De qué manera las palabras de Dios que dice “Hágase la luz” y todas las otras hasta “Y pasó la tarde y pasó la mañana, primer día”, han sido cumplidas en el origen de la fe cristiana, en la predicación de los apóstoles y en la separación entre los fieles y los incrédulos, según la interpretación alegórica.

XXII. “Y dijo Dios: Hágase la luz. Y la luz fue hecha”. (Gén 1,3). Dios les habló a los apóstoles a través del Espíritu Santo, diciendo: “Sed como una lámpara encendida y enseñad la verdadera doctrina en el nombre del Santa Trinidad”. Y ellos, de repente, inflamados por el Espíritu Santo, abrieron la puerta de la habitación en que estaban encerrados y se volvieron como una única luz, que resplandeció en el mundo con su doctrina.
“Y Dios vio que la luz era buena y separó la luz de las tinieblas, y llamó a la luz día y a las tinieblas noche” (Gén 1,4-5). Dios vio que ellos habían sido una luz útil al mundo, y separó la luz, los apóstoles, de las tinieblas, es decir de la falta de fe de los incrédulos. Y llamó a esta luz día, aquel único día que resplandece en el mundo en su predicación por obra de su Palabra, el Hijo que les habla en la carne, y a las tinieblas, es decir la incredulidad de los infieles, las llamó noche.
“Y fue la tarde y fue la mañana, primer día” (Gén 1,5). Ya que la falta de fe de los incrédulos empezó a declinar como el ocaso del anochecer, el primer día se cumplió, pasó la tarde, con la desaparición de la incredulidad y llegó la mañana al surgir primera luz, es decir el principio de la fe de los creyentes. Esta es la única y verdadera fe, por la cual creemos en un único Dios, fe nacida primeramente en Abel y consumada con pleno cumplimiento en Cristo. Pues por la tarde la fe llega al conocimiento del Hijo de Dios y su obra de salvación, puesto que el primer día durará hasta al final del mundo, porque Abel fue como la mañana y el Hijo de Dios la tarde. También hay otra interpretación:

 

Cómo estas mismas cosas, que están escritas en el Génesis sobre la creación del cielo y la tierra, o bien la obra del primer día, según la interpretación moral se encuentren en la condición del hombre, que está compuesto por diversas naturalezas en el alma y en el cuerpo.

XXIII. “En el principio Dios creó los cielos y la tierra” (Gén 1,1). Se interpreta así: Cuando Yo, Dios, casi al principio de la creación, hago al hombre con buenas inclinaciones, creo en él la ciencia viva del bien y el mal de modo que evite el mal y me imite a Mí, el Padre, en el bien, porque le he dado la capacidad de distinguir el bien del mal, haciéndolo a mi semejanza, para que con esta ciencia pueda conocer a todas las criaturas y conociéndolas tenga después de mí el poder sobre de ellas. Pero el hombre por su gran vanidad se alejó de Mí, y, persuadido por el diablo, cayó en las deplorables preocupaciones del pecado, porque nacido en la frágil naturaleza de Adán abandonó la alegre ciencia que nunca lo habría herido de ningún modo. Y sin embargo en su alma ha mantenido el anhelo de los dignos suspiros dirigidos a los deseos celestes, y en eso casi está hecho de cielo, mientras en la carne siempre se mantienen los deseos terrenales y por este motivo, a causa de la fragilidad que se deriva de Adán y de los insidiosos consejos del diablo, no puede quedar inmune del pecado, y en eso casi está hecho de tierra.
“La tierra era informe y vacía, y las tinieblas revestían la superficie del abismo” (Gén 1,2). El hombre, que no logra nunca ser estable en sus costumbres, es todo vanidad y ondea como las oleadas del mar. Pero como en la creación del mundo las criaturas proceden de la primera materia ordenadamente, la una después de la otra, así el hombre en razón de los deseos buenos debería subir de virtud en virtud, según el modo en que lo he creado al principio. En cambio ahora, a causa del consejo del diablo, vuelca los buenos deseos en gran vanidad, como se ha dicho, y en esta vanidad de las costumbres es propenso a descuidar las buenas obras. Por todo esto se sumerge en actividades oscuras, conformes a sus malos comportamientos, y éstos le dominan el cuerpo, ya que quién comete pecado se hace esclavo del pecado. Y el cuerpo es como la superficie del abismo, mientras que el alma es como el abismo, porque el cuerpo es visible y palpable como la superficie del abismo, y en cambio el alma es invisible e impalpable como el abismo que está cubierto por la tierra.
“Y el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas”. (Gén 1,2). Cuando el hombre de fe se ve envuelto en sus pecados, a veces suspira dirigiéndole a Dios. ¿Cómo es posible? Por la aflicción que nace en él por la gracia del Espíritu Santo llora amargas lágrimas, porque los suspiros del hombre siempre preceden a las buenas obras. Y como al principio de la creación, las aguas, producidas por el soplo del espíritu de Dios antes que todas las otras criaturas, son mencionadas especialmente como símbolo del Espíritu Santo, así el Espíritu Santo antes del principio de las buenas obras produce lágrimas en el corazón del hombre.
“Y dijo Dios: Hágase la luz. Y la luz fue hecha”. (Gén 1,3). Exhortándonos por obra del Espíritu Santo, Dios dice: “Ahora pueden ser edificadas las buenas obras en este hombre, después de la aflicción del corazón, y puede ocasionarse en él el reverdecer de los frutos, por tanto, que en su alma sea hecha la luz”. Entonces el hombre, sin olvidar la tristeza del arrepentimiento, se eleva en la luz de las buenas obras. ¿Cómo es posible? Corrigiendo en sí mismo los ilícitos deseos de los placeres carnales y absteniéndose del mal, comenzando a obrar en aquella nueva luz, que primero no reconoció, cuando durmió entre los seductores deseos de la carne. Así empezará a hacer obras que lo harán luminoso.
“Y Dios vio que la luz era buena y separó la luz de las tinieblas. Y llamó a la luz día y a las tinieblas noche” (Gén 1,4-5). Y cuando Dios vio que el hombre comenzó a obrar el bien y que su casa era tan resplandeciente, reconociendo en él el principio del bien volvió hacia de él su mirada y lo abrazó amorosamente. Así, desde el principio, las obras luminosas están separadas, para evitar el contagio con los actos tenebrosos que llevan al castigo. Quién las mantiene separadas es Dios que, viendo el bien en el hombre, le aleja del mal. Y denomina a las buenas obras como luminoso día de la salvación, porque en estas buenas obras vuelve a llamar hacia sí a las almas de la perdición que tuvo origen en Adán. Las obras contrarias las denomina noche de la perdición, que tiene como fundamento el diablo, padre del homicidio.
“Y fue la tarde y fue la mañana, primer día”. (Gén 1,5). De este modo, en el hombre, si la costumbre vespertina de las obras malas antecede al primer inicio de las buenas obras, es como el amanecer de la mañana de la incomparable virtud. Porque dejando el mal se adhirió al bien, puesto que el dolor de los pecados es la primera virtud de la luz.

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