Los juicios que Dios manda sobre la tierra y sobre los hombres salen de los lugares de castigo que se encuentran en aquellas partes. Y para que las penas y las tinieblas del infierno no invadan el mundo se han puesto montes empinados y resistentes. En cual de estas partes se colocan las almas que tienen que ser puestas a prueba en base a la cualidad de los pecados cometidos.

VII. Los juicios que se emiten sobre la tierra y sobre los hombres provienen de estas zonas, y por eso desde ellas se difunden muchos males. Contra las horribles tinieblas de las penas infernales se levantan montes empinados de dura roca, que ningún cataclismo puede partir, ellos resisten a las tinieblas y protegen la tierra, como las paredes sustentan la casa para que no caiga. El hombre, cuando está vivo, se vale de los cinco sentidos, y siempre está en pecado. Por tanto tiene que padecer en las cinco partes de la tierra para purgarse. Las tinieblas del occidente son leves, las soportan los que, mientras vivieron en el cuerpo en la tierra, estuvieron como en una cárcel porque quisieron las cosas celestes. En cambio los que sirven a los placeres de la carne tienen que purificarse en las penas del purgatorio, que se encuentra en la parte meridional y en la septentrional. Y esto porque, aunque hayan pecado, sin embargo no han renegado de Dios ni de la justa fe.
Todas estas partes, es decir el oriente y el occidente, que son los dos sectores más grandes de la esfera de la tierra además de los cuatro sectores externos del sur y del norte, como se ha dicho, no están habitados por el hombre, ya que debido a la continua presencia del calor y del frío y por otros inconvenientes nadie podría vivir en ellos. Del mismo modo, si el hombre se enorgullece excesivamente o si al revés, cae en la desesperación, y si descuidando la derecha se dobla a mano izquierda, no puede recibir el Espíritu Santo en la morada de su corazón. Por esto Dios a menudo emite su juicio sobre los cuatro rincones de la tierra, como vio Juan mi elegido, en el Apocalipsis, donde habla de este modo:

 

Palabras del Apocalipsis del apóstol Juan acordes con las materias descritas. El simbolismo ingenioso de los cuatro caballos, blancos, rojo, negro y pálido. Se describen los cuatro tiempos y sus cualidades desde el origen hasta al final del mundo.

