Dios mandó al mundo a su Unigénito, por cuya predicación fueron dados los sublimes preceptos de la vida celeste, a través de los que los hombres espirituales fueron distinguidos por los hombres carnales. Palabras del evangelio sobre la necesidad de abandonar todas las cosas, con un esmerado comentario que atañe a la enseñanza de la disciplina evangélica.

XXXIX. Y Dios dijo: “Que las aguas hormigueen de seres vivientes y los pájaros vuelen sobre la tierra, bajo el firmamento del cielo” (Gén 1,20). Se interpreta así: Dios a través de la predicación de sus discípulos dijo a la Iglesia: Ahora propondremos preceptos más precisos basados en la abstinencia, para que con vigilias, ayunos y plegarias, viviendo en la fe de Cristo, produzcan la separación de las cosas terrenales. Y que bajo el firmamento del cielo, que es Cristo, con las más altas plumas de la virtud como las vírgenes y las viudas, vuelen en la Iglesia y sigan las cosas celestes.
“Y luego Dios creó los grandes cetáceos y todos los otros animales que se mueven, que fueron producidos por las aguas cada uno según su propia especie, y todos los pájaros según su género”. (Gén 1,21). Es decir Dios presenta a su único Hijo Encarnado, en el que tuvo principio el Evangelio, donde dice: Quien deje casa, hermanos y hermanas, padre y madre, mujer, hijos, y campos por mi nombre, recibirá cien veces más y tendrá en herencia la vida eterna (Mt 19,29). Se interpreta así: Todo fiel que deje la casa, es decir la propia voluntad, y los hermanos, es decir los deseos de la carne, y las hermanas, es decir el gusto de los pecados, y el padre, es decir el placer carnal, y la madre, es decir el abrazo de los vicios, y la mujer, es decir la codicia, y los hijos, es decir el hurto y la rapiña, y los campos, es decir la soberbia, por la gloria de mi nombre, considerando que soy el Hijo de Dios y el salvador de los hombres, recibirá en su vida corporal cien veces más en paz de espíritu, ya que habrá alejado de sí todas las preocupaciones mundanas y me habrá seguido a Mí. Con todas estas cosas se encontrará en el curso de su servicio.
La primera cosa por abandonar es la casa, es decir la voluntad propia, en la que tranquilamente el hombre hace lo que quiere, como quién está tranquilo en casa propia. Luego los hermanos, es decir los deseos de la carne, que están junto a la voluntad propia. Y luego las hermanas, es decir el gusto de los pecados, que siempre y en todo sitio sigue a los deseos de la carne. En seguida el padre, por el cual se pone de manifiesto el placer carnal, que lleva a gustar de los deseos de la carne. Y después de todos está la madre, es decir el abrazo de los vicios, que está unido estrechamente al placer carnal en todas las cosas. Y luego la mujer, es decir la codicia, que une al abrazo de los vicios sin nunca llenarse, como hace el marido que ha tomado mujer y recae continuamente en la codicia y en la necesidad. Y después de los hijos, es decir el hurto y la rapiña, que siguen a la codicia, como hace quien quiere acumular riquezas por los mismos hijos. Y por fin los campos, es decir la soberbia, que se afana a defender el hurto y la rapiña, ya que cuando uno se apodera impunemente de cosas adquiridas con injusticia, empieza a engreírse y a ponerse arrogante.
Pero cuando los fieles rechazan todo esto de sí, reciben en gran abundancia algo mejor, como se ha dicho, y poseen la vida eterna inagotable en la felicidad, porque por amor de Dios eligen no pertenecer ya al mundo y aspiran a las cosas celestes. Y quién se abandona a sí mismo y su estirpe y sus hijos por Dios, como hizo Abraham, y sólo tiene vista para la divinidad y la espera de todo corazón, recibirá una recompensa cien veces más grande, como se dice a propósito de Maria Magdalena: “Muchos pecados le han sido perdonados, porque ha amado mucho” (Lc 10,42), porque, humillándose ella misma de la cabeza hasta la planta de los pies, fue recompensada ampliamente con singulares mercedes. Por que quien hace como ella recibirá como adornos todos los afanes soportados, como la obra del artífice está decorada con elegancia, y al final alcanzará las alegrías del cielo.
Estas cosas las ignoró la vieja ley, porque todavía no había llegado la humanidad del Salvador, pero la ley nueva las encerró todo fielmente en sí. Ya que el Hijo de Dios, que fue engendrado en el fuego del Espíritu Santo por su Madre en la cual la concepción humana fue extraña, enseñó la recta concepción de la vida espiritual, es decir que el hombre se imponga límites y se santifique, y eligiendo este modo de vida, viva en sociedad con los ángeles. Porque fue el Hijo de Dios con su humanidad el que liberó al hombre y lo recondujo a las alegrías del cielo.
Dios además creó la vida de las virtudes, que residen en la mente viva de los hombres que se elevan por encima de la tierra, y son móviles porque no dejan nunca de convertirse del mal al bien y proceden de virtud en virtud hacia la perfección. Estas virtudes produjeron aquellas aguas sobre las cuales vino el Espíritu Santo, y que en los apóstoles originaron que, como ejemplo de bien, se pusieran a la cabeza de las gentes y enseñaran cómo se vive la vida celeste, que vuela para arriba como las nubes, superando todas las cosas terrenales por el poder de las virtudes, como dice mi Hijo en el Evangelio:

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