Sobre la diversidad de la comida que le está permitido comer al hombre y a los animales en el Génesis, como ha de ser ahora considerada en sentido espiritual en la iglesia, refiriéndose a la distribución y la asunción de la comida espiritual que es la palabra de Dios. Como se tiene que comprender la cita de las palabras de Cristo cuando dice: “Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre”, y también ésta cita: “Y fue la tarde y fue la mañana, sexto día”.

XLV. Y luego dijo Dios: “Que la tierra produzca toda clase de animales según su especie: ganado, reptiles y las bestias salvajes según sus especies. Y así ocurrió”. (Gén 1,24). Se interpreta así: Dios aconseja a través del Espíritu Santo a los hombres que se someten completamente a él, y el Espíritu Santo enseña cómo unirse a Dios en el amoroso deseo del alma. Esta tierra, es decir el hombre, produce las virtudes vivas del alma, para que el hombre esté atento a que su alma esté dirigida continuamente a Dios entre suspiros, y el alma y el cuerpo obedezcan a Dios, desarrollando la fortísima virtud de la obediencia, que quitó a la muerte su fuerza por obra escondida de Dios, como los animales domésticos se someten al hombre. Y el hombre que se somete a otro hombre hágalo humildemente, como los animales viles que se arrastran y las bestias feroces de la tierra que le están sometidas, porque la obediencia castiga el orgullo y lo humilla.
Y Dios hizo los animales salvajes según su especie y los animales domésticos y todos los reptiles del suelo según su género. En el hombre que ha pecado abiertamente por orgullo contra Dios le infunde el temor, por el cual empieza a anhelar a Dios como el primer hombre abrazó de Dios la regla de la obediencia. Y así Dios hace que el hombre sacrifique su propia voluntad sometiéndose a otros hombres por amor de Dios, igual que los animales están cautivos de los hombres, que los nutren y los adiestran como quieren. De modo parecido, los hombres se agrupan sometiéndose a sus maestros en humildad, uncidos al yugo de la obediencia como animales de trabajo y hasta asumiendo la vileza de los reptiles, para que su voluntad sea pisada y reemplazada por la voluntad de los maestros como los reptiles son pisados por su naturaleza vil.

 

Repetición de todas las cosas escrita a propósito de la obra del sexto día en el Génesis, como tienen que ser entendidas y observadas en relación a la vida moral, con dos citas de los Salmos y del Evangelio y de qué manera ellas tienen que ser comprendidas.

