Dios con la creación del mundo se glorificó a sí mismo, se mostró a la criatura racional como Creador de todas las cosas, al mismo tiempo que exaltó al hombre, sometiéndole todas las cosas que hay en el mundo. Cómo se tiene que interpretar palabra por palabra la carta del principio del libro del Génesis a partir de dónde está escrito: “Al principio Dios creó el cielo y la tierra”, hasta éstas: “Y fue la tarde y fue la mañana, primer día”.

XVII. Por tanto, como ya se ha dicho, Dios dió al mundo el ornamento del cielo y el fundamento de la tierra, y se glorificó a sí mismo. Levantó al hombre sobre las cosas que hay en el mundo, sometiéndole todas las cosas terrenales, como enseña mi siervo que conoció mis secretos, diciendo: “En el principio Dios creó los cielos y la tierra”. (Gén 1,1). Se interpreta así: En el principio, es decir, en el comienzo de todas las cosas, cuando éstas estaban concebidas en la ciencia de Dios, Dios creó, es decir hizo proceder de sí, los cielos y la tierra o bien la materia de todas las criaturas celestes y terrenales. El cielo, materia luminosa y la tierra, materia turbia. Estas dos materias fueron creadas simultáneamente y se manifestaron en un único círculo, que es el círculo del poder de Dios sobre el cielo y sobre la tierra. De la claridad divina, que es la eternidad, la materia luminosa centelleó como luz densa, y fue esta la luz que resplandeció sobre la materia turbia. Dios no iluminó enseguida el firmamento y la tierra, sino que hizo como el hombre, que cuando se prepara para realizar una imagen, en un primer momento dibuja las formas y luego las pinta con colores.
“La tierra era informe y vacía, y las tinieblas revestían la superficie del abismo”. (Gén 1,2). La tierra al principio era informe, es decir falta de forma, e invisible, es decir falta de luz, porque no estaba iluminada todavía por el resplandor de la luz, ni por la claridad del sol, ni por la luna y las estrellas, y no producía frutos, porque no estaba arada ni labrada, y estaba vacía, es decir indiferenciada, porque no tenia su plenitud al estar privada del verdor, de las semillas, de la hierba, de las flores y de los árboles. No se ha dicho, en cambio, que el cielo fuera informe y vacío, porque no estaba destinado a producir frutos. Y las tinieblas, que no se habían disipado todavía por el resplandor de la luz porque no existían todavía los cuerpos luminosos de los astros, revestían la superficie del abismo, es decir la tierra misma, hundida en una auténtica confusión, que es la superficie del abismo, ya que ella es visible mientras el abismo está escondido de ella. En efecto la tierra cubre el abismo como el cuerpo cubre el alma, haciéndola invisible.
“Y el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gén 1,2). El espíritu de Dios es la vida, y esta vida dio a las aguas el movimiento para que se esparcieran y para que por ellas la tierra se afianzara y no fuera dispersada como ceniza por el viento. Porque como el Espíritu Santo se infunde en el hombre, así las aguas corren revoltosamente y lavan todas las cosas sucias, como el Espíritu Santo lava la suciedad de los pecados.
Y Dios dijo: “Hágase la luz. Y la luz fue hecha” (Gén 1,3). Dios, que es luz inextinguible que nada puede oscurecer, pronunció estas palabras que repicaron como el trueno, diciendo: “Hágase la luz", y la luz existió, y enseguida resplandeció una luz inextinguible e invisible a los hombres, que no será oscurecida nunca, y a la que también se añadieron las esferas vivientes, o sea, los ángeles, ya que Dios es vida, y su palabra no está inerte, sino que más bien se manifiesta como vida. Y las palabras que pronunció, Dios las profirió para su propia alabanza. No era, en efecto, la luz del sol, porque todavía el sol no existía y además su resplandor no se manifiesta siempre sobre la tierra, más bien a menudo está cubierto por las nubes.
“Y Dios vio que la luz era buena y separó la luz de las tinieblas, y llamó a la luz día y a las tinieblas noche” (Gén 1,4-5). Dios vio que la luz era buena porque reflejaba el resplandor de su rostro, y por tanto la separó de las tinieblas, de modo que sus atributos no se mezclaran, porque una de las dos es inagotable, mientras la otra se agota. De Dios pues, proviene el día, ya que Dios ordenó con sus palabras que la luz fuera producida antes, y la llamó día. No al día solar sino al día inextinguible que en lo alto de los cielos no está oprimido por tiniebla alguna. Y llamó tinieblas, no a las que desaparecen con la luz del sol sino a las que siempre quedan oscuras y no son tocadas tampoco por la claridad de la luz. Y a aquellas tinieblas que estaban sobre la superficie del abismo y que no las tocaba la luz, las llamó noche. La noche dónde no llega nunca el día es ciega, y el día se separa de la noche y de su ceguera porque es claro. Así Dios separó la luz de las tinieblas nocturnas.
“Y fue la tarde y fue la mañana, primer día”. (Gén 1, 5). En efecto la conclusión de esta obra y su principio fueron una sola cosa en la perfección de la claridad, porque cuando el Verbo de Dios ordenó que fuera hecha la luz, el principio de ella fue como la mañana, pero su perfección, cuando se manifestó en su plenitud, estuvo en la tarde.
También hay otra interpretación.

