Como todavía el segundo día no tuvo astros celestes, así la fe sin las obras luminosas no es cosa digna de alabanza, y por esto no está escrito respecto de la obra de este día como lo está en la obra de los restantes días, “Y vio Dios que era bueno”.

XXVI. Aquí no se ha dicho: “Y vio Dios que era bueno” (Gén 1,7), porque la ardiente obra de la fe y de todas las demás virtudes no se habían manifestado todavía en las obras sino sólo en la escucha de las gentes, que no habían saboreado todavía el gusto en las obras. Y como el hombre no sabe que alimento es bueno si no lo ha probado, así todavía los hombres no habían probado las obras de la fe para cumplirlas y, como en una sombra, solamente habían oído hablar de ellas. Por tanto, como el firmamento estuvo por encima del orbe terrenal sin ser iluminado por el sol, la luna y las estrellas, así, en aquel tiempo, en la segunda luz de la fe, la fe misma todavía estuvo a falta de las obras luminosas establecidas según la justicia, y aquellos hombres oyeron solamente de la fe como en penumbra. También hay otra interpretación:

 

Según la interpretación moral, el firmamento debe ser entendido como la virtud del discernimiento, con el cual cada fiel, sea en la vida activa como en la contemplativa, aprende a distinguir las cosas necesarias y de las superfluas con respecto al cuerpo, además de las saludables y las nocivas con respecto al alma.

XXVII. Y Dios dijo: “Hágase el firmamento entre las aguas, para separar unas aguas de las otras” (Gen. 1). Se interpreta así: Dios habla a veces al hombre ensanchándole el corazón. ¿Qué quiere decir? Qué le habla en la dulzura del Espíritu Santo, porque brilla dentro del hombre como en su casa. Y entonces le otorga los instrumentos de las virtudes para proteger la obra que ha iniciado en él, de modo que no le falten los medios necesarios para practicar las virtudes. Del mismo modo hizo en el cielo y en la tierra, donde no falta ninguna de las criaturas necesarias al hombre. Cuando Dios lo ordenó, pues, fue hecho el firmamento, que significa la capacidad de discernir la diferencia entre las exigencias espirituales y las carnales de los hombres. Por eso el hombre debe nutrir el deseo del cielo, y también cuidar la carne según sus necesidades, es decir comportarse con discernimiento en estas cosas, para que no edifiquen las buenas obras tan para arriba que se arriesgue al derrumbamiento, ni por otro lado bajas a causa de las malas costumbres. Tiene que encontrar tiempo para rogar llorando, tiempo para ocuparse de las buenas obras, y también tiempo para proveer a las necesidades de la carne, para no desfallecer.
Cualesquiera que sean los dones que el hombre haya recibido del Espíritu Santo, muchas veces tiene que dedicarse a reponerlos de nuevo con discernimiento, y ejercer asiduamente las virtudes como ellas lo exigen, y por ellas anhelar al cielo con suspiros, dedicándose sólo al cuidado de la carne lo que es necesario. Al reconocer estos dones del Espíritu Santo ha de rehuir la vanagloria, que Dios aborrece, porque a causa de ella el hombre se rinde honor a sí mismo en lugar de a Dios y desarraiga una tras otra todas las raíces del bien. Así se convierte en inestable y ya no logra estar firmemente en un solo lugar, y la gracia del Espíritu Santo no puede posarse en paz en tal ser humano.
“Y Dios hizo el firmamento que separa las aguas que están debajo del firmamento de las que están sobre el firmamento. Y Dios vio que era bueno” (Gén 1,7). También ahora Dios pone todos los instrumentos de las virtudes en el hombre junto al discernimiento, que se basa en la inspiración del Espíritu Santo, para que el hombre sepa distinguir en sí todos estos instrumentos que Dios reconoce provechosos, y ninguna de las virtudes que ha empezado a practicar se hunda en el divagar de la mente. Y así Dios divide las necesidades terrenales y las virtudes celestes, que el Espíritu Santo riega y que siempre acompañan a las cosas del cielo, para que con ellas el hombre sigua a aspirando a la vida contemplativa.
El discernimiento controla estas virtudes como la dueña tiene bajo vigilancia a la sirvienta, porque en las cosas terrenales que atañen la carne y que tienen que ser sometidas al discernimiento es la misma señora la que quiere que la criada esté a su servicio cerca de ella. Así el discernimiento es el firmamento que tiene debajo de sí las cosas de la tierra, es decir la vida activa, y sobre sí las cosas del cielo, es decir la vida contemplativa. El discernimiento es la escalera que conduce a las mentes de los hombres a subir al cielo a través de las buenas obras y por la que descienden a la tierra por las necesidades de la carne, como Maria y Marta le ofrecieron a Dios favores diferentes, y él agradeció ambos. Porque sobre uno y otro ha instituido los dos tipos de vida. Así el firmamento de la virtud está en medio, entre una elección de vida y otra, ya que el hombre por si mismo es capaz de discernimiento, y sabe tener en justa cuenta las cosas del cielo y las de la tierra como Dios las ha establecido.
“Y Dios llamó al firmamento cielo” (Gén 1,8). Dios, por inspiración del Espíritu Santo, llama en el hombre al discernimiento cielo, porque es realmente la más certera representación del cielo. Pues, como el firmamento contiene en sí todos los adornos que iluminan, gobiernan y encierran el mundo, así el discernimiento tiene en sí todos los instrumentos de las virtudes, que provienen de Dios, por los que son gobernados el cuerpo y el alma, de modo tal que aquellos escondidos en la interioridad no desfallezcan nunca y aquéllos que se manifiestan al exterior no sean ofuscados por la presunción.
“Y fue la tarde y fue la mañana, día segundo” (Gén 1,8). Así ocurre en aquel hombre que en las buenas costumbres es vespertino, porque lleva a término sus obras en el discernimiento. En efecto, Dios en el principio de cada virtud prevé su fin, es decir sabe que ellas llegarán hasta él. Y en su fin aprecia su principio, porque un buen principio no es provechoso sin un buen final, como dice en el Evangelio Cristo, cuando habla sobre el esposo que habló así a las vírgenes necias:

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