Como se tiene que entender palabra por palabra lo que está escrito: “Dios dijo: Que haya luces en el firmamento del cielo” y todo el resto hasta: “Y fue la tarde y fue la mañana, cuarto día”.

XXXV. “Y Dios dijo: Haya luceros en el firmamento del cielo, que separen el día de la noche, y sirvan de señales para las estaciones, los días y los años, y resplandezcan en el firmamento del cielo para iluminar la tierra. Y así ocurrió”. (Gén 1,14-15). Se interpreta así: Por disposición divina el firmamento iluminado mostraba la belleza y la gloria de la obra de Dios, como el alma embellece y glorifica al cuerpo, aunque eso será después del fallecimiento, debido al pecado transmitido en la concepción. Sin embargo, cuando el hombre sea resucitado y renazca, será transformado a la manera de los cuerpos celestes.
Dios les dio sus funciones a las lumbreras del cielo y las dividió, asignando parte al día y parte a la noche, y así del alternarse día y noche depende la disposición de todo lo que es necesario al hombre, y éste puede conocer con la razón, por las señales de aquellas lumbreras, las características de cada criatura, y como determinar el tiempo y denominar los días, las noches y los años sobre la base de cada señal. Las lumbreras se ven resplandecer en el firmamento e iluminan la tierra y todo lo que está en ella, y todas estas cosas están dispuestas tal como Dios las mandó mostrarse.
“Dios hizo las dos lumbreras grandes: la lumbrera mayor, para regular el día, y la lumbrera menor para regular la noche, y las estrellas. Dios las colocó en el firmamento del cielo, para iluminar la tierra y para regular el día y la noche y para separar la luz de las tinieblas” (Gén 1,16-18). Dios, a través de su Verbo, hizo resplandecer las dos grandes lumbreras y puso la mayor en el día, la menor en la noche. La primera siempre permanece igual, no crece ni disminuye, mientras que la otra moviéndose por los signos del firmamento, los astros, crece y después mengua. En estas dos lumbreras Dios prefiguró el modo en que habría hecho su obra, el hombre, compuesto de dos naturalezas. El hombre, en efecto, es celeste en la ciencia del bien y terrestre en la ciencia del mal. La ciencia del bien que viene de Dios es celeste y nadie la puede conseguir con la reflexión de la razón, aun cuando el hombre sea superior a los animales que se arrastran sobre la tierra, que se parecen a la ciencia mala porque, reforzados por la tierra, por la noche se arrastran atrevidamente sobre de ella y gozan estando en la suciedad.
En realidad la ciencia del mal, incluso cuando está en la suciedad de los pecados, sabe que es inferior a la ciencia del bien y, aunque la aborrezca, sabe que sólo aquélla es justa. En cambio la ciencia del bien socorre a quien combate vigorosamente contra la ciencia del mal y, si ha caído, lo levanta con la penitencia, y no deja nunca de reforzarlo para que no vuelva a probar el gusto del pecado. Porque la ciencia del bien es como el día, mientras la ciencia del mal es como la noche, razón por la que esta última goza en el mal y cumple el mal, porque el placer precede al pecado. Estas dos ciencias enseñan a todos a distinguir las cosas puras de las impuras. El día conoce la noche y la rehúye, igual que la noche conoce al día y también lo rehuye, del mismo modo la ciencia del bien está lejos de la mala, y la mala se aleja de la buena porque se aborrecen recíprocamente. Por lo tanto, el hombre es celeste y terrestre, porque cuando el cielo fue perturbado por la caída del ángel, Dios lo reparó con la vil naturaleza de la tierra, y así la tierra se ha convertido en el fundamento del cielo y el cielo es refundado sobre la tierra, éste es un milagro más grande que los producidos en la caída del primer ángel, ya que el hombre hecho de tierra es la plenitud de la obra de Dios.
Las estrellas se inflaman con la luna como la llama del fuego, e invaden todo el firmamento con su luz resplandeciente como una llama que resplandece tras un tamiz, y así iluminan a toda la tierra, y hasta al final de los tiempos quedarán en la posición en que han sido colocadas. Cuando la luna es menguante parecen más resplandecientes que cuando es creciente, más bien, con la luna creciente no se pueden ver perfectamente porque su resplandor es mucho más fuerte y nítido. Ayudan al sol, escoltándolo hacia el día, como van en ayuda de la luna para iluminar la noche, y así separan la luz de las tinieblas y están al servicio del día y de la noche.
Y Dios vio que era bueno, es decir, aprobó el hecho que su obra se completara en una esfera que exhala luz, lista para su función y dotada de belleza, para poner en fuga a las tinieblas. “Y fue la tarde y fue la mañana, día cuarto” (Gén 1,19) porque los cuatro elementos, es decir el fuego, el aire, el agua y la tierra aparecieron por gracia de Dios, ocultos en todas las cosas compuestas por ellos. Según otra interpretación.