 

Cómo el Hijo de Dios nacido intemporalmente del Padre, es el principio en que todas las cosas han sido creadas, así él, naciendo de una madre Virgen es el principio de la creación y de la edificación de la iglesia, y el garante de la justificación universal, para la cual no fueron suficientes la justicia de los patriarcas ni los sacramentos de la ley, sino que ha sido renovada en la predicación, en el bautismo, en la acogida del Evangelio y en la fe en la Trinidad.

XVIII. “En el principio Dios creó los cielos y la tierra” (Gén 1,1). Se interpreta así: Al principio del comienzo del tiempo, Dios, al crear con su Verbo todas las cosas, creó el cielo y la tierra, es decir una materia primera en la que yacían escondidas todas las criaturas del cielo y la tierra que habrían venido a la luz por obra del Verbo de Dios. Lo mismo hizo Dios en la creación con la iglesia antes de construirla. Dios es en sí mismo el comienzo, el principio de los principios, él está en su Hijo, que envió al mundo por la puerta áurea de la virgen, en el secreto de su pudor. A través del Hijo, todas las cosas, es decir, el cielo y la tierra, fueron creadas, como dice Juan Evangelista, el predilecto de Dios. Y del mismo modo la justicia celeste y la terrenal fueron hechas en él.
¿Pero como puede ser principio el que antes del principio de los siglos ha nacido en el Padre? Antes de los siglos nació en el Padre según el Espíritu, no según la carne, mientras su Encarnación es el principio de la justicia, porque toda la justicia que practicaron los santos en los tiempos antiguos, antes de su nacimiento, no fue elemento vital de salvación ni fue capaz de rescatar a los hombres. En cambio la justicia que tuvo origen en él, es decir el bautismo y el Evangelio y la fe en un sólo Dios en el nombre de la Santa Trinidad, ésta es la justicia que reconduce el hombre al paraíso.
Por tanto él es el principio de la salvación por sus obras, como Adán con las suyas fue el principio de la perdición. Y como él es el Verbo que creó todas las criaturas, ya que todas han sido hechas a través de él, así su humanidad es el principio de la edificación de la santa Iglesia. ¿Cómo ocurrió esto? Él estuvo como una sombra en la predicación de los profetas, que predijeron su llegada. Desde Abel hasta el nacimiento del Hijo de Dios cada práctica de justicia fue como la sombra de la Iglesia, nacida de la sangre del costado de Cristo. En la regeneración por obra del espíritu y del agua, que no existió nunca antes, excepto cuanto Juan el Bautista la adelantó con la sombra del bautismo, la Iglesia apareció entonces en su plena realidad, ya que el mismo Cristo, que fue preanunciado por los profetas como en sombra antes de su nacimiento, se manifestó con su cuerpo de hombre, como David dice en los Salmos por mi inspiración:

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