Como las cosas que fueron hechas en el tercer día según la narración histórica se reconocen alegóricamente en las costumbres de los hijos de la Iglesia. Referencia a una oportuna cita del Evangelio, y de qué manera debe ser entendida.

XXXIV. “Que las aguas que están bajo el cielo se reúnan en un único lugar y aparezca lo seco. Y así ocurrió”. (Gén 1,9). Se interpreta así: Cuando el corazón del hombre llega al arrepentimiento, Dios le ordena que todas las necesidades del cuerpo estén sometidas al discernimiento, se rijan por una regla única y se serenen. ¿Como es posible? El hombre no tiene que excederse en la comida, en la bebida, en los adornos inmodestos de los vestidos, en cultivar pensamientos retorcidos, investigando cosas para vanagloria de sí mismo, sino tiene que tener presente sólo las necesidades del cuerpo. ¿Cómo)? El cuerpo debe ser nutrido con moderación para que el alma pueda gozar cuando se conforta rectamente y para que pueda cumplir su camino hacia la justicia, de modo que no se hunda en un precipicio a causa de la excesiva abstinencia, ni le oprima la superfluidad producida por la falta de moderación. Todas estas cosas se realizarán en el hombre si sigue los consejos del Espíritu Santo acogiéndolos con mente serena.
“Y Dios llamó a lo seco, tierra y llamó mares a la masa de las aguas” (Gén 1,10). Con este consejo Dios insiste al hombre con la santa humildad, para que se denomine el mismo con el nombre de tierra pobre y árida a causa de las muchas necesidades del cuerpo, y también para que se lamente por relacionarse con las circunstancias del mundo que yacen latentes en tales necesidades, y se reconozca vacilante como las olas del mar y por tanto se mantenga en la humildad, considerándose indigno de recibir las alegrías espirituales.
“Y Dios vio que era cosa buena, y dijo: Que la tierra produzca la vegetación, hierba que dé semillas y árboles frutales de toda clase, que den fruto y semilla a la tierra” Y así fue. (Gén 1,10-11). Dios, en el abrazo de la dulce y profunda humildad, viendo que el hombre llega a despreciarse a causa de las cosas terrenales, que pueden infectarlo a causa de su fragilidad, dice por consejo del Espíritu Santo: “Ya que el hombre ha acogido el arrepentimiento del corazón y el discernimiento del bien y el mal, y reconociéndose tierra, se ha puesto de rodillas frente a la santa humildad, ahora fructificará amorosamente cargado de virtudes, para que en sus pensamientos y en las obras no sucumba a los deseos carnales, aunque tiene en el cuerpo una savia que lo atrae sin parar hacia de ellos, y lo induce a pecar”.
Si tiene por costumbre hacer buenas obras, fructificará, absteniéndose de aquellos deseos y corrigiéndose según las palabras de los doctores de la Iglesia, y luego podrá elevarse hasta las virtudes más firmes, que producen frutos según la doctrina de los maestros. ¿Cómo puede hacer esto? El hombre tiene que examinar a fondo qué es el bien y qué es el mal, siguiendo la enseñanza de los doctores de la Iglesia, y actuar en acuerdo con su doctrina, para que los instrumentos de aquellas virtudes que ha iniciado a practicar, estén en él como la semilla de la palabra de Dios, y esta semilla sea puesta en la tierra, es decir en el hombre. Y así ocurrirá que los consejos divinos que ha acogido con ardor, alcancen en él la perfección del amor de Dios.
“Y la tierra produjo vegetación, hierbas que producen semillas, cada una según su misma especie, y árboles que producen fruto con semilla, cada uno según su misma especie” (Gén 1,12). El hombre interiormente instruido por el Espíritu Santo encuentra en su corazón el reverdecer de la abstinencia, limita los placeres de la carne y profiere palabras de arrepentimiento cuando, haciendo caso al consejo que le enseña sus límites, aspira sin cesar a Dios. En efecto, todas las virtudes son áridas, si las palabras de arrepentimiento no ha puesto sus raíces en la interioridad del hombre, como dice el Salvador en el Evangelio: “Otra parte cayó sobre la piedra y apenas nacida se secó, por falta de humedad”. (Lc 8,6). Se interpreta así: la semilla de las palabras de la doctrina del Espíritu Santo se siembra en la tierra, para que el hombre reciba de ella el alimento del alma. Pero ya que los dones del Espíritu Santo son múltiples y diferentes, uno puede caer en el corazón duro de los incrédulos, que lo reciben a menudo casi llorando pero sin embargo no dan el fruto de la devoción, porque están privados de la savia de la dulzura, del mismo modo que la tierra, cuando no tiene humedad, es infecunda e incapaz de producir frutos.

Dios creó todas las criaturas para que el hombre, conociéndolas, pudiera elegir las útiles y rechazar las inútiles, como la tierra, donde es blanda y está penetrada de humedad, da frutos, pero dónde carece de humedad y es dura y pedregosa no puede dar frutos. La tierra buena y ligera significa la ciencia del bien en el hombre, mientras la tierra dura y pedregosa significa la ciencia del mal. Así pues, el rocío del Espíritu Santo se derrama sobre los que obran buenas obras por amor a la vida espiritual, dando frutos abundantes, mientras los que reúnen en sí todos los pecados de la sensualidad por el deseo de la carne y la dureza de su corazón, quedan infructuosos como tierra pedregosa, porque en ellos se ha secado la savia de la buena voluntad. ¿Pero cómo las palabras de arrepentimiento pueden arraigar la virtud en el hombre? Puede ocurrir si él se da cuenta de sus límites, escucha las palabras de su corazón y lucha junto a ellas contra los vicios.
De este modo puede llevar a la perfección las altas virtudes en que ha sido educado por la doctrina de sus maestros, es decir puede entender cómo hacer que el temor le enseñe sus límites y como mantenerse lejos del mal con la práctica de la abstinencia, porque el hombre que sabe lo que es el placer pero se abstiene de la perversión es más virtuoso que el que se abstiene de las obras de la carne porque no lo ha conocido nunca. Y así, el hombre que lleva todas las virtudes a perfección según las palabras de los doctores de la Iglesia llevará frutos en sí mismo con sabiduría, siguiendo el ejemplo que le ha sido enseñado, y se corregirá conservando sus palabras y corrigiendo con ellas las suyas.
“Y Dios vio que era bueno”. (Gén 1,12). Todas estas cosas llegan hasta Dios, y al acogerlas, Él sabe y ve que el hombre remedia la inestabilidad que tuvo principio con la caída de Adán, de la que reconoce su carácter maligno, y se alza con humildad. Eso es muy bueno porque el hombre renace a Dios en cuanto desea de volver a él.
“Y fue la tarde y fue la mañana, tercer día” (Gén 1,13). Y así la tarde, es decir el buen fin, junto con el principio del comienzo del bien, surge, como hemos dicho, el día tercero, en el cual el hombre se esfuerza en abstenerse de las obras malvadas y actúa la tercera virtud de las buenas obras, que es la humildad.

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