordenadamente su potencia a todas las cosas, como el hombre que en silencio hace y ordena sus proyectos. Él ha fortificado al hombre confiándolo a la custodia de los ángeles, y le ha dotado de dos alas con la voluntad y la capacidad de cumplir las obras. Pero ha quedado oculto y silencioso bajo la ley antigua, porque la ley encerró en si la plenitud de su sentido.
La disposición divina en la ley antigua había previsto que la figura que posee el soplo de la vida y la ciencia, tendría que cumplir sus obras con el viento viviente, es decir con el alma, o volviéndose a la derecha o a mano izquierda. Si hubiera volado hacia derecha, habría conseguido el premio de la vida, si en cambio se hubiera vuelto a mano izquierda, habría tenido que someterse a los castigos. Este orden Dios lo tiene escondido bajo el velo de sus alas y protege con su derecha al que vuela hacia él mientras dice: “En ti me regocijo, porque tú me has creado y mi alma quiere atarse a ti”. Y Dios lo acoge y lo engalana como merece, mientras deja perecer a quién se niega a unirse a él, como ya se ha dicho.
Pero cuando el Hijo de Dios vistió la túnica de carne, que adhirió a su santa divinidad, y en su humanidad con ella llevó a cabo su obra que hasta a entonces no había sido concluida, se elevó en las virtudes llevando consigo a los hombres, y los ángeles se maravillaron por ello, porque lo que ningún otro hombre pudo hacer, lo pudo el Verbo de Dios hecho carne. Santificó a los hombres a través de la asunción de su mismo vestido, santificando a los que levantaran los ojos hacia él y, renegándose a si mismos, vuelan a él con las alas extendidas hacia los supremos deseos.

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