XLVI. “Y Dios vio que era bueno, y dijo: hagamos el hombre a nuestra imagen y a semejanza, y domine sobre los peces del mar y sobre los pájaros del cielo y sobre las bestias feroces y sobre todas las criaturas y todo reptil que se arrastra sobre la tierra” (Gén 1,25-26). Dios ve que todas estas cosas son buenas y en su suprema dulzura se complace mucho con ellas, porque el hombre lo busca dando la primacía a la justicia que ha establecido en él. Y Dios dice dentro de si: “Este hombre que ha comenzado a practicar la justicia, venciéndose a sí mismo en sus deseos ilícitos, es capaz de llegar a Mí, elevándose a través de las buenas obras en el luminoso deseo de obedecer a mi primera ley, la que instituí justo en el origen del hombre, por la que habría tenido que obedecerme. Ahora nosotros, que somos tres Personas y la fuerza de la única substancia que al comienzo hizo al hombre creándolo a su misma imagen y semejanza, establecemos que al hombre se le de el gran honor de la santidad y el conocimiento de las cosas divinas, que se le considere señor de la creación, que sienta como próxima la santa Encarnación en la imagen de Dios y que devuelva honor a la divinidad con la ciencia que le hace parecerse a Dios. Y que a través de la institución del Evangelio y las virtudes, el que está puesto como jefe de todas las cosas del mundo, se ofrezca como víctima sacrifical a Dios, mortificando el cuerpo con la abstinencia, y elevándose de las cosas de la tierra a las del cielo, para que pueda obrar con las mismas virtudes que lo llenan, y las virtudes obren con él, y en esta elección sea conducido al temor y al amor de Dios”.
“Y Dios creó el hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó, y los bendijo diciendo: Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla y dominad sobre los peces del mar y sobre los pájaros del cielo y sobre todos los animales que se mueven sobre la tierra” (Gén 1,27-28). Y luego Dios creo al hombre para le fuera motivo de honor y el hombre le conociera en toda su divinidad y en toda su humanidad. ¿Qué quiere decir? Qué la potencia de la divinidad que todo crea y gobierna se muestra en aquella obra maestra que es el hombre. Quiere decir que la misericordia divina, por la cual, revestido de la humanidad vino en socorro al mundo, se reconoce en la compasión con que el hombre mismo practica la indulgencia y la misericordia respecto a su prójimo en cuanto le es posible, éstos son los buenos ejemplos de la palabra de Dios, de los que el salmista David habla: “Yo había dicho: Vosotros, dioses sois, todos vosotros, hijos del Altísimo” (Sal, 82,6).
Se interpreta así: Yo os dije a vosotros hombres: En esto seréis dioses, porque el hombre domina sobre todas las criaturas, sometiéndolas a vuestra voluntad para proveer a todas las necesidades propias. Ya que del mismo modo que el hombre siente fe, temor y amor hacia la omnipotencia de Dios, así las criaturas se fijan en el hombre y le quieren como a un dios, cuando son nutridas por él y domadas por el temor. Y vosotros, hombres, son también hijos del que habita en lo alto de los cielos, ya que, por gracia del Dios viviente, habéis sido creados racionales y toda la ciencia que os es necesaria la tenéis de él, mientras los animales irracionales no saben nada sino lo que captan con los sentidos. En el hombre, además, es decir en la ciencia del hombre viviente, Dios crea la fuerza y la potencia de la cautelosa justicia para que no ceda a la iniquidad contra sí mismo ni contra los otros. Y éste es el elemento masculino.
Pero también lo crea haciendo que por regalo de la gracia divina se le conceda el perdón al hombre herido por los pecados, y sus miserias sean valoradas justamente, y le sea vertido el vino de la penitencia y se le unja con el aceite de la misericordia, de modo tal que el hombre no caiga posteriormente de manera imperdonable por una penitencia desmedida, ni permaneciendo tibio siga dejándose implicar en la vanidad de las obras malvadas. Y éste es el elemento femenino.
Y Dios luego bendice todo eso, porque concierne a la humanidad de su Hijo, como el mismo Hijo dice en el Evangelio: “Quien haga la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, es mi hermano, hermana, o madre”. (Mt 12,50). Se interpreta así: Todo hombre repleto de gracia de Dios, que haya cumplido la voluntad de mi Padre, que habita en lo alto de los cielos en su divinidad, por la divinidad de mi Padre, vivirá en el cielo, porque Yo soy el Hijo de la Virgen. Todo hombre que haya renegado de su naturaleza terrenal volará hacia Dios con el hombre interior. Todo hombre que imite a Dios como si fuera de naturaleza diferente de la que ha nacido y lo adore en el temor perfecto y en la contemplación continua será mi hermano. Y quien abrace en la fe y en el amor con continuidad a Dios, es mi hermana por su devoción. Quien se eleve hasta mi Padre con todas sus obras con el deseo de perfección y lo lleve en el cuerpo y en el corazón, es mi madre, ya que de este modo me engendra, y en él florezco en el deseo de la santidad que hay en el Padre y en la plenitud de las beatas virtudes.
Y Dios dice dentro de sí: que este hombre crezca en la fuerza de las virtudes más firmes, multiplicándolas en sí, para que la tierra, es decir los otros hombres, se llenen de todos los colores preciosos de las buenas obras cuando sientan y comprendan a partir de su enseñanza. Entonces se someterán a sus preceptos. El hombre tendrá que ser capaz de dominar sus deseos con gran felicidad, absteniéndose de toda preocupación del mundo, que es vasto como el mar, y practicando las virtudes, y así podrá correr con deseo celeste hacia las cosas del cielo, entrenándose en las virtudes y en aquellas cosas que tienen la fuerza de moverlo al bien, porque la práctica de las virtudes libera el hombre de los deseos ilícitos, que son tantos cuanto vasta es la tierra.
Y dijo Dios: “Os he dado todas las hierbas que producen semillas sobre la tierra y todos los árboles frutales, para que sean comida para vosotros y para todos los animales de la tierra y los pájaros del cielo y todos los que se mueven sobre la tierra, a todo el que vive, para que se nutran de ello”. Y así ocurrió (Gén 1,29-30). Y luego a través del Espíritu Santo Dios todavía dice: “Os doy todos las semillas de las virtudes de que os he hablado, llevan la semilla de mi Palabra haciéndolas crecer por encima del deseo carnal en el hombre vinculado por obediencia. Yo pongo en él todas las virtudes más potentes, que le harán subir a una obediencia siempre mayor y serán para él alimento para el descanso del alma, ya que tienen en si con justo deseo la buena semilla de su estirpe en mi Palabra”. Y así todas las virtudes que se someten a Dios por humildad y actúan como milicia celeste, alejan al hombre de la tierra y lo conducen al cielo, y en aquellos hombres en los que reside la fuerza viviente del jardín del Espíritu Santo, las virtudes estarán en su alma como alimento y él podrá alimentarse de ellas todos los momentos de la vida. Esto ocurre a quien alcanza esta perfección en Dios.
“Y Dios vió todas las cosas que había hecho, y eran todas buenas”. (Gén 1,31). Dios ahora ve que todos los dones del Espíritu Santo son muy buenos, porque en su plenitud todas las virtudes han llegado a perfección. Porque toda virtud sólo en un primer momento está bien en sí misma, pero en la plenitud de la gracia todas las cosas son igualmente buenas porque manifestándose juntas en el hombre todas alcanzan la perfección. “Y fue la tarde y fue la mañana, sexto día.” (Gén 1,31). Y ahora Dios hace que el buen fin resplandezca en el hombre con el buen principio de la sexta virtud, que es la obediencia, como el sexto día.

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