Cómo se tienen que poner en relación con la vida moral las cosas que se atribuyen a la obra del quinto día y a la bendición de Dios sobre su misma obra, valiéndose del testimonio del profeta a Isaías donde dice: “¿Quiénes son los que vuelan como nubes, y como palomas hacia sus palomares?”. Como debe ser entendido esto.

XLII. “Y Dios dijo: Las aguas hormigueen de seres vivientes y que los pájaros vuelen sobre la tierra, bajo el firmamento del cielo”. (Gén 1,20). Se interpreta así: A través del Espíritu Santo Dios enseña que los dones espirituales tienen que encontrar fundamento estable en las mentes de los hombres para que, ateniéndose estrechamente a ellos, se libren de las preocupaciones del mundo. Así, estos hombres, comparables a las aguas, producen los animales que se arrastran, es decir, las virtudes. Se trata de las almas que viven en la vida contemplativa, y sus virtudes vuelan, elevándose por amor a Dios por encima de las reglas de vida del mundo que son comunes a todos. Ascenderán a la cumbre de la más alta justicia y serán fecundos como las semillas, igual que el campo de buena tierra que produce mies abundante de la semilla en él sembrada. Como dice mí siervo Isaías: ¿Quiénes son los que vuelan como nubes, y como palomas hacia sus palomares? (Is 60,8), que se interpreta así:
¿Quiénes son ésos que, despreciando las cosas terrenales, reniegan de si mismos y se apresuran con la mente hacia el cielo, y se consideran con la sencillez de las palomas, y dirigen a Dios la mirada? ¡Ay, cuán grande es su premio cerca de Dios, porque no miran nunca atrás, sino solo lo adoran con toda devoción!
Dios conoció de antemano su obra antes de comenzar la creación, pues creó el cielo y la tierra y entre ellos puso todo el resto de la creación según lo que era necesario para cada criatura. Y así representó a través del agua la vida espiritual y a través de la tierra la vida corporal, ya que todo lo impuro se purifica en el agua. Así también el cuerpo tiene la vida del alma, y aunque el hombre pueda tocar el cuerpo pero no el alma, a pesar de eso sabe que tiene la vida de ella y sin embargo ignora qué es y como está hecha, porque en esto su ciencia es escasa, aunque sabe que la tierra se cubre de verde a causa del agua que retiene en sí y por la cual es invadida.
Dios hizo algunas criaturas para ayudar a su obra, es decir el hombre, a actuar. En efecto el hombre obra a través de ellas, y por tanto también señaló en las criaturas cuantas posibilidades tiene el hombre de cumplir los deseos de su alma inmortal, cuyos suspiros vuelan al cielo porque ella tiene la misma naturaleza del viento. Quien asciende, lo hace porque desea aquello a lo que asciende. Y así el alma clama con sus deseos para que Dios le dé la virtud de obrar, y ya que Dios lo aprueba, concede al alma aquello que le pide. Pero cuando baja hacia abajo, entonces obra lo que quieren la concupiscencia de la carne y su gusto, y de este modo se causa una doble aflicción, sufre los tormentos de la carne cuando sube hacia Dios, pero cuando se entrega al cumplimiento de los deseos carnales todavía es más afligida, porque es consciente de que no puede aspirar al deseo del cielo.
Por esta razón Dios da al hombre la facultad de juzgar A las criaturas, tanto a las visibles como a las invisibles, como por ejemplo el cuerpo, que es visible, y el alma, que es invisible, y de elegir lo bueno gracias a esta unión. El cuerpo se alimenta de las criaturas, y el alma, que estimula a comer moviendo a la carne por el sentido del gusto, sin embargo con sus suspiros hace que el cuerpo no se ahogue con el exceso de comida y provoque que el alma no sea capaz de suspirar. En esta obra mixta, el alma obra de modo que el cuerpo con su soplo vital se alimente correctamente, ya que si come más allá de la medida, las fuerzas del alma se dispersan, pero si se le niega la justa comida con una abstinencia excesiva, el diablo exalta la soberbia en el hombre convenciéndolo de poder subir al cielo, para luego hacerlo caer en ruina precisamente por causa de esta soberbia. Dios odia las francachelas pero no aprueba tampoco la abstinencia irracional. Así pues, los fieles tienen que imponerse la justa medida en ambas las circunstancias; todas las virtudes tienen que estar bajo el discernimiento como si estuvieran bajo el firmamento del cielo, y éste tiene que gobernarle de modo que ni por la aprobación de los otros ni por la misma soberbia la mente suba más para arriba de lo que puede soportar, y tampoco caiga, al cumplir los repetitivos deberes del mundo, por debajo de lo que establece la norma dada por Dios.
“Y luego Dios creó los grandes cetáceos y todos los otros animales que se mueven, que fueron producidos por las aguas cada uno según su propia especie, y todos los pájaros según su género”. (Gén 1,21). Dios crea en los hombres las grandes virtudes, es decir la virginidad y la castidad, por inspiración del Espíritu Santo. Y elimina en ellos la soberbia y el placer carnal, haciendo que deseen el amor ardiente de Dios y que los hombres repriman en si los placeres carnales como si hubieran muerto. Y todas las virtudes del alma viviente, que persisten incluso en la inestabilidad de la vida elegida, las refuerza en ellos, de modo que no se contaminen en el acto de la unión sexual, porque ello conviene a la naturaleza humana. Estas son las virtudes vivientes que siguen al Cordero, que no se contaminó nunca por ninguna mancha de iniquidad, y que mueven hacia un bien mayor a quién se abstiene de casarse, que en cambio el mundo solicita. Estas ilustres virtudes producen virtudes diferentes en la multitud que las práctica, una es la castidad, la otra la continencia, y a ellas se asocian todas las otras virtudes que suben al cielo como una palmera, en toda su variedad.
“Y Dios vio que era bueno, y los bendijo diciendo: Sed fecundos y multiplicaos y llenad las aguas de los mares, y que los pájaros se multipliquen sobre la tierra” (Gén 1,21-22). Dios vio que estas virtudes fueron muy buenas y en ellas se complació con gran dulzura, porque son las virtudes que llevan a imitar al Hijo de Dios. Y ya que Dios creó al hombre para que obrara el bien, pero éste descuidando el bien obró el mal, Dios quiso que su Palabra se hiciera carne, para poder anunciar en su bondad la plenitud de la justicia que Adán había abandonado. Por tanto este pueblo lleva junto al Hijo de Dios sus ejemplos y con ellos muestran su santa divinidad, y estas virtudes son bendecidas porque tuvieron origen en él.
Y he aquí que la virtud de Dios dice: “Estas virtudes, que han comenzado la imitación a mi obra, crezcan, y se multipliquen en ellas las semillas de las obras buenas, y llenen a los hombres que dudan en la inestabilidad de la carne, para que debido a la fuerza divina se manifiesten en ellos virtudes más fuertes que la fragilidad de la carne, y estas virtudes volando sobre la tierra, es decir en el hombre, se multipliquen, para que la debilidad de la carne sea sometida a su fuerza”.
“Y fue la tarde y fue la mañana, quinto día” (Gén 1,23). Como se ha dicho, el buen final estará en Dios junto al buen principio de la quinta virtud, que es el desprecio del mundo, como el quinto día.

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