 

Según la interpretación alegórica el firmamento significa la firmeza de la fe cristiana, las dos grandes lumbreras significan los dos poderes, el espiritual de los sacerdotes y el secular de los reyes. Las estrellas menores que están bajo de ellos, significan los prelados o los jueces, que están todos colocados para iluminar la tierra, instruyendo día y noche a la Iglesia, y a los hombres espirituales con la luz de la doctrina y los ejemplos, y obligando a los hombres carnales con la sanción de la justicia.

XXXVI. “Y Dios dijo: Haya luceros en el firmamento del cielo, que separen el día de la noche. Y sirvan de señales para las estaciones, los días y los años, y resplandezcan en el firmamento del cielo para iluminar la tierra. Y así ocurrió”. (Gén 1,14-15). Se interpreta así: Dios habló por medio del Espíritu Santo al corazón de sus discípulos diciendo: Que haya sacerdotes y doctores que iluminen la Iglesia en el nombre de mi Hijo, porque ha sido edificada sobre una firme roca, es decir sobre Cristo, piedra de la que derivó la justicia de la verdadera fe. Y que estos sacerdotes sean enviados a toda la Iglesia, para iluminarla de modo que separen con sus palabras el día, es decir la salvación de la fe, y anuncien aquella felicidad que todos los pueblos podrían conseguir si les obedecieran.
Y también hace falta que den a conocer al pueblo la noche, es decir los tormentos eternos que corresponden a quien no cree, y además, que los doctores demuestren estas cosas con señales diferentes, de modo que se le enseñe las reglas que hay que respetar, las fiestas que hay que celebrar, el tiempo de los ayunos obligatorios y los días de perdón según la ley de Dios, para que observen las reglas establecidas en el año litúrgico. Y aquellos preceptos, a causa de fe, resplandecerán en el cielo, es decir en mi Hijo, porque seguirán a los ángeles que cantando las alabanzas de Dios iluminan la Iglesia, tierra de los vivientes. Y así ocurrió. “Dios hizo las dos lumbreras grandes, la lumbrera mayor, para regular el día y la lumbrera menor, para regular la noche y las estrellas. Dios las colocó en el firmamento del cielo, para iluminar la tierra y para regular el día y la noche y para separar la luz de las tinieblas” (Gén 1,16-18). Dios hizo las dos grandes lumbreras que eran necesarias en la iglesia: la lumbrera mayor para que presidiera al día, es decir los maestros espirituales de rango más elevado, que son los jefes de la Iglesia, como una luz para los ojos de los fieles, para que los otros maestros espirituales, los de rango menor, estén sometidos y vinculados a sus reglas como el buey al yugo, y no caigan en las garras del ave de rapiña, el diablo, mientras vagan errabundos y sin pastor.
E hizo la lumbrera menor, es decir los reyes y demás potentados del mundo, para que como la noche presidan a los asuntos terrenales y a los pueblos, oscurecidos muchas veces por las tinieblas del pecado. En efecto, muchas veces asoma en ellos el placer sensible de la carne, que tuvo origen en Adán, y entonces se pierden en elucubraciones sobre las cosas que pueden hacer, y no juzgan rectamente por sí, y se esconden al justo juicio divino. Y luego Dios hizo las estrellas, es decir los que ejercen cometidos menores y dependen de los príncipes de rango más elevado, para que iluminen la tierra viviente, es decir la Iglesia, para que en todo lugar en que ella se encuentre se base en la piedra angular que es Cristo. Estos tienen que presidir a cuantos están en la luz, es decir a los que viven rectamente, y a cuantos están en la sombra, es decir a los que se pelean en el mal, juzgando según sus obras a los que están en la luz y según sus malvadas acciones a los malos.
“Y Dios vio que era bueno” (Gén 1,18). Es decir ordenó de buen grado que la iglesia se ordenara jerárquicamente, para que la doctrina de los sabios iluminara a la gente simple y los pecadores fueran corregidos por el castigo de los rectores.
“Y fue la tarde y fue la mañana, cuarto día”. (Gén 1,19). Con las órdenes dadas por Dios a la iglesia, al cuarto día empezó a disminuir aquella inestabilidad que tenía cuando los cristianos todavía no tenían pastores espirituales y regentes temporales, y la confusión reinaba en aquella oscuridad. Se encaminaron hacia la aurora de la estabilidad, que resplandece en la iglesia cuando ella se afianza en la luz de la verdadera fe y de todas las virtudes, a través de la práctica de las obras santas. Y todavía hay otra interpretación:

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