Palabra de Dios en el libro del profeta Isaías, dónde dice: “Por mucho tiempo he callado, me he callado, me he contenido, ahora gritaré como a una parturienta”. Y en el Salmo según dónde dice: “Eres mi Hijo, hoy te he engendrado”. Porque han sido puestas aquí y como tienen que ser comprendidas.

XXXI. “Por mucho tiempo he callado, me he callado, me he contenido. Ahora gritaré como una parturienta”. (Is 42,14). Se interpreta así: Yo, la profecía inspirada a los profetas por el Espíritu Santo, he callado pacientemente, permanecí silenciosa y tranquila. Pero ahora gritaré como la parturienta después de los dolores. Callé antes de la Encarnación del Hijo de Dios, así que sus secretos quedaron encerrados silenciosamente en Mí, y no los ofrecí a la mirada de nadie, como el fuego tiene en si encerrado la llama que no se mueve por sí, pero es movida por el viento. Pero ahora, después de que el Hijo de Dios ha sufrido los tormentos en su cuerpo de carne sobre la cruz, hablaré como la parturienta después de que han pasado los dolores y proferiré abiertamente con alegría aquellas cosas que primero tuve escondidas. Los profetas ahogaron en el silencio su voz, ya que no supieron completamente cuál era la ciencia que se expresaba en sus palabras.
Por tanto ellos mismos dijeron para sí: “¡Oh!, nosotros no vemos plenamente eso de lo que hablamos, sin embargo sabemos que Dios lo manifestará cuando llegue su tiempo” Y así lo soportaron con paciencia, encomendándose a la ciencia de Dios.
Dios había hecho su obra a imagen suya para que estuviera a su servicio. Tras crearla, la dotó de luz con la misma alegría con que la madre, inmediatamente después de haber parido el niño que ha concebido, lo mira y, suspirando, le dice: “Este es mi hijo”. Así el Padre celeste habla de su Hijo diciendo: “Eres mi Hijo, hoy te he engendrado” (Sal 2,7). Este “Hoy” es la eternidad en que el Hijo es eternamente igual al Padre en la divinidad. Después de su Encarnación la profecía se iluminó claramente en aquellos santos hombres que habían hablado a las gentes explicando las profecías de los antiguos profetas, como Dios iluminó el firmamento con los astros luminosos. Según otra interpretación, Dios dijo:

 

Dios llamó a lo árido, tierra, y las aguas reunidas las llamó mares, se entiende referido alegóricamente bajo muchos aspectos a la Iglesia, ya que ella fue creada por la reunión de muchas gentes y se basa en la solidez de la fe. David la llama tierra de los vivientes y el apóstol Juan en el Apocalipsis lo denomina mar de cristal mezclado con fuego. En que sentido tienen que ser entendidos estos testimonios.

XXXII. “Que las aguas que están bajo el cielo se reúnan en un único lugar y aparezca lo seco. Y así ocurrió”. (Gén 1,9). Se interpreta así: Dios reunió al pueblo de los cristianos, que fueron combatidos por los paganos con persecuciones en diferentes lugares, y los condujo a una única iglesia, y así aparecieron como la tierra de los vivos, como dice el profeta: “Estoy seguro de contemplar la bondad del Dios en la tierra de los vivos” (Sal 27 13). Se interpreta así: Yo, que me empeño a seguir a Dios obrando cosas buenas, creo sin dudar que veré aquellos bienes que pertenecen al que es el Señor de todo, en aquella tierra en que viven los santos, que ya no temen los peligros de la muerte.
La Palabra de Dios despierta las mentes dormidas de los hombres y les hace ver con la verdadera visión de la fe, así que los que antes, en la incredulidad, fueron tierra inculta, después, por gracia del Espíritu Santo, la Palabra los voltea con el arado de la fe. Y así los cultiva para hacer de ellos la tierra de los vivos, que floreciendo con todo el vigor, fructifica y produce la plenitud de sus frutos, como los profetas dijeron a propósito de la Virgen que daría a luz al Hijo de Dios. El Hijo de Dios con el arado de la verdadera fe levanta la tierra dormida de sus santos, y así ellos brotan del agua viva del Espíritu Santo como agua corriente. Y todo fue creado por orden de Dios como Dios quiso.
“Y Dios llamó a lo seco, tierra y llamó mares a la masa de las aguas” (Gén 1,10). Así el Dios de Israel dio a la Iglesia el nombre de la tierra prometida donde corre leche y miel, porque ella es la dulzura y la blancura del reino celeste, que refulgen con la profesión de fe en Dios, Padre del pueblo cristiano, proclamado Dios en la verdadera Trinidad, al que los judíos no quisieron reconocer. A esta iglesia constituida reuniendo las aguas, es decir, a los apóstoles, la llamaron mar porque la discordia diabólica golpea contra las almas y contra los cuerpos, y las tempestades de los malos cristianos y los paganos inundan la iglesia con grandes peligros, intentando enviarla a la ruina, pero Dios, que es siempre marinero y timonel de los suyos, los libera, porque ningún cristiano puede entrar en la Jerusalén celeste, si no supera aquellas tempestades con la ayuda de Dios.
La iglesia es, pues, aquel mismo mar que vio el Evangelista Juan, el mar de cristal mezclado con fuego de que habla en el Apocalipsis: “Y vi cómo un mar de cristal mezclado con fuego y vi a los que vencieron a la bestia y a su imagen y el número de su nombre, estaban sobre aquel mar de cristal, acompañando el canto con citaras ante Dios y cantaban el cantar de Moisés, el siervo de Dios, y el cántico del Cordero”. (Ap 15, 2-3). Se interpreta así: Yo, a quien ha sido enseñado los secretos de Dios, he visto con los ojos interiores a la Iglesia, que Dios reunió uniendo el pueblo de los judíos y el de los paganos, pura en la fe pero sacudida por muchas tribulaciones, y en ella los fieles inflamados por el Espíritu Santo reconocieron y contemplaron el Dios viviente en la verdadera fe, ya que la fe es como la sombra de la divinidad, que el hombre mortal no puede ver. Y la sombra enseña la imagen de lo que no se ve, como el compás dibuja una forma que todavía no ha sido formada, del mismo modo el Hijo de Dios ordenó a Felipe, que deseaba ver al Padre, que le mirase, porque quién ve le ve a él, ve al Padre. (Juan 14, 9)
La santa divinidad se mantuvo escondida dentro de su humanidad, y la obra de la doctrina con que iluminó el mundo entero se manifestó al mundo como una luz. Y como el agua invade toda la tierra que es como su cuerpo, y la hace fecunda para que nutra a todas las criaturas, así Dios quiso ser visto por las criaturas de naturaleza humana, como lo ven los espíritus celestiales.
Y luego vi a los que vencieron a la antigua serpiente y a sus miembros y todos los ángeles alineados con él, ya que el lugar y el número de los espíritus caídos será llenado por el hombre al que el diablo por envidia llevó fuera del paraíso. Los vi, digo, de pie en la cumbre de la iglesia, porque mortificaron su carne con las obras santas y con las señales con que deseaban alabar a Dios. Esto en ellos fue la alabanza escrita por precepto de Dios, alabanza que Dios estableció a las criaturas, porque como la Jerusalén celestial se basó en un primer momento en piedras toscas que yacían por tierra, así la antigua ley, que tenía en sí escondidas las cosas del espíritu, por fin empezó a comprenderle, y con estos contenidos espirituales se fueron edificando después los muros de esta ciudad.
Ellos cantaban el cántico de Moisés, a semejanza del cantor que canta las cosas presentes y futuras, aunque sean desconocidas y extrañas, y por las cuales tanto suspiraban. Y así Moisés con la vieja ley casi fue el sonido de la voz en que estuvo escondida la Palabra, es decir la humanidad del Salvador. Moisés, que escribió simbólicamente sobre todas las maravillas de la Encarnación del Hijo de Dios como Dios le enseñó.
Y cantaban el cántico del Cordero, que es propio de las vírgenes que poseen el Cordero de Dios en la fe, sacrificando las bodas de la carne y contemplándolo en el amor como si estuvieran en su presencia, aunque no lo vean carnalmente. Por este motivo es para ellas motivo de gran alegría el hecho de estar casadas con el Rey supremo y de cantar sin parar dirigiéndose a él con el júbilo de la alabanza, porque siempre anhelan la otra vida y suspiran por ella en el alma, y le encomiendan a Dios todas sus preocupaciones, alabándolo con la voz y con las obras.

 

El vientre de la Iglesia como el de la tierra hace germinar la hierba fresca en la sencillez de aquellos fieles que son como niños, y produce árboles frutales en la sólida obra de los que son perfectos. Y como una semilla, el mérito de la fe continuará siendo fecundo hasta el final en las generaciones de los creyentes. Esto es el tercer día, es decir la claridad de la fe misma.

XXXIII “Y Dios vio que era cosa buena, y dijo: Que la tierra produzca la vegetación: hierba que dé semillas y árboles frutales de toda clase, que den fruto y semilla a la tierra” Y así fue. (Gén 1,10-11). La tierra viviente es la Iglesia que engendra el fruto de la justicia a través de la doctrina de los apóstoles. Ellos predicaron al principio a sus hijos, para que fueran hierba lozana en la línea fe verdadera que aprendieron en la semilla de la palabra de Dios, y para que se convirtieran en árboles frutales según la ley de Dios y su semilla no perpetrara fornicación ni adulterio y los hijos fueran paridos sobre la tierra según el recto orden de la naturaleza.
“Y así ocurrió” (Gén 1,11), porque al sonar la voz de los apóstoles, la iglesia recibió la fe y todas las instituciones de los pueblos se sometieron a la ley verdadera.
“Y la tierra produjo vegetación, hierbas que producen semillas, cada una según su especie, y árboles que producen fruto con semilla, cada uno según su especie” (Gén 1,12). La Iglesia, que es la tierra de los vivientes, ha producido el fruto de las buenas obras al reverdecer la fe y traer las semillas y los frutos de la palabra de Dios, para que sus hijos ricos o pobres, más viejos o más jóvenes, se unan rectamente en bodas según su naturaleza.
“Y Dios vio que era cosa buena” (Gén 1,12). Eso fue bueno delante de Dios. “Y fue tarde y fue mañana, tercer día” (Gén 1,13). La división y la dispersión del pueblo cristiano, provocadas por las guerras de los infieles y los mártires atormentados a causa de la verdadera fe, empezaron a disminuir, casi pasando de la tarde a la mañana de aquel día, el día de la fe inquebrantable en la cual los cristianos acogieron la norma establecida, de la que aprendieron qué debían hacer según la ley de Dios. Y esto fue el día tercero, el cual fue como la tercera luz de la verdadera fe. También hay otra interpretación:

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