VIII. “Y apareció a sus ojos un caballo blanco, el que lo montaba tenía un arco, se le dio una corona, y salió vencedor para continuar venciendo” (Ap. 6, 2). Se interpreta así: el tiempo de los orígenes, que tuvo principio con Adán, fue como el caballo blanco, ya que el hombre pecó por ignorancia, y Dios lo golpeó con la cólera de su reprensión, que ocultaba también un castigo. Sin embargo le dio el poder de vencer y la superioridad sobre el enemigo, para que en la suprema batalla combatiera a la antigua serpiente. Y así castigó la inobservancia de la ley que tuvo Adán, hasta que al acabar el diluvio hizo aparecer un arco sobre las nubes del cielo. El tiempo de los orígenes duró desde la expulsión de Adán hasta el diluvio, en el que Dios, en el arco de su cólera, sumergió a todas las gentes a excepción de los que fueron salvados en el arca, vertiendo sobre de ellos las aguas que retumbaron como el trueno. Y lo mismo que en el tiempo de los orígenes Dios enseñó el arco de su cólera para vengarse, así después del diluvio donó el arco iris entre las nubes del cielo señalando que no tendría jamás sumergido el mundo entero con las aguas tronantes, y preanunció la salvación a través del bautismo.
Y continúa así el texto: “Salió luego otro caballo rojo, y al que lo montaba se le dio el poder de quitar la paz de la tierra, para que todos se mataran los unos a los otros, y se le dio una gran espada”. (Ap 6,4). Se interpreta así: Este caballo es el tiempo después del diluvio, cuando el juicio justo de la cólera de Dios privó de paz a los que no buscaron la paz de Dios ni la dieron a los hombres. Por tanto el juicio de Dios permitió que se mataran los unos a los otros con crueldad y perecieran en grandes batallas, porque en su infidelidad se alejaron de él, como el alma que provoca su propia muerte cuando no quiere unirse a Dios.
Y todavía escribe: “Entonces vi un caballo negro, y el que lo montaba tenia en la mano una balanza”. (Ap 6,5). Y más adelante: “Una medida de trigo por un denario y tres medidas de cebada por un denario, pero el vino y el aceite, no los eches a perder”. (Ap 6,6). Esto se interpreta así: este caballo negro representa el tiempo en que, después de la pasión del Hijo de Dios, surgieron en la iglesia los perseguidores, evidentemente por la falta de fe, ya que los incrédulos que despreciaron la fe atrajeron las tinieblas de la infidelidad. Pero la cólera de Dios tuvo en la justa consideración los tormentos de los mártires, e infligió a los verdugos una pena adecuada, y los mártires obtuvieron la gloria eterna. En efecto, la victoria de los mártires fue raíz fecunda de todas las virtudes que brotaron en ellos, ya que renunciaron a su voluntad propia y a las leyes de la carne. Esta renuncia a la voluntad de la carne hecha por amor a la vida eterna, es la fe que todos los fieles tienen dentro de sí. Así, la voluntad de la carne deja el sitio a la santa hambre, por la cual los fieles tienen hambre y sed de justicia. Así la balanza es señal de que el hombre, ayunando en espíritu, se alimenta de los frutos de la tierra, gustando la patria celeste en una naturaleza virginal.
Éste fue pues el tiempo de los mártires, oscuro como el viento del Norte, cuando los mártires fueron asesinados por los malvados como los lobos a los corderos. Y por esto el juicio de este tiempo viene dado por una balanza en cuyos platos se pesan dos cosas, la abstinencia y el amor de la patria celestial, que son propias de los mártires, como se ha dicho. Los mártires mortificados en el cuerpo con la abstinencia, dirigen la mirada a los deseos celestiales como el águila fija sus ojos en el sol. Esto significa la medida de trigo que vale un dinero, comparada con la vida. Y los que siguiendo los preceptos de la ley con la mortificación se abstienen del pecado, se alejan de las relaciones carnales, y abandonando los propios bienes se hacen pobres, eligiendo opciones que son muy duras y difíciles, por las tres medidas de estas dificultades se unen en el amor con aquel único denario que es la patria celeste. Esto es obra de la sabiduría, que pesa todas las cosas según la justicia en la misericordia, porque Dios es misericordioso más de cualquier otro. De este modo no se desperdician el vino ni el aceite, ya que con el arrepentimiento y la misericordia el hombre es liberado por sus pecados.
“Y he aquí un caballo de color pálido, el que lo montaba tenía por nombre Muerte. Y el infierno lo seguía. Y se le dio el poder sobre la cuarta partes de la tierra para matar con la espada y el hambre y la peste y por las fieras de la tierra”. (Ap 6,8). Esto se interpreta así: el caballo descrito de este modo es el tiempo en que todas las cosas conformes con la ley y llenas de la justicia de Dios serán consideradas nada, como las cosas sin color, y entonces los hombres dirán: “No sabemos lo que hacemos y los que nos han dado estas órdenes no sabían lo que decían”. Y así, sin miedo ni temor por el juicio de Dios despreciarán todos los bienes, persuadidos por el diablo de hacer estas cosas.
Pero Dios en su cólera juzgará estas obras y se vengará destruyéndolas completamente, porque dará la muerte a los que no se arrepientan y los condenará al infierno. En ese tiempo, habrá sobre tierra, por todas partes, combates a la espada, los frutos de la tierra desaparecerán, y los hombres morirán de muerte repentina o por los mordiscos de las fieras.

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