Según la interpretación metafórica se tiene que entender por firmamento el discernimiento de la razón, con las dos grandes lumbreras, las dos reglas de la caridad, con las estrellas de los rectos pensamientos, así que cada fiel iluminado por todas estas cosas sea cuidadoso al discernir que honor y gracia corresponde a Dios, y que debe a las necesidades propias y a los demás, respecto a la salvación del alma y a las exigencias del cuerpo.

XXXVII. “Y Dios dijo: haya luceros en el firmamento del cielo, que dividan el día de la noche, y sirvan de señales para las estaciones, los días y los años, y resplandezcan en el firmamento del cielo para iluminar la tierra. Y así ocurrió”. (Gén 1,14-15). Se interpreta así: Dios habló por boca del Espíritu Santo, diciendo: “Cómo regalo del Espíritu Santo sean hechos en el discernimiento dos lumbreras, que permitan apreciar si el hombre quiere a Dios y al próximo como a si mismo”. ¿Como podrá hacerlo? Lo hará si con todo el alma se dirige firmemente a Dios y no busca a otro dios extraño por falta de fe, dirigiendo a Dios a su mirada con fuerza viril. Tendrá que querer su prójimo como a sí mismo, proveyendo con cuidado todas las necesidades que atañen a su persona, porque es una persona y es su hermano en la humanidad. Nunca lo despreciará como si fuera una criatura vil que hay que someter, más bien tendrá que acogerlo benévolamente como amigo, porque Dios los ha hecho a ambos seres iguales. También debe guardarse extremadamente en tener parte en la muerte del alma del otro consintiendo en su pecado, y esto para no matar su propia alma junto con la del otro.
Estas lumbreras resplandecen en el firmamento del cielo, es decir en el discernimiento racional, para que el hombre dotado de discernimiento pueda reconocer correctamente el día, es decir en qué honor tiene que tenerme a Mí, Dios omnipotente, en los deseos del alma, y como tiene que suspirar de alegría dirigiéndose a Mí entre lágrimas.
La noche, es decir la tiniebla que encierra el cuerpo cuando se ocupa de cosas terrenales, que son necesidades suyas y de su prójimo, la ilumina con el discernimiento, sin alejarse de la esperanza del cielo por las cosas de aquí abajo, pero también sin siempre estar vuelto al cielo entre suspiros. Estas dos lumbreras también son señales de su vida interior, y le enseñen cómo suspirar, rogar y llorar vuelto hacia Dios, y como tiene que invocar la ayuda del Espíritu Santo. Para eso están las estaciones, para que sepa cómo comportarse hacia sí mismo y hacia los demás. También están los días dedicados a la fe, para que todas sus obras resplandezcan en Mí, y también están los años, para que observe las fiestas anuales, comience a practicar siempre las obras buenas hacia Dios y hacia el prójimo, lleve siempre a cumplimiento el bien según la ley divina y en todo momento de su vida dé el buen ejemplo a su prójimo observando los dos preceptos del amor.
Estas lumbreras resplandecerán en el firmamento del cielo a través de los preceptos mencionados, es decir en el discernimiento de la razón, y todas las luces de su obrar iluminarán la tierra, es decir el hombre para que resplandezca ante Dios con la mente y con el cuerpo. Esto podrá ocurrir en el hombre por el arrepentimiento que enciende el amor a Dios y al prójimo, por el cual conseguirá el pleno discernimiento según Dios.
 “Dios hizo dos lumbreras grandes: la lumbrera mayor, para regular el día y la lumbrera menor, para regular la noche y las estrellas. Dios las colocó en el firmamento del cielo, para iluminar la tierra, para regular el día y la noche y para separar la luz de las tinieblas” (Gén 1,16-18). Dios hace de modo que el hombre, por inspiración del Espíritu Santo, quiera con todas sus fuerzas y contemple la lumbrera mayor, para que esta luz presida el día, es decir la verdadera fe, que resplandece delante de los ojos de Dios, porque el hombre no puede ver a Dios con los ojos exteriores, sino que llega a Él a través de la fe en la interioridad del alma.
Por tanto, hizo la lumbrera menor, es decir el amor al próximo que es menor que el amor a Dios, porque el hombre puede contemplar a Dios solo en la interioridad del alma y con la totalidad del deseo, pero al próximo lo ve cara a cara, con los ojos exteriores, y puede tocarlo, y sin embargo este otro amor preside la noche, porque la visión de este mundo es una visión nocturna, y no es inmune al pecado. Y Dios pone las estrellas, es decir los pensamientos rectos y buenos, en el firmamento, es decir en el discernimiento del hombre, para que al considerar todas las cosas comprenda lo que es bueno y útil, y su ciencia no se ofusque por las tinieblas de la ignorancia, y para que vigile sobre la debilidad del cuerpo, gobernándolo, y sepa reflexionar sobre las cosas que hay que hacer, antes de actuar. La reflexión debe realizarse a la luz de la justicia y considerando las necesidades del cuerpo, para que el hombre las ordene rectamente y logre distinguir la luz de la justicia de Dios de la oscura necesidad del mundo y del cuerpo, anteponiendo aquella a éste.
“Y Dios vio que era bueno”. (Gén 1,18). Es decir aprobó el modo en que se disponía con justicia su casa, complacido de que a través de las obras el hombre obedece sus reglas y se reconcilia con Él.
“Y fue la tarde y fue la mañana, día cuarto”. (Gén 1,19). El mismo Dios propicia en el hombre un buen final con el inicio de la ley, porque proporciona para este término todas las virtudes. Porque si el fin no es bueno, la obra iniciada se troncha y está destinada a morir, como un árbol inútil cuyas ramas están verdes y han empezado a florecer, pero no llevan frutos. Y lo mismo que aquel árbol ha de ser cortado, si continúa de este modo, así también será desarraigado por Dios el hombre que comienza a obrar en el bien pero no lleva a término lo que ha iniciado, porque Dios no tiene en cuenta las buenas obras iniciadas pero no terminadas. En los pueblos de los creyentes, a los que se dado los cuatro elementos para que se sirvan de ellos, esta cuarta virtud, es decir el amor a Dios y al próximo, se cumple como el cuarto día, y el mandamiento del amor deben observarlo tanto religiosos como laicos.

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