Palabras del Evangelio sobre las muchas moradas que hay en la casa del Padre. Sobre los dos tipos de hijos de la Iglesia, los religiosos y los seglares.

XL. “En la casa de mi Padre hay muchas mansiones” (Jn 14,2). Se interpreta así: El Hijo de Dios, al prometer la vida eterna a aquéllos que tienen fe en él, dijo: “En la casa del cielo, que pertenece a mi Padre, hay muchas mansiones según el mérito de cada hombre, de tal manera que cada uno tendrá su aposento, según como en la vida corporal haya amado y buscado a Dios”.
Dios se complace en quien reniega de sí mismo actuando como si no fuera un hombre, y aunque no logra librarse completamente del gusto de los pecados en la vasija del propio cuerpo, sin embargo reconduce la victoria sobre sus deseos corporales por amor a Cristo y por la esperanza de la verdadera fe en su pasión. Este hombre da asentimiento a su espíritu más que a su carne. Su morada se engalana con innumerables decoraciones por el empeño con que lucha contra sí mismo para alcanzar la victoria. Por cada uno de estos afanes recibirá un premio y gozará como gozan las cítaras vivientes, porque Dios no olvida a ninguno de los que se empeña en estas empresas pesadas pero espléndidas. Y si todas las armonías celestes admiran a Dios y lo alaban, también el hombre terrenal, que viene de la tierra, gracias a la fe puede hacer llegar su mirada hasta aquella altura en la cual Dios reside. Y la misma alabanza suena por encima del cielo con muchos instrumentos musicales diversos, para celebrar las maravillas que Dios obra de ese modo en el hombre.
El hombre en quien Dios obra, es de aquéllos que, habiendo dejado el mundo, con el rocío del Espíritu Santo llenan el mundo entero de buenas convicciones y con la gracia del mismo Espíritu atraen a sí a una multitud de hombres, para hacerlos renacer en Dios a través de sus palabras y obras. Este hombre está lleno de alegría respecto a todo. Y como el agua, que es necesaria a los hombres porque provee a todas sus necesidades, así este hombre es un sostén para todo el resto del pueblo.
Por otra parte, tal como la fecundidad de la tierra se manifiesta en la generación, así Dios ha establecido que los hombres sean engendrados el uno por el otro. Y como el mismo Dios al principio de la creación creó la tierra y las aguas, así quiso que también los hombres fueran divididos en dos partes, una para engendrar a hijos, la otra para que se abstuviera de la procreación vistiendo la túnica del Hijo de Dios. Y a los laicos que en el nombre de Dios escuchan a sus maestros que los custodian como los ángeles a los hombres, también los adorna Dios con todos los gozos de la alegría celeste según sus méritos. Por esto también los religiosos se complacen mucho con los seglares, del mismo modo que los ángeles disfrutan de los religiosos, porque todos están como asociados.

 

La bendición dada por Dios a los peces y a los pájaros para que se multiplicaran se cumple en la generación espiritual de los bautizados y en la fecundidad de las virtudes de cada fiel. Por qué esto se adscribe al quinto día.

XLI. “Y Dios vio que era bueno, y los bendijo diciendo: Sed fecundos y multiplicaos y llenad las aguas de los mares, y que los pájaros se multipliquen sobre la tierra” (Gén 1,21-22). Dios vio que estaba bien que los justos renunciaran a sí mismos y a su propia voluntad, y con la bendición interior del corazón los bendijo en el nombre de su Hijo, que les dio este ejemplo, y dijo: “Que estas virtudes crezcan en Dios y se multipliquen en el bien, y llenen las aguas vivas que corren como torrentes, es decir los apóstoles, y con su ciencia ellos produzcan los arroyos de la Escritura de Dios en la Iglesia, que es el mar de cristal y fuego, para que en los hombres se produzca el recuerdo de la Encarnación del Dios y el desprecio de este mundo. Y los pájaros, el pueblo de los religiosos, se multipliquen sobre la tierra de la Iglesia, que es figura de la Jerusalén celestial, que se llenará cuando al final de los tiempos la Iglesia misma se extinga.
“Y fue la tarde y fue la mañana, quinto día”. (Gén 1,23). Es decir, como el pueblo cristiano sólo se ocupaba de las obras del mundo, empezó a declinar como el anochecer, hasta el principio de aquel día fuerte en qué practicó la abstinencia, el ayuno y el desprecio del mundo. Todo eso fue confirmado en la quinta luz de la verdadera fe por obra de Cristo, para que la Iglesia fuera edificada con la bendición de Dios, como lo fue el quinto día. También hay otra interpretación:

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