Comentario al primer capítulo del Evangelio según Juan, de las palabras: “Al comienzo fue el Verbo”, hasta: “lleno de gracia y de verdad”. En este comentario se trata de la eternidad del Verbo de Dios; del modo en que las criaturas antes de existir ellas mismas estuvieron en el pensamiento del Creador sin serle coetáneas; de la creación de los ángeles y la venganza de la cólera de Dios contra los espíritus traidores; de la decisión de hacer el hombre a imagen de Dios, y como resplandece la fuerza del poder y la luz de la sabiduría del Creador en la obra del cuerpo humano; de la Encarnación de Dios y las palabras de doctrina y los ejemplos de justicia que dio al mundo; y además de la redención del hombre caído, y la felicidad que lo espera después de esta vida.

CV. “Al comienzo fue el Verbo” (Jn 1,1) Esto se interpreta así: Yo, que no tengo principio, de quien todos los principios proceden, yo que estoy en lo antiguo de los días, digo: Yo soy por Mí mismo, soy día que no tuvo origen en el sol, sino que ha encendido el sol. Yo soy razón, no la que viene de la palabra de otro, sino aquella por la que toda racionalidad vive y respira. Para contemplar mi rostro he hecho los espejos en que observo todos los milagros imperecederos de mi eternidad y he dispuesto estos espejos para que concuerden entre ellos en las celebraciones de alabanza, porque tengo la voz del trueno, con la que animo a todo el mundo con las voces vivientes de todas las criaturas. Éstas son las obras realizadas por Mí desde el comienzo de los tiempos, porque por mi Verbo, que siempre estuvo en Mí y está en Mí sin principio, ordenó que apareciera un gran resplandor y junto a él innumerables chispas, que son los ángeles. Pero ellos, en cuanto se dieron cuenta de su misma luz, se olvidaron de Mí y quisieron ser como Yo soy. Por eso, en un estruendo de trueno, la venganza de mi cólera contra la soberbia con que se habían enfrentado a Mí, los precipitó en el abismo, porque Dios es único y ningún otro puede serlo.
Entonces dentro de Mí planeé una obra pequeña, que es el hombre, y la hice a mi imagen y semejanza para que actuara de acuerdo conmigo, ya que mi Hijo, en cuanto hombre tendría que revestirse con el vestido de carne. He creado al hombre racional con mi misma racionalidad y he impreso en él la señal de mi poder, y así la racionalidad del hombre se expresa en su habilidad para comprender todas las cosas, nombrándolas y numerándolas. Efectivamente, el hombre no discierne las cosas más que por los nombres, y no conoce su multiplicidad más que por el número. Yo también soy el ángel de la fuerza, ya que me anuncio a través de las filas angélicas con milagros y me manifiesto a todas las criaturas en la fe, por lo cual me reconocen como Creador, y sin embargo ninguna criatura puede proclamarme en toda mi plenitud.
En realidad, el hombre es el vestido en el que mi Hijo manifiesta, revestido con el manto de su real potencia, ser vida de la vida y el Dios de toda criatura. Nadie fuera de Dios puede contar las filas de los ángeles que están al servicio de su real potencia. Nadie puede indicar con precisión cuantos son los que individualmente le profesan Dios de todas las criaturas, y ninguna lengua es capaz de explicar cuantos son los que particularmente le proclaman vida de toda vida. Por eso son dichosos los que viven con él.
Dios ha representado todas sus obras en la forma del hombre, como se ha dicho. Y como resumen queremos enseñar algunos ejemplos:
En la forma redonda del cerebro del hombre enseña su dominio, porque el cerebro sustenta y gobierna todo el cuerpo, y en el pelo indica la potencia, que es un ornamento suyo, como el pelo adorna la cabeza. En las cejas de los ojos enseña su fuerza, porque las cejas son la protección de los ojos, destinados a alejar cuanto les pueda dañar y a enseñar la belleza del rostro, y son como las alas de los vientos, cuyas plumas las levantan y sostienen, como un pájaro que con sus alas se levanta en vuelo y se posa, porque el viento sopla tomando fuerza de la fuerza de Dios y los soplos del viento son sus alas. En los ojos del hombre, Dios enseña su ciencia, gracias a la que prevé y conoce con antelación todas las cosas. Los ojos reflejan en sí la multiplicidad de las cosas, porque son brillantes y acuosos, como la sombra de las otras criaturas se refleja en el agua. En efecto, el hombre conoce y discierne todas las cosas con el órgano de la vista, y si no las hubiera visto, estarían muertas, por así decirlo. En el oído, Dios le abre todos los sonidos de alabanza en los ocultos misterios de las filas angélicas, por los cuales recibe perpetuo loor. Sería absurdo que Dios no fuera conocido por otros más que por si. Puesto que los hombres se conocen el uno al otro con el oído, el hombre entiende dentro de sí todas las cosas. Estaría como vacío, si le faltara el oído.
En la nariz Dios enseña la sabiduría, por medio de la completa habilidad para ordenar los olores, de forma que el hombre reconoce por el olor lo que la sabiduría dispone. El olfato se expande en todas las direcciones, atrayendo las cosas para saber qué son y las cualidades que tienen. En la boca del hombre, por fin, Dios muestra su Verbo por el que ha creado todas las cosas, lo mismo que en la boca se profieren todas las palabras con el sonido de la razón. Con el sonido de la voz, el hombre expresa la multiplicidad de las cosas, como hizo el Verbo de Dios creándolas en el abrazo de la caridad, de modo que no faltase a su obra nada de lo que es necesario. Y como las mejillas y el mentón están alrededor de la boca, así el Verbo, cuando resonó, tuvo en si el principio de todas las criaturas y en aquel momento todas las cosas fueron creadas.
Pues, “al principio fue el Verbo. Y el Verbo estaba con Dios. Y el Verbo era Dios” (Jn 1,1). Esto se interpreta así: En el principio en que todo principio era, cuando la voluntad de Dios, que estaba desde siempre en él aunque no se hubiera manifestado, se manifestó para dar a luz a la Creación, fue el Verbo, principio que no tiene principio.
“Y el Verbo estaba junto a Dios”, como la palabra está en la razón, porque la razón tiene en si la palabra, y en la razón está la palabra, y no hay entre ellas ninguna distinción. En efecto, el Verbo es sin principio, antes del principio de las criaturas y en el mismo principio, y el Verbo fue él mismo antes del principio, y en el principio de las criaturas estaba cerca de Dios, absolutamente indistinguible de Dios, porque Dios quiso en su Verbo que su Verbo creara todas las cosas, como predispuso antes de los siglos. ¿Y por qué se dice Verbo? Porque con un golpe de voz ha dado vida a las criaturas y las ha llamado a sí. En efecto, lo que Dios ha prescrito en el Verbo, el Verbo lo ha mandado con el sonido de la voz y lo que el Verbo ha mandado, Dios lo ha prescrito en el Verbo. Y por eso Dios fue Verbo. El Verbo estaba en Dios y Dios le dictó secretamente toda su voluntad, y el Verbo resonó y produjo todas las criaturas, pues Dios y el Verbo son una sola cosa.
Cuando el Verbo de Dios resonó, llamó a si a todas las criaturas que fueron preordenadas y dispuestas por Dios antes de todos los tiempos, y su voz suscitó a la vida a todas las criaturas. Y así quiso que también se marcase en el hombre, en cuyo corazón el Verbo dicta secretamente, antes de decirlo al exterior, lo que al emitirlo todavía está cerca de de él, y así, lo que el Verbo dice está en el Verbo. Cuándo resuena el Verbo de Dios, el Verbo aparece en toda criatura y su sonido es vida en toda criatura. Por esta razón la racionalidad del hombre cumple las obras a partir de la palabra, y el sonido de la palabra presenta sus obras con la música, la voz y el canto, ya que gracias a la fineza de su arte hace repicar entre las criaturas cítaras y tímpanos, porque el hombre es de naturaleza racional a causa del alma viviente, como Dios ha querido. El alma atrae a sí a la carne con su calor. En ella aparece la primera figura trazada por el dedo de Dios, la forma de Adán, que el alma invade vivificándola, llenándola de su plenitud y haciéndola crecer. La carne, si no tiene alma racional, no se mueve; es el alma quien mueve la carne y la hace vivir, pues la carne se adhiere al alma racional, como las criaturas se adhieren al Verbo. Por esta razón el hombre ha sido creado por voluntad del Padre. Pero del mismo modo que el hombre no sería tal sin las conexiones de las venas, tampoco podría vivir sin el resto de las criaturas, porque, en cuanto mortal, no puede infundir vida a sus obras, ya que su vida tiene como principio a Dios, mientras Dios infunde vida a su obra, porque es vida que no tiene principio.
“Al principio el Verbo estaba con Dios” (Jn 1,1). Es aquel principio, del que habla mi siervo Moisés, inspirado por Mí, cuando afirma: “Al comienzo Dios creó el cielo y la tierra” (Gén 1,1), porque el Verbo que pronunció la orden, como está escrito en el mismo texto: Dios dijo: “Sea la luz, y hubo luz” (Gén 1,3) fue en el principio, en el momento en que todas las criaturas tuvieron comienzo cerca de Dios, es decir en la unidad de la misma divinidad, ya que el Verbo que está cerca de Dios es a él igual en la divinidad. Y eso significa que el Verbo que está en Dios es inseparable de Dios y con él consubstancial.
Así todo ha sido hecho a través de él, ya que todas las criaturas han sido hechas como el Padre ha querido por el Verbo de Dios, y no hay fuera de él otro Creador, sino solo Dios. Pues todo lo que hay de útil, cualquier cosa dotada de forma y de vida, fue hecha por medio de él. El Verbo muestra en los brazos del hombre y en sus articulaciones la solidez del firmamento con las constelaciones que lo sustentan y lo gobiernan, como los brazos con sus articulaciones hacen evidente la capacidad de obrar que pertenece a todo el cuerpo.
La derecha es parecida al mediodía y la izquierda al norte. El mediodía y el norte sustentan el firmamento para que no se derrame más allá del límite preestablecido, según está escrito: “En todas estas cosas, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, para que las tinieblas no extingan la luz y la luz no elimine a las tinieblas. (Lc 16,26) “Sin él nada se ha hecho” (Jn 1.3) ya que sin el Verbo de Dios ninguna criatura ha sido hecha y por medio del Verbo ha sido hecha toda criatura visible e invisible que tiene el ser de espíritu viviente o de fecunda energía o de virtud. Y sin él nada ha sido hecho, excepto el mal, que es obra del diablo y que por tanto ha sido alejado de la mirada de Dios, hasta los límites de la nada, porque hay solamente un Dios, y no puede haber otro. El hombre racional, ha recibido de Dios el poder de actuar, cometió el pecado que lo conduce a la nada porque no ha sido creado por Dios. En la nada, Dios ha impuesto tinieblas indestructibles, porque alejándose de él rechazó la luz.
“En el Verbo estaba la vida” (Jn 1,4), ya que todas las cosas creadas se manifestaron en la mente del Creador, porque estuvieron primero en su presciencia pero no son coeternas con él, sino que por el fueron preconocidas, previstas y preordenadas. Dios es la única vida que no tuvo el principio que todas las demás vidas tienen. Por esta razón todo lo que ha sido hecho por él es vida, porque fue preconocido por él o vivió en Dios, así que Dios no empezó nunca a tener recuerdo de ello, porque no lo olvidó nunca, puesto que estuvo en su presciencia cuando todavía no había tomado la forma que tomaría en el tiempo. Como no es posible que Dios no exista, sólo de él proceden las obras de las criaturas que estaban preconocidas y preordenadas en su sabiduría. Y lo que Dios hizo en la creación tuvo vida sin muerte, porque fue creado de modo que a la criatura hecha por Dios no le faltara nada para crecer y alcanzar la perfección de su naturaleza. Así todo lo que el hombre obra por sí, es vida para él, porque sustenta su vida, y gracias a sus obras subsiste hasta el final. Y ya que Dios es vida plena, sin principio ni fin, por eso su obra, el hombre, tiene vida dentro de sí mismo, y por tanto no será despreciado en ningún modo. Dios ha querido indicar en el pecho la sede de la vida. En él, el hombre reúne todas las cosas buenas y malas con el deseo, el propósito y la voluntad de levantarse para arriba en sus pensamientos. Entonces, considerando lo que le gusta y lo que detesta, conserva con alegría lo que le gusta para que sirva de beneficio a su vida, lo que le detesta, para que no perjudique su vida, lo rechaza lejos de si con desdén.
Así, todo lo que Dios ha hecho, en sí es vida, porque lo que proviene de Dios es vital en su naturaleza. Por esta razón, así como el Verbo del Padre les ha dado a los hombres la vida de la carne cuando los ha creado, también les ha revestido con su túnica cuando les ha enseñado la vida espiritual, para que alcanzaran las filas de los consagrados avanzando por una vida diferente a la de la carne, y por tanto tiene en sus manos uno y otro pueblo, ya que el Hijo de Dios es Dios y hombre. Abraza con amor el pueblo dedicado a lo espiritual, porque es Hijo de Dios, y como es Hijo de hombre, sujeta el pueblo que vive en el mundo según la justicia, aquel por el que ha sido dicho: “Creced y multiplicaros”, (Gen. 1, 28).
“Y la vida fue la luz de los hombres”, (Jn 1,4) porque la vida, que había dado vida a las criaturas y que es la vida de la vida humana que vive por ella, les dio a los hombres, con la razón y el conocimiento, luz con que pudieran ver a Dios con los ojos de la fe inundados de luz, como la luz del día ilumina al mundo y lo reconoce como Creador. El hombre comprende con las alas de la ciencia gracias a la visión del cielo que produce el sol y la luna, que el día designa la ciencia buena, la noche la mala, como el sol señala el día y la luna la noche. Y como el hombre, junto a las otras criaturas, sin estas dos luces estaría como ciego en las funciones de la vida, y como su cuerpo no podría vivir sin el espíritu, así sin las alas de la ciencia el hombre no sabría qué es.
Por eso “la luz resplandece en las tinieblas” (Jn 1,5) como la luz del día resplandece en la noche por la luna, para que el hombre en las obras buenas reconozca las malas, que están separadas por la luz, porque la ciencia buena, sustentada por la razón, reprocha a la ciencia mala y la expulsa de sí.
“Y las tinieblas no lo comprendieron” (Jn 1,5), como la noche no puede oscurecer el día, porque el mal no quiere ni conocer ni comprender lo que es el bien, pero lo rehuye. Estas cosas Dios las enseña al corazón del hombre, que es vida y fundamento de todo el cuerpo y todo lo sustenta, porque en el corazón el pensamiento encuentra su orden y se nutre la voluntad. Por esta razón la voluntad es como luz para los hombres. Como la luz penetra todas las cosas, así también la voluntad está ampliamente presente en lo que desea. Sin embargo a menudo, el hombre, al considerar su propio deseo como si fuera luz, camina en las tinieblas de las obras malvadas que quiere realizar. Pero las tinieblas no comprenden la voluntad, y por ello no pueden quitar la ciencia del bien para que no conozca el bien, aunque no lo practique.
“Vino un hombre mandado por Dios”, (Jn 1,6), que no conoció el placer de la tierra porque fue mandado por el supremo Creador y no por el hombre. En efecto, el calor del Verbo de Dios volvió fecunda la carne estéril de sus padres, así que también su carne en la mayor parte de sus obras fue como extraña a las costumbres de cuántos nacen en el pecado. Los que lo engendraron, lo engendraron después de haber sido tocados por la gracia de Dios, y por tanto vino al mundo por gracia de Dios, enviado para dar testimonio del Hijo de Dios. Por tanto el ángel le dio el nombre de Juan. “Su nombre es Juan” (Jn 1,6), porque las obras que hacía concordaban con su nombre, puesto que la gracia de Dios lo sustentó antes de su vida y durante ella. La gracia del Verbo, que es Dios, mandó a Juan sin recurrir a las que invaden los hechos de los hombres que nacen en el pecado, y por esta razón tuvo aquella estabilidad conforme a la rectitud que es propia de los seres espirituales, que no están condicionados por las inquietas costumbres de los hombres ni desean pecar. Y Dios, en su ser admirable, muestra en el vientre del hombre los milagros que obró dentro de Juan.
El vientre absorbe energía de las criaturas que recibe y expulsa para poder nutrir su fuerza vital, como Dios ha establecido. Empero, en todas las criaturas sin embargo, en los animales, en los reptiles, en los volátiles y en los peces, en las hierbas y en los árboles de fruto, permanecen ocultos algunos profundos misterios de Dios, que ni el hombre ni ninguna otra criatura puede conocer o percibir, sino en la medida en que se lo ha concedido Dios. Juan fue enviado entre los elementos y admirablemente nutrido por ellos, y como en cierta medida fue sustraído al pecado, así vivió admirablemente nutrido de los elementos e incluso en ayunas. Fue un hombre puro, digno y loable mensajero que precedió al Hijo de Dios, todavía no desvelado, por quien fue fundado el mundo con su número inmenso de seres y por quien todas las criaturas han sido creadas.
Todo esto está representado en el vientre. Como el mundo comprende todas las cosas, así también el vientre en la nutrición acoge en si a las otras criaturas. Y como cada criatura ha tenido origen de Dios, así también Adán llevó en el propio cuerpo a todos los hombres, a los que el Hijo de Dios dio el alimento verdadero, cuando llevaba, como hombre, su propia humanidad.
“Él vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él” (Jn 1,7), ya que Juan fue hecho hombre milagrosamente, realizando de manera admirable el que es generalmente el nacimiento carnal. Y fue, por tanto, el hombre de los milagros, que vino por divino designio como testigo de los misterios de Dios, para dar testimonio de la luz con las virtudes que obraban en él, para dar testimonio de Dios, que ilumina todo el mundo, para que todos los que el Espíritu Santo inflama, crean en él. Juan vino pues para dar testimonio de la divinidad revestida de forma humana. Y como él nació de una naturaleza estéril, que era infecunda en sí, proclamó así que mi Hijo nació de la Virgen Maria sin pecado. Yo he querido que sea así para que los hombres creyeran en los milagros de mi Hijo gracias al milagro que realicé en Juan. Y como este testimonio apareció en Juan, también los muslos del hombre ofrecen un verdadero testimonio, testigos de todos los nacimientos y sostén del cuerpo. Cuerpo que ve, toca, piensa y elige, y con su saber examina todas sus mismas acciones. El hombre es un milagro de Dios y por eso es justo que dé testimonio de las maravillas de Dios.
“No era la luz, pero daba testimonio de la luz” (Jn 1,8) porque Juan no fue la Luz que nunca se divide ni se transforma, esa Luz es Dios. Pero vino mandado por Dios para dar testimonio del que es verdadera luz y enciende todas las luces porque es Dios, en sí y por sí, carente de cualquier necesidad y limitación, porque es el que hace todo en todas las cosas. Por esta razón también todo es obra suya. De ahí que Juan haya dado testimonio acreditado de Cristo porque, del mismo modo que el fruto da testimonio de la naturaleza de la raíz, así él vino al mundo entre los milagros de Dios y por tanto dio testimonio de ellos.
El hombre es obra luminosa que lleva la señal divina y viene de Dios. Su vida tiene un principio y su carne un día se malogrará, y después de esto, declarará ante Dios.
“Fue la luz verdadera” (Jn 1,9) que no ha sido tapada nunca por ninguna sombra, que nunca ha tenido un tiempo en el cual sirviese, o fuera dominada, o se deteriorase, o creciera; luz del orden en todo orden, luz de todo lo que es luminoso, de por sí brillante. Dios no ha crecido en ninguna mañana, ni en ninguna aurora, ha sido siempre, antes de todos los tiempos.
“Viniendo al mundo, ilumina a todos los hombres” (Jn 1,9), porque esta luz invade con el aliento de la vida a todo hombre hecho de carne y hueso que viene a este mudable mundo presente, en el cual crece y mengua, pasando al principio por el nacimiento para que, cuando el sol con toda su luz lo haya tomado a su cargo, pueda mirar y reconocer las criaturas. Con la chispa viviente del alma, Dios dio vida al primer hombre, formado de barro, de forma que por aquella misma chispa del alma el hombre ha sido hecho carne y sangre desde el barro original. Por esta razón también, cuando su semilla se disemina en la especie humana en sus descendientes, el hombre se convierte plenamente en carne y sangre gracias a la chispa ardiente del alma. Si no fuera suscitada la vida de este modo, a causa del calor del alma, no se convertiría plenamente en carne y sangre, del mismo modo la materia del primer hombre habría quedado como barro si no hubiera sido transformado por el alma. Como la harina se hace pan por acción del agua y el fuego, así la carne y la sangre se hacen del fuego del alma.
El hombre es como la luz de las demás criaturas que viven sobre la tierra, los cuales a menudo acuden a él y con gran amor lo acarician. Por eso el hombre a menudo trata de conseguir la criatura que estima. Al contrario, la criatura que no quiere al hombre, le huye, y pisa y destruye todo lo que es útil al hombre, porque le tiene un temor espantoso y no soporta su existencia, por eso, en muchos casos, lo ataca para privarlo de la vida.
“Estaba presente en el mundo” (Jn 1,20), cuando se revistió la túnica real en la carne de la Virgen, cuando la santa divinidad se recogió en el seno de ella. Porque se hizo hombre de una forma diferente, y no como uno de los hombres, puesto que el fuego animó su carne por obra de la santa divinidad. Por esta razón después del fin de los tiempos, cuando cada hombre sea transfigurado, las almas de los elegidos, con la fuerza de la fe, llevarán en el cielo los cuerpos que antes tuvieron en el mundo. Estas cosas Dios las hará por sí, con su potencia que ninguna criatura puede destruir. Entonces el hombre, como ya se ha dicho, se revestirá de carne y sus huesos se llenarán de médula, y no estará sometido a menoscabos, porque carezca de comida, de bebida y de vida, ya que entonces caminará inmerso en las energías de la divinidad, sin cambios ni alteraciones. Porque en el bien, el hombre es miembro del cuerpo de Cristo que en el mundo soportó muchos sufrimientos y muchas ofensas a pesar de ser el Hijo de Dios. El diablo, inventor de todo engaño, no pudo saberlo, él que tuvo principio, y se apresuró a negarlo junto con todos sus seguidores que rechazaron Dios, pero no ha logrado impedir que el hombre se elevara a una vida sin fin.
“Y el mundo ha sido hecho a través de él”. (Jn 1,10) Así que el mundo ha tenido origen de él, no él del mundo, ya que la creación vino al mundo por obra del Verbo de Dios, todas las criaturas, las visibles y las invisibles, porque algunas de ellas no pueden ser vistas ni tocadas, en cambio otras se ven y se tocan. El hombre contiene en sí ambas, alma y cuerpo, porque ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios. Por esta razón manda con la palabra y obra con las manos. Así Dios ha ordenado la naturaleza del hombre de acuerdo con la suya, porque quiso que su Hijo se encarnara en el hombre.
“Pero el mundo no lo conoció” (Jn 1,10), ya que los hijos del mundo, es decir los que siguen al mundo cegados por la misma ignorancia, lo ignoraron a su llegada y no lo reconocieron por su obrar, como el niño ignora el conocimiento y la acción. Por tanto en este punto, Dios la infancia ignorante de los incrédulos en los muslos y en las rodillas del hombre. Como el niño es incapaz de caminar, porque su médula y sus huesos no tienen todavía estabilidad puesto que se alimenta de leche y de comida blanda, así también el hombre adulto no es capaz de caminar sin piernas y sin pies, ni sin apoyarse sobre los muslos y sobre las rodillas. Así, puesto que la ciencia y los sentidos de los incrédulos fueron privados del fuego del Espíritu Santo, por el que habrían tenido que conocer a Dios, y no pudieron avanzar por la vía de la rectitud.
“Vino a su casa” (Jn 1,11), porque había creado el mundo y se había revestido de la carne del hombre. Por esta razón todas las criaturas lo hicieron público, como las monedas muestran la cara de su señor. En efecto, Dios creó el mundo, y lo quiso preparar como un tabernáculo destinado al hombre, ya que quiso revestirse humanidad, por eso hizo el hombre a su imagen y a semejanza. Todas las cosas fueron de su propiedad.
“Pero los suyos no lo acogieron” (Jn 1,11), es decir, los hombres que fueron los suyos porque los creó y los hizo a su imagen y semejanza, a pesar de eso lo rechazaron, puesto que no lo reconocieron como el propio Creador y no comprendieron que habían sido creados sólo por él. Incrédulos como eran, no acogieron su humanidad y no reconocieron a Dios en la forma humana, cegados por su misma incredulidad. Por esta razón en las piernas se designa la juventud del hombre, que es tonta e inútil, cuando está lleno de la energía vital y del florecer de las mismas energías, y al mismo tiempo se cree más sabio que los otros, porque entonces las médulas y los huesos han alcanzado la plena solidez. Así hicieron los judíos y los paganos que, envanecidos, creían saber lo que no sabían y ser lo que no eran, y no prestaron fe al que les dio carne y espíritu. Como la juventud se deleita en las criaturas y se deja engañar, así el mundo vivió entonces en la vanidad, y por lo tanto fue necesario que Dios mismo enseñara a los hombres y los reuniera alrededor de si, como ordenó que la burra y su pollino fueran desatados y llevados delante de él, cuando con la ley de la verdad se puso encima de ellos.
“A cuánto lo acogieron, les dio el poder de convertirse en hijos de Dios” (Jn 1,12), porque a todos los hombres de uno y otro sexo que lo acogieron, creyendo que él es Dios y hombre, (porque primero a Dios se le entiende con la fe y se acoge luego el anuncio de que Dios se ha hecho hombre), su potencia les dio fuertemente el poder de hacerse por su voluntad, hijos del Padre en el reino celeste. O bien de ser partícipes con él de su reino, haciéndose herederos de su herencia y eso en virtud de aquel mismo poder por el que el Hijo es heredero del Padre, ya que lo reconocieron como su Dios y Creador y lo abrazaron en la caridad y en el beso de la fe, le preguntan, con atención y prudencia, todas las cosas que les conciernen. Sobre ellos cayó el rocío del Espíritu Santo, así que a partir de ellos toda la iglesia comenzó a florecer y a producir el fruto de las alegrías celestes. Ésta es la razón por que les ha sido dado el ser hijos de Dios, en virtud de la verdadera fe.
“A quienes creen su nombre” (Jn 1,12), porque cuantos creen con fe serán salvados en su nombre, por la gracia del bautismo, y participarán del reino celeste. Todas sus obras las llevan a cabo en el amor ardiente como si vieran a Dios, y no solo en la apariencia de fe con la que se honra el nombre de Dios sin obras. Y arrojan fuera de si a los dioses extraños, dioses que no pueden engendrarse a sí mismos y no son por sí mismos, sino solo son compañeros de los hombres. Este nombre de Dios, en quien está la verdad, tiene la propiedad de no tener principio, principio del que todas las criaturas han tenido origen, vida de la que exhala cada vida. Por esta razón lo adora toda criatura. Según la triple fuerza que está en el nombre de Dios, cada criatura que tiene nombre está dotada con tres fuerzas. Por el contrario, una criatura seca y marchita está privada de nombre, porque no está viva. Al nombre de la criatura dotada de vida le corresponden tres fuerzas, una que se ve, una que se conoce, y la tercera que no se ve. En efecto, se ve la realidad vital del cuerpo y se conoce lo que el cuerpo engendra, pero dónde lleva su vitalidad, ni se conoce ni se ve.
Así Dios ha enseñado cosas grandes y admirables en los pies del hombre. Como los pies sustentan todo el cuerpo y lo llevan dónde quiere, así la fe con su fuerza sustenta el nombre de Dios y con su magnificencia lo lleva por todas partes a cosas admirables, que pueden ser visibles o invisibles, conocidas o desconocidas. El cuerpo del hombre y sus obras se ven, pero tras él hay mucho más que no se ve y no se conoce. Pero, si es tan profundamente oscura la naturaleza del hombre, ¿cómo podría ser visible el que lo ha creado? Ningún hombre de los que viven en el mundo puede conocerlo como es.
“Él que ha nacido, no de la sangre, ni del querer carnal, ni del querer del hombre, sino de Dios” (Jn 1, 13). En efecto, el Hijo de Dios ha dicho: “El que ha nacido de la carne es carne y los que nacen del espíritu son espíritu” (Jn 3, 6), porque la carne ha nacido de carne concebida en el pecado, pero ya que Dios es espíritu, todo espíritu ha nacido de Él. El espíritu no se transforma en carne, ni la carne se transforma en espíritu, pero el hombre está hecho de carne y de espíritu, de otro modo no sería hombre y no tendría este nombre.
En realidad Dios modeló a Adán para que pudiera vivir para siempre y sin padecer ningún cambio, pero Adán le desobedeció y escuchó el consejo de la serpiente. Precisamente por esto la serpiente pensó que estaba destinado a perecer sin salvación, pero Dios no quiso y le preparó el destierro del mundo, donde el hombre concibió y engendró a sus hijos dentro del pecado. Se volvió pues mortal junto a toda su descendencia, y a causa de la semilla concebida en el pecado, el hombre está destinado a corromperse hasta el día del juicio, cuando Dios le renueve para que viva desde entonces una vida incorruptible, como era aquella para la que Adán fue creado.
Esta vida no pudo en ningún modo ser transmitida a los hijos concebidos y nacidos en el pecado, pero se ha manifestado en la humanidad del Hijo de Dios, por quien el Padre celestial ha decidido liberar al hombre que pereció. Todos los que se hacen hijos de Dios en virtud de las obras buenas, no tienen por sí mismos la potestad de ser hijos de Dios, porque llevan la sangre de sus padres terrenales, y nacen de la voluntad de la carne, débil en la mujer, que fructifica en el parto, y de la voluntad del hombre, fuerte y decidida a fecundar a la mujer. Pero con la recompensa de la divina revelación, en el baño del bautismo y en el fuego del Espíritu Santo, los hombres reciben la condición de hijos de Dios y se convierten en herederos de su reino.
Ciertamente, Dios había previsto todas sus obras antes que tuvieran forma y, cuando creó las formas características de cada criatura, no las dejó vacías, sino que las colmo del aliento de la vida. La carne sin vida no sería realmente carne ya que, cuando la vida se aleja, se extingue por su falta. El soplo que Dios la infundió en Adán era de fuego, y fue inteligencia y vida. Por esta razón y a causa de su calor, el barro de la tierra se coloreó de rojo con la sangre. Y lo mismo que cada criatura estuvo en la presciencia de Dios antes de todos los tiempos, así todos los hombres que aún no han nacido están en la presciencia divina.
El hombre es inteligente y sensible. Inteligente porque comprende todas las cosas, sensible porque percibe las cosas que están presentes a él, puesto que Dios llena de vida toda la carne del hombre, cuando exhala sobre ella el soplo de la vida. Por esta razón, con la ciencia del bien y el mal, el hombre elige lo que le gusta y rechaza lo que detesta. Pero Dios está atento a lo que el hombre elige por sí. Cuando se propone cosas que no vienen de Dios, Dios se aleja de él, y enseguida se congregan alrededor los que empezaron mal en el principio, es decir, los que trataron de destruir el cielo, a los cuales no tocó Dios, porque sería absurdo que Dios mismo los destruyera. En cambio, si el hombre ansía el nombre de su Padre y lo invoca con buenos deseos, las filas angélicas se presentarán a defenderlo para que no sea hecho prisionero de los enemigos. Y en un primer momento, Dios, con el placer por el deseo de las obras buenas, lo amamanta casi con dulzura y luego difunde sobre de él la lluvia de su gracia, por la cual el hombre se eleva vigorosamente de virtud en virtud y de este modo se renueva continuamente en las virtudes hasta la muerte. Y quien es capaz de hacer solamente cosas mínimas y no obras elevadas, siempre está en movimiento para llevar a cabo lo que puede hacer. En cambio, quien es capaz de hacer muchas y espléndidas, es moderado y equilibrado en sus acciones.
El diablo solo quiere una cosa, seducir las almas para conducirlas a la muerte, y no hace ni puede hacer otra cosa, ni siquiera soportar la espera hasta que no ha realizado lo que puede hacer.
Dios en cambio, ya que en todas sus obras es potente en todo y por todo, posee la moderación, y con el equilibrio del discernimiento obra de modo que el hombre se vuelva más fuerte y rápido en la constancia del bien. Porque, quien abandona el impulso, se dirige a menudo a la ruina. Pero el hombre es señal de toda la gloria de Dios porque la ciencia buena que hay en él, representa las filas angélicas, dedicadas a la alabanza y al servicio de Dios, y la ciencia mala, que el hombre igualmente posee, manifiesta el poder de Dios, porque Dios la derrotó cuando expulsó al primer hombre del paraíso. Así ocurre en cada hombre; en el que elige el bien y persigue la ciencia buena se le muestra la bondad de Dios en la acción gracias, mientras en el que se vuelve al mal y lo lleva a cabo aparece claro el poder de Dios, porque antes o después Dios lo juzga y a veces lo perdona.
Pues el hombre, como ya se ha dicho, es vida y todas las cosas que dependen de él están vivas, porque Dios creó al hombre bajo el sol con todas las criaturas para que no estuviera sólo sobre la tierra, del mismo modo que él no está solo en el cielo y es glorificado por todas las armonías celestes. Todas las cosas que circundan al hombre sobre la tierra están destinadas a permanecer junto al hombre, hasta que no esté completo el número que Dios ha establecido completar. Pero después de la resurrección futura el hombre, en su condición de santidad, ya no necesitará crecer o que lo nutra nadie, porque entonces estará en aquella Luz que no tiene nunca fin ni cambio. En la condición de santidad, la Santa Trinidad lo revestirá de luz y contemplará al que no tiene principio ni fin, y por eso no estará afligido nunca por la vejez ni por el cansancio, porque tocará la cítara entonando cantos siempre nuevos.
Como se ha dicho, la carne vive en virtud de la vida y no sería plenamente carne si no tuviera vida, por eso la carne con la vida y la vida con la carne soy una cosa sola. Así lo estableció Dios cuando en Adán dio fuerza a la carne y a la sangre con el soplo que lo consolidaba, ya que cuando vio aquella carne que había revestido, la quiso con ardiente amor.
“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14) El Verbo, que en la eternidad, antes de todos los tiempos, estuvo cerca de Dios y era Dios, por obra del fuego del Espíritu Santo se hizo carne en el seno de la Virgen y se revistió de carne, lo mismo que las venas forman una única trabazón con la carne y transportan la sangre sin, sin embargo, ser sangre. Dios creó al hombre para que toda criatura estuviera a su servicio. Por esta razón fue adecuado que Dios tomase la figura de hombre, con una envoltura de carne. Pues, así, el Verbo se revistió de carne, en el sentido de que el Verbo y la carne son una cosa sola, pero esto no quiere decir que el uno pueda ser trasmutado en la otra, sino que son una cosa sola en la unidad de la persona. El cuerpo es el vestido del alma y el alma tiene la tarea de obrar junto a la carne. El cuerpo no sería nada sin el alma y el alma sin cuerpo no podría actuar. Por esta razón en el hombre son una cosa sola, y son el hombre. Y así, la obra de Dios, es decir el hombre, está hecho a imagen y a semejanza de Dios. Cuando Dios introduce su aliento en el hombre, aliento y carne se convierten en un único hombre. Y el Verbo de Dios tomó para sí carne de la carne intacta de la Virgen, sin ningún incendio de los sentidos, por lo cual el Verbo es Verbo y carne la carne y son una cosa sola, porque el Verbo sin tiempo, que estuvo en el Padre antes de todos los tiempos, no se ha transformado, sino solamente se ha revestido de carne.
“Y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Porque el Hombre concebido sin pecado habitó entre nosotros como un hombre. Y no desprecia nuestra humanidad porque también nosotros, con la respiración de la vida, somos hombres, hechos a su imagen y a semejanza. Por esta razón también nosotros habitamos en él, porque somos su obra y porque siempre nos ha tenido presentes en su presciencia, y de nosotros no se ha olvidado.
“Y nosotros contemplamos su gloria” (Jn 1,14) Porque nosotros, que estuvimos con él, lo hemos visto venir, especial en su admirable naturaleza sin pecado.
“Y manifestar la gloria que como Unigénito tiene del Padre” (Jn 1,14), porque el Unigénito nacido admirablemente del Padre antes de todos los siglos, viniendo admirablemente del Padre manifestó su gloria, puesto que una Virgen lo concibió del fuego del Espíritu Santo y no necesitó de ningún padre terrenal, mientras cualquier otro hombre está concebido en el pecado por un varón. Dios modeló al hombre del barro y le infundió el soplo de vida. Por esta razón el Verbo de Dios adoptó como hombre un vestido real, dotado de alma racional, y la llevó plenamente consigo y se estableció en ella. En efecto, aquel soplo sutil, que se llama alma del hombre, invade la carne y se hace un vestido amable y un noble adorno. Por eso quiere a la carne y la favorece pero no es visible en ella. Por su naturaleza y por deseo del alma, el hombre pide un vestido de vida. Dios no ha creado ninguna criatura vacía o falta de energías, por eso el hombre cumple obras admirables.
Y el Verbo “está lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14). Porque estuvo en la plenitud de la gracia cuando creó todas las cosas en su divinidad y cuando las redimió en su humanidad. Y está en la plenitud de la verdad, ya que no lo ha rozado ni se le ha acercado ninguna mención de iniquidad o pecado, porque es el Dios que derrota el mal con su lucha, que no es nada sin él. El Verbo, es decir el verdadero Hijo de Dios, está lleno de gracia, que da y concede según su misericordia. Él no se desnuda de la divinidad sino que se reviste de la humanidad, y su humanidad está llena, porque ninguna aspereza de pecado, propia de la naturaleza humana, la melló. Y está lleno de verdad, porque da, concede y juzga según justicia, cosa que el hombre no hace porque fue concebido y ha nacido entre las rugosidades de los pecados. Dios es redondo, parecido a una rueda, ya que lo crea todo, quiere que todo sea bueno y realiza todo el bien. La voluntad de Dios ha predispuesto en efecto todas las cosas que el Verbo de Dios ha creado.
Así pues, todo hombre que teme y aprecia a Dios abrirá a estas palabras la devoción de su corazón, y sepa que son pronunciadas para la salvación de los cuerpos y las almas de los hombres, no por un ser humano, sino por Mí, el que soy.

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