Como, según la interpretación alegórica, la Palabra de Dios que habla a través de los apóstoles, refiriéndose a la Iglesia de la fe católica como si fuera la tierra, que debe producir cuadrúpedos, reptiles, bestias y también el hombre, antepuesto a todos, y como se tienen que entender las diferencias de edad, de inteligencia y de grado de los que viven en la Iglesia. Que significa que los animales hayan sido producidos y el hombre modelado. A qué se refiere o cuál es el objetivo de crecer y multiplicarse.

XLIV. “Y luego dijo Dios: que la tierra produzca toda clase de animales según su especie: ganado, reptiles y bestias salvajes”. (Gén 1,24). Se interpreta así: la tierra, es decir mi Iglesia, produce todas las virtudes de vida, toda clase de virtudes que he instituido a través de la enseñanza de los apóstoles. Todos los que se unan y estén bajo el yugo de la ley, vivan rectamente. Y los que se han vinculado a la abstinencia de los deseos carnales mortifiquen sus cuerpos con vigilias, ayunos y oraciones. Los que le donen a Dios todas sus riquezas, que también le ofrezcan sus almas, eliminando toda ilegalidad en sus obras, y se hagan agradecidos a Dios que los salva, observando las reglas de él ha establecido. Y como los animales de la tierra no violan la naturaleza que se les ha dado, así también el hombre tiene que respetar la naturaleza con que ha sido constituido, sin realizar esfuerzos superiores a su capacidad. Así la abstinencia de las cosas del mundo será perfecta, dedicándose al ejercicio de las virtudes.
“Y Dios hizo a los animales salvajes según su especie y los animales domésticos y todos los reptiles del suelo según su genero” (Gén 1,25). Por gracia de Dios en el Espíritu Santo fueron fundadas en la fe católica todas las grandes virtudes de las instituciones espirituales, las regulaciones de los que viven en el mundo, y las virtudes de cuantos viven en la abstinencia.
Y Dios vio que era bueno, y dijo: “Hagamos el hombre a nuestra imagen y semejanza, y domine sobre los peces del mar y sobre los pájaros del cielo y sobre las bestias feroces y sobre todas las criaturas y todo reptil que se arrastra sobre la tierra” Gen 1,25-26). Del mismo modo Dios vio que todas estas virtudes fueron buenas, y dijo para si: “Ahora hagamos el hombre a nuestra imagen y a semejanza, para que edifique la Iglesia”. ¿Qué quiso decir? Hagámoslo para que la Iglesia sea levantada, erguida y pueda llevar al hombre a su plena edificación. Y el hombre en su ser sea adornado por la razón, es decir hecho a nuestra imagen. Y de ciencia y sabiduría, es decir hecho a nuestra semejanza, para que edifique la Iglesia basándose justamente en las obras de Dios y operando como hombre. Y a la Iglesia, que está inflamada por el Espíritu Santo, le sea dada la ley en mi Hijo, que ha nacido de mi corazón. En la Iglesia, los hombres que tienen la ciencia sean puestos como jefes de las cosas terrenales y obedezcan al evangelio dado por Dios y practiquen las virtudes que vuelan hacia el bien, y pongan al servicio de Dios su cuerpo y su alma, sometiéndose a las reglas de Dios y practicando todas las otras virtudes celestes. Y mortifiquen su cuerpo con la abstinencia de las cosas carnales. De este modo las virtudes humanas se harán perfectas. Las virtudes hacen perfecto al hombre que observa todas las reglas de Dios y que se eleva de la una a la otra como si nunca pudiera estar harto de ellas, alejándose constantemente del mal y moviéndose hacia el bien.
“Y Dios creó el hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó, y los bendijo diciendo: Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla y dominad sobre los peces del mar y sobre los pájaros del cielo y sobre todos los animales que se mueven sobre la tierra” (Gén 1,27-28). Dios ha creado al hombre porque en la Iglesia fuera reconocida su divinidad y también porque en el alma, entre suspiros, cumpla sus obras con las virtudes celestiales, porque por los suspiros del alma la iglesia consigue su adorno hecho con las gemas de las virtudes. Ha creado al hombre a imagen de Dios Hijo, para que cercado de ardiente amor lleve a cabo todo bien en la castidad y con las más elevadas virtudes, y la iglesia de Dios sea perfecta por las obras queridas por él. Así Dios creó a su pueblo de modo que poseyera las virtudes viriles, es decir las propias de las personas de sexo masculino, en las virtudes celestes, y para que viviera en el temor de Dios, en la ansiedad por el alma que vive en el mundo y teniendo cuidado de los hijos nacidos por ellos, que son las virtudes propias de las personas de sexo femenino, para que la iglesia también fuera edificada con ellas.
Y Dios bendijo todas estas cosas con la plenitud de la bendición, la santa Encarnación, ya que el Hijo de Dios se revistió de humanidad y de él brotaron todas clase de virtudes que gotearon con fuerza, tanto la propias de los religiosos como las de los seglares, que recorren el camino de la perfección por amor a Dios, porque Dios es Dios y hombre, y de él brota toda fuerza vital, y por medio del Espíritu Santo aconseja para que los hombres crezcan, reunidos en la Iglesia, en la abundancia de los justos deseos y procedan según el temor de Dios en todo género de vida, y se multipliquen, empeñándose en dar frutos para que las virtudes, siempre renovadas en ellos, no sequen. Y les mandó llenar la tierra, es decir la iglesia, y someterla a Cristo y dominarla haciéndose seguidores del evangelio. Y alejándose de las cosas terrenales se estabilicen en el bien, y elevándose con las alas de las virtudes de vida lleguen hasta el cielo.
Y dijo Dios: “Os he dado todas las hierbas que producen semillas sobre la tierra y todos los árboles frutales, para que sean comida para vosotros y para todos los animales de la tierra y los pájaros del cielo y todos los que se mueven sobre la tierra, a todo el que vive, para que se nutran de ello”. Y así ocurrió (Gén 1,29-30). En la constitución de la Iglesia Dios dijo: "Os he dado y mandado la fe verdadera a través de mi Hijo, a quien visteis nacer sobre una tierra con la fecundidad de una tierra que nunca fue labrada, es decir en el vientre de la Virgen, como flor brotada de tierra intacta. En cambio, mi Hijo llevó la semilla del Verbo de Dios para que fuera sembrada sobre la tierra prometida, la santa Iglesia, que ha sido construida para convertirse en la Jerusalén celeste. Y también estableció una ley para los congregados, que tienen la tarea de propagar su semilla a los pueblos para que aprendan cómo deben vivir en el temor de mis preceptos, alimentándose de la ley para edificación del alma, como el cuerpo se alimenta con las comidas. En efecto mi Hijo dijo: “mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre”. (Jn 4,34).
La cita se tiene que interpretar así: mi comida, para Mí que soy el Hijo de Dios, consiste en someter mi cuerpo a la Pasión, y por su medio conducir al hombre al paraíso del que fue echado, venciendo al diablo según la voluntad de mi Padre. Porque mi Padre me mandó al mundo por esta razón, para salvarlo. Así pues, mandado por el Padre, me encarné en el vientre de la Madre sin necesidad de humor masculino. La comida, por la que soy igual a mi Padre que es eterno, es mejor que cualquier comida con la que alimento mi cuerpo según la carne, cuerpo en el que el Padre celeste quiso que me quedara por cierto tiempo entre los hombres, y hablara con ellos para que puedan volver a la salvación por mis palabras cuando los reconduzca conmigo a lo alto de los cielos. Esta es mi obra, con mi humanidad he redimido a los hombres para hacer que obren como Yo. Hace falta que vosotros os alimentáis de mi ley para que vuestras almas no desfallezcan, porque he establecido para vosotros el tiempo para alimentaros de la ley de Dios, en los que encontraréis los pastos de la vida eterna. Si los observáis no os faltará de nada, sino que viviréis para siempre.
Cuando los hombres que se someten a las reglas del Dios viven practicando las virtudes, también imitan a Cristo en la milicia celeste. Se alejan de las cosas terrenales anhelando devotamente la justicia, y se elevan a la tierra prometida. Suben de virtud en virtud en movimiento hacia el bien, y observan los tiempos adecuados para realizar las comidas, según las constituciones dadas por los maestros.
El pueblo debe, observar según las reglas de ley los tiempos en que se celebren las festividades y los tiempos en que ayunar. Sobre las comidas hace falta pues, mantener esta capacidad de distinguir, para no comer en exceso, sino según las exigencias del momento y para que sean distribuidas a cada uno según la justa medida que el Espíritu Santo enseñará y ayudará a mantener. El hombre cristiano, que es la edificación de la iglesia, debe escuchar estas palabras y sacar de ellas rectas conclusiones. Y pues así fue hecho, porque las palabras de Dios y las virtudes del pueblo cristiano son comida de vida en la iglesia.
Y Dios vio todo lo que había hecho” (Gén 1,31), es decir aprobó todos los preceptos que había dado y los tiempos establecidos por todas este virtudes, y “era muy bueno” (Gén 1, 31), porque han sido realizados en la plenitud de la gracia de Dios omnipotente, nuestra esperanza, de modo que no les faltara nada. En efecto, en un primer momento cada virtud individual era buena individualmente, pero en la plenitud de la gracia todas fueron igualmente buenas, apareciendo todas iguales, lo mismo que un banquete es perfecto cuando está compuesto de muchas cosas de forma equilibrada.
“Y fue la tarde y fue la mañana, sexto día”, (Gén 1,31). El movimiento inestable que había en la Iglesia cuando sufría todavía la debilidad de los primeros tiempos antes de la constitución de los preceptos, empezó a declinar ante la mañana en que brilló esplendorosamente la justicia cuando las leyes fueron establecidas, como el día se refuerza con los rayos del sol cuando el sol realiza su órbita. Así fue el sexto día, ya que el pueblo cumplió los preceptos de Dios según su voluntad y según la doctrina de sus maestros en la Iglesia, como en la sexta luz de la fe vigorosa. También hay otra interpretación